LINA Enterré mi cara en el pecho de Leo y dejé que mis lágrimas empaparan en silencio su chaqueta mientras miraba cómo bajaban lentamente el ataúd de mi madre a la tierra. La ceremonia fue pequeña. Solo estuvimos nosotros y unos pocos familiares que habían viajado. Nunca les contamos cómo murió realmente. Les dijimos que un coche la atropelló. La verdad… que su propio marido le disparó, que en realidad el disparo iba dirigido a mí… eso no parecía algo que nadie pudiera creer. —Quiero irme —le susurré a Leo en cuanto empezaron a cubrir el ataúd con tierra. Él no dudó. Asintió y me llevó directo al coche que ya nos esperaba. Dentro, me acomodó en su regazo y me dejé caer en su abrazo. Sus manos recorrían mi pelo y mi espalda, suaves, constantes, como si quisieran reconstruirme. Leo siem

