Desde la penumbra Bastian, ya no pudo soportarlo más. Ese día, finalmente, decidió ir por ella, por la mujer de fuego. Extendió sus alas negras como las de un cuervo y voló por encima de los árboles, cruzando el bosque con el pensamiento fijo en una sola cosa: estaba a pocos pasos de conseguir la lágrima, la única capaz de liberar a Mabel. Su pecho se comprimió ligeramente. No le agradaba la idea de dañar a su primo Scott, pero no había otra salida. Ellos —Scott e Isaac Whitman, el eterno mentiroso— le habían dado la espalda. ¿Por qué debía entonces preocuparse por los sentimientos ajenos, cuando nadie se detenía a pensar en los suyos? Atravesó el balcón en silencio. Allí estaba ella: la humana. Dormía con una suavidad que contrastaba con el ardor que habitaba en su interior. Se acercó

