Naomi fue consciente de cada segundo del viaje junto a Bastian. Sintió el batir de sus propias alas, el fuego lamiendo las ramas a su paso, consumiéndolas sin dejar cenizas. Pero, por más que intentaba controlar su cuerpo, algo dentro de ella la dirigía. No era ella quien tomaba las decisiones, sino otra presencia, un ser antiguo que había permanecido dormido, agazapado en lo profundo de su alma. Era como si esa otra entidad apenas ahora despertara, estirando sus dedos invisibles, reclamando el dominio de su carne y su fuego. Naomi lo sentía todo, pero no podía detenerlo. Sus pensamientos eran testigos silentes de su transformación, de ese poder que fluía por sus venas, ajeno y propio al mismo tiempo. Un poder que no comprendía del todo, pero que reconocía como suyo desde antes de nacer.

