El eco de los pasos de Bastian resonaba por los corredores del castillo como una sinfonía silenciosa que anunciaba la inquietud de su alma. Caminaba con las manos entrelazadas tras la espalda, sus botas negras golpeando el mármol antiguo que sus ancestros jamás pisaron. Las mujeres del castillo iban y venían preparando el comedor, dispuestas a servir el desayuno en una mesa que parecía más ceremonial que cotidiana. Él apenas les prestaba atención. Su mente, su corazón, su alma… estaban con ella. Con Naomi. Había escuchado cada uno de sus sollozos durante la noche. Las paredes de la mansión no eran suficientes para ocultarle su dolor. Pero por más que llorara, por más que se retorciera en su tristeza, no era la lágrima que él esperaba. No era la lágrima que rompía la maldición. No era la s

