Parecía poco probable que esa solución funcionara, pero recordé lo que era estar desesperadamente corto de efectivo, como mi madre y yo habíamos estado después de que mi padre falleciera. —Oye, no te cobro por ayudar a un vecino. Quizás puedas pagarme con comida casera o algo así. Si voy a ponerme en forma haciendo ejercicio con Jason, quizá también debería mejorar mi dieta... y los olores que salen de tu apartamento cuando cocinas me hacen agua la boca. —Es un trato —dijo Jen sonriendo. —Está bien, dame media hora para ir a la tienda y volver, y luego, con suerte, podremos ponerte en marcha. —Puedo viajar contigo si quieres compañía —ofreció Jen. —Claro, eso sería genial —respondí—. Pero tendrás que disculpar el desorden en la tienda. Llevo una década queriendo ponerlo todo en orden,

