Capítulo 5

1212 Palabras
La última noche de los inversores llegó con una tormenta discreta, de esas que no hacen ruido pero dejan el aire cargado, pegajoso. El ambiente en la casa era denso, como si todos supiéramos que la función estaba por terminar y era momento de mostrar las cartas. Clarisse se había puesto un vestido oscuro, ceñido, de esos que no perdonan el movimiento. Pasó la cena sonriendo demasiado, bebiendo más de lo necesario, y buscando la manera de tocar a Nick en cada oportunidad: un roce en el hombro, una mano que se apoyaba en su brazo, una risa inclinada hacia su cuello. Yo la observaba desde el extremo de la mesa, con la copa en los labios y la paciencia hecha pedazos. Cuando el reloj marcó las once, los invitados comenzaron a dispersarse. Mi padre subió a su habitación alegando fatiga y los socios se retiraron uno por uno, dejando la sala iluminada por las lámparas bajas y el crepitar de la chimenea. Clarisse se quedó. Y también Nick. Me escondí tras la puerta del salón contiguo, sin saber exactamente por qué. O sí sabiendo. Con el corazón latiendo en la garganta. Ella se acercó a él. Despacio. Deliberada. Puso su copa en la mesa con ese gesto de quien ya decidió algo. Y se detuvo justo frente a él. —No tienes que fingir más, Nick —dijo, con voz baja, dulce como veneno en miel—. Sé que estás aburrido. Que necesitas... algo más. Él no respondió. Clarisse alzó las manos, se las pasó por el cuello como quien se quita el aire de encima, y luego lo tomó por la camisa. —Podría hacer que la olvides... —susurró. Se inclinó hacia su boca. Lo hizo con convicción. Pero no llegó. Nick la detuvo. Con una mano firme sobre su brazo, y una mirada de hielo. —No eres tú a quien deseo. La frase fue seca. Clara. Irrefutable. Clarisse se quedó quieta, los labios entreabiertos, el orgullo en ruinas. Dio un paso atrás. Luego otro. Y se fue. Yo no debería haber estado allí. No debería haber escuchado nada. Pero el temblor en mis piernas no era de culpa. Era de certeza. Salí de mi escondite y entré en la sala. Nick se giró, sorprendido. Por un segundo pareció que iba a hablar. Pero no lo hizo. Me acerqué a él, sin decir nada. Con pasos lentos. Firmes. Me detuve frente a su pecho y alcé la mano hasta su cuello. Toqué la tela de su camisa, la costura perfecta, el primer botón. —¿Así fue como lo hizo ella? —pregunté. Nick no se movió. —Sí, así fue. —Porque si lo que querías era deseo sin alma, podría dártelo también —continué, bajando los dedos por su pecho, lentos, determinados—. Pero no es eso lo que te asusta, ¿verdad? Me acerqué más. A milímetros de su boca. —Me asusta que lo disimules tan bien, Bea. Nick me sostuvo la mirada. Ya no había frialdad. No había control. Solo fuego. Respiró hondo. No se apartó. Y no me detuvo. Mi mano siguió bajando. Hasta la parte inferior de su camisa, donde el calor de su piel comenzaba a filtrarse por la tela. Estaba temblando. O era yo. O éramos los dos. —Estás jugando con algo que no entiendes... —murmuró, ronco. —Quiero jugar este juego, ¿tanto miedo tienes de quemarte? Y entonces sucedió. Nick se inclinó y apoyó su frente contra la mía. —Esto es imposible, Bea, pero no puedo negarme. Cerró los ojos. Su aliento estaba mezclado con el mío. Y por un instante, el mundo dejó de ser esa casona antigua y se volvió un latido. Pero no me besó. Aún no. Y eso fue peor. [...] Esa noche no volvió a llover, pero el cielo tenía ese color azul sucio que anuncia que algo se está gestando. Dormí mal, si es que a eso se le puede llamar dormir. Mi cuerpo seguía en la sala. Mi respiración seguía pegada a la de él. Nick no me besó. Pero tampoco me alejó. Apoyó su frente contra la mía, como si eso fuera suficiente, como si esa cercanía justificara todo lo que no se atrevía a hacer. Cuando me levanté, la casa estaba en silencio. Los inversores se habían marchado temprano, y papá había salido a caballo con uno de los empleados para revisar las vallas del norte. Me tomé mi tiempo. Me duché, me peiné, me vestí de blanco. Sí, como aquella vez. Como la primera vez que Nick me miró distinto. Lo encontré en la biblioteca. Estaba solo, de pie frente a la estantería, hojeando un libro sin leerlo. Vestía una camisa azul y pantalones oscuros. Se veía agotado. O furioso. O ambas cosas. —Estás escondido —dije. Él giró el rostro hacia mí, pero no respondió. —O esperando que algo se rompa. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Cruzó los brazos. Me miró como si hubiera algo que necesitaba decir pero no encontraba el idioma correcto. —Esto no puede seguir, Bea. —Entonces detenlo. No se movió. Di dos pasos hacia él. Lentos. Deliberados. Mi voz bajó una octava. —Estás esperando que yo te lo facilite. Me detuve frente a él. Levanté la mano. Toqué su mejilla. Estaba fría. Pero su cuello, su respiración, su corazón... todo estaba ardiendo. —Estoy esperando a que seas valiente. Y entonces, sin pedir permiso, lo besé. Fue un beso directo. Sincero. Fuerte. Sin juego, sin máscaras. Lo besé porque lo deseaba, porque estaba cansada de fingir que no sentía el fuego debajo de mi piel. Lo besé porque sabía que él también lo necesitaba. Nick me alejó, como quién arrepentido está de cometer un delito. Pero sus ojos, Dios. Sus ojos no mostraban remordimiento, sino que deseo. Y Nick respondió, me tonó de nuevo y me besó. Con hambre. Con manos que me sujetaron la cintura como si hubiera esperado siglos. Su boca era exacta. Nada sobrada. Nada suave. Como una verdad lanzada al vacío. Retrocedimos hasta la estantería. Su cuerpo contra el mío, mi espalda contra los libros. El mundo se estrechó hasta el espacio entre nuestros labios. El silencio de la casa se volvió un cómplice. Mis dedos se enredaron en su camisa. Sus manos descendieron por mi espalda. Y por un segundo, todo lo prohibido dejó de pesar. Nos separamos porque necesitábamos aire. No porque quisiéramos. Nick me miró como si acabara de descubrirme. Como si lo que había hecho fuera imperdonable y, al mismo tiempo, inevitable. —Dios santo, Bea... —Tarde para rezar, ¿no crees? Él cerró los ojos un segundo, como si necesitara contener algo más que deseo. Y entonces, justo cuando volvía a acercarse a mí, escuchamos la voz de mi padre desde la entrada. —Nick, ¿estás en casa? ¡Necesito hablar contigo un minuto! La realidad cayó como una losa. Nos separamos. El aire cambió. Nick se alejó tres pasos. Tomó el libro de nuevo. Fingimos. Y cuando mi padre entró, yo ya había desaparecido por la puerta secreta que conectaba a la otra parte de la casa. Pero el sabor de él... seguía en mi boca.
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