Un hermano cisterciense se acercó un día a Albornoz en los claustros y le susurró, apenas audible, "Albornoz, el abad solicita tu presencia en su estudio." "¿Estoy en apuros?" El hermano sonrió y le tranquilizó, "Nada de eso, no te preocupes". Albornoz llamó tres veces a la puerta más allá de la cual rara vez se penetraba en el santuario interior del abad Sabastiano. No obtuvo respuesta, así que volvió a llamar. Esta vez, se oyó una voz, "Entre". Albornoz siguió la instrucción, pero lentamente, sobrecogido por el honor. "Ven, hijo mío". El interior del estudio sólo estaba iluminado por dos velas a ambos lados de una gran biblia sobre un pesado escritorio de roble. Detrás, estanterías que iban del suelo al techo gemían bajo el peso de rollos de pergamino e incontables volúmenes encua

