—¿Estás seguro de que funcionará? —pregunté.
—Sí, ese desgraciado nunca más volverá a ponerte una mano encima.
—Vamos cariño, él no se volverá a acercar —coloco mi mano sobre su hombro—. Así lo dictaminó el juez.
—Aún así no confío en ese tipo —se da la vuelta y me mira fijamente—. Nunca más te dejaré sola, nunca más.
—Cariño debes tranquilizarte —sostengo de su mano y lo dirijo al interior de la casa—. Te prepararé café caliente.
—Gracias, esperaré en la sala.
—Por favor cierra las ventanas, hace demasiado frío allá afuera.
Asintió y se sentó en el mueble junto a la ventana como si esperara una visita. Le llevo el café caliente y me siento a su lado.
—Ve a dormir —dijo mientras me acariciaba el rostro—, te ves muy cansada.
—Los dos debemos ir a dormir, sobre todo tú que tienes trabajo mañana.
—Por mí no te preocupes solo quiero asegurarme que esta noche dormiremos seguros.
—Él no vendrá, y si lo hace tu trampa lo detendrá.
—Tienes razón.
Nos levantamos del sillón y nos dirigimos al cuarto principal. Compartimos la bañera y nos acostamos bajo las sábanas.
El grito de un hombre y el crujido de unos huesos romperse nos despertó en medio de la noche.
—Tu trampa funcionó —dije al sostenerme de su mano—. Quedó atrapado en su estúpida obsesión.