Al difundirse la buena noticia de que el puerto de Aviñón volvía a ser comercial, barcazas cargadas de mercancías enviadas desde el reino y más allá amarraron en el muelle. Sus tripulaciones, tras registrar su carga en la oficina del Magistrado, amontonaron en el muelle sacos de grano, fardos de tela, barriles de vino y mercancías de todo tipo, y pronto los almacenes se llenaron: tiempos de abundancia. Marius continuó la tradición de su predecesor de registrar meticulosamente cada entrada y salida en el pesado libro encuadernado en cuero y se ganó la reputación de supervisor inteligente y ecuánime del puerto. Los importadores y exportadores, independientemente de su credo o color, eran bienvenidos ahora que los malos tiempos habían quedado atrás. Sin embargo, una empresa no gozaba de ese t

