Estábamos sentados comiendo en la mesa sin preocupaciones y sin interrupciones. Su último viaje de negocios lo dejó exhausto y sin ánimo de salir de casa por un buen tiempo, por lo que me parecía oportuno prepararle una comida diferente a la que solíamos comer todas las noches.
—¿Qué te parece mi nuevo experimento? —le pregunté ansiosa por su respuesta.
—Sabes que te amo, y que debo ser siempre sincero contigo...
—Sí no te gustó solo dilo, sabes que es importante para mí complacer a mi esposo en todos los aspectos.
—La menestra estuvo bien al igual que los maduros, pero la carne... —se queda pensando—, tiene un sabor agrio que no he probado jamás.
—Lo siento, intenté de todas las maneras posibles que su sabor sea tolerable, pero no lo conseguí.
—Valoro tu esfuerzo cariño —coloca su mano sobre la mía.
—Entenderás que conseguir un buen c*****r en estos tiempos es difícil...
—Lo sé, la delincuencia ha disminuido por lo que los precios se elevan hasta el tope —toma un vaso de agua—. ¿Qué órgano estoy comiendo?
—Sus pulmones.
—¿Cómo se llamaba?
—Ana, su familia ya no vivía en el país, así que prácticamente no habría alguien que reclame su cuerpo.
—Antes de dormir rezaré por su alma —se levanta de silla y besa mi frente—. La comida estuvo deliciosa, te amo.
—Yo también.