Capítulo 6

1269 Palabras
Después del beso —o de lo que fuera aquello—, la casa volvió a su ritmo habitual. Mi padre hizo comentarios sobre los establos, pidió whisky al atardecer, y preguntó si alguien había visto su reloj de bolsillo. Yo asentía a todo como si nada dentro de mí estuviera colapsando. Como si no pudiera recordar cada maldito segundo de ese momento en la biblioteca. Pero Nick... Nick se había esfumado. Como un humo caro y cobarde. Ni una mirada. Ni una palabra. Sólo un "buenos días" dicha desde el umbral del comedor con el tono de quien está saludando a una señora mayor. Un saludo que me enfureció más que mil silencios. Lo encontré por la tarde, junto a los caballos. Estaba cepillando a Claymore, el alazán favorito de mi padre, como si tuviera toda la paciencia del universo. Tenía las mangas remangadas, los brazos tensos, el ceño fruncido. Me acerqué sin pedir permiso. —¡Así que ahora te escondes detrás de un caballo? —dije con frialdad británica. Nick alzó la vista, pero no dejó de cepillar. —No estoy escondido, Bea. —Claro. Sólo estás cuidando del animal más caro de la casa mientras finges que anoche no pasó nada. Él se detuvo. Bajó el cepillo con lentitud. Me miró. —No fue un error, si eso es lo que te preocupa. —¿Entonces qué fue? —Un desliz. Un desliz grave. Que no debería repetirse. Yo me reí. No una risa dulce. Una risa con filo. —¿Y tú decides eso? ¿Tú marcas los límites? ¿Después de besarme como si no pudieras respirar sin mí? Nick frunció los labios. Dio un paso hacia mí, pero se detuvo. —No entiendes, Bea. —No. Tú no entiendes. Esto no se trata de mi edad ni de tu amistad con papá. Se trata de que no puedes con lo que sentís. Porque si lo hicieras... estarías besándome ahora mismo, aquí, aunque el mundo se cayera a pedazos. La tensión entre nosotros era brutal. Estática. Viscosa. —Tu padre confía en mí —dijo al fin. —Y yo confío en que no eres un cobarde. ¿O estaba equivocada? Nick bajó la mirada. Respiró hondo. Y entonces escuchamos pasos en la grava. Mi padre. —Bea, ¿todo bien por aquí? —preguntó, apareciendo entre las sombras del establo. —Perfecto, papá —respondí con una sonrisa—. Nick me estaba hablando sobre las crines. Muy educativo. Nick levantó la mirada hacia mí. Estaba furioso. O fascinado. O ambas. Mi padre se fue tras un breve comentario sobre la cena. Y yo, antes de irme, me acerqué lo suficiente como para que sólo Nick pudiera oír: —Deja de mentirte, Nick. Esto no fue un desliz. Esto somos tú y yo ardiendo en medio de esta casa llena de reglas que nadie cumple. Y lo dejé ahí. Con el cepillo en la mano. Y la verdad quemándole el pecho. [...] Esa noche, la tormenta fue real. El cielo cayó a plomo sobre los campos y los truenos parecían golpear la casona como un juicio final. El generador de respaldo hizo un zumbido bajo y sordo cuando las luces titilaron. Yo estaba en el pasillo, en camisón de seda, buscando una de mis novelas en la biblioteca, cuando lo vi. Nick. Frente al ventanal, con la lluvia resbalando por los cristales y la camisa pegada al cuerpo. Mojado. Furioso. Solo. No dije nada. Caminé lento, dejando que mis pasos sonaran sobre el suelo de madera. Él no se giró. No al principio. Estaba mordiéndose el labio, con las manos en los bolsillos. —Me estás evitando —dije al fin. Nick giró el rostro, apenas. —Estoy tratando de pensar con claridad. —¡Bravo! Porque eso nos ha servido de mucho. Avancé. Me detuve a un paso de él. La lluvia era una sinfonía desatada al otro lado del vidrio. —No vine a pelear, Nick. —Entonces, ¿para qué viniste? —Para que dejes de hacer esto. De fingir que esto no está pasando. Él me miró. Por fin. Con esa expresión de hombre que está al borde del abismo pero no quiere caer solo. —Bea... —No me digas mi nombre como si fuera una advertencia. Lo conoces desde que tenía diez años. Pero ahora también lo conoces desde este cuerpo, desde esta boca, desde estas ganas. Ya no soy una niña, Nick. Sus ojos bajaron por mi cuerpo. Despacio. Con culpa. Con deseo. Con hambre. Y cuando volvió a mirarme, ya no era el Nick que me evitaba. Era el que había perdido la batalla contra sí mismo. —Tú no tienes idea de lo que esto implica —murmuró. —¡Dios, Nick! Sí la tengo. No soy tan ingenua como te gustaría creer. Me deseas. Te deseo. Nadie aquí es inocente. Di un paso más. —¿Y sabes qué? Lo peor ya pasó. El beso. La mentira. El silencio. Ya está. Ahora sólo queda decidir si vas a seguir huyendo... o si vas a venir conmigo. Nick bajó la cabeza. Pero sus manos ya no estaban en los bolsillos. Se alzaron. Me sujetaron el rostro. Sus dedos me recorrieron como si no pudiera creer que yo estaba ahí, frente a él, real. —Estás jugando con fuego, Bea... —Entonces quédate a ver cómo me quemo. Y me besó. No como antes. No con contención. No con temor. Me besó como si su vida dependiera de ese contacto. Como si en mis labios estuviera la absolución y la condena. Mi espalda chocó contra el marco del ventanal. El vidrio vibró. La tormenta aún rugía afuera, pero la verdadera estaba ocurriendo adentro. Entre nosotros. Nick me alzó con facilidad. Mis piernas rodearon su cintura. Su boca se perdió en mi cuello. Mis manos se enterraron en su cabello mojado. Cada segundo era un pecado, y cada pecado... una victoria. —Dime que pare —susurró. —Nunca. Y esa noche, entre el trueno y el temblor, Nick Rowan dejó de mentirse. Dejó de decirse mentiras a si mismo. Después del beso, después del roce de su cuerpo y de sus manos quemándome la piel como si fueran láminas de sol sobre hielo, regresé a mi habitación caminando sin rumbo. No escuchaba la tormenta. No escuchaba nada. Solo el latido de mi pecho, marcando un nuevo compás. Me senté en la cama sin cambiarme el camisón. No tenía frío, pero mis manos temblaban. Había algo incontrolable flotando en el aire, como si lo que habíamos hecho hubiera despertado una versión dormida de la casa. Una versión peligrosa. Sin reglas. No habían pasado ni diez minutos cuando lo escuché. Dos golpes suaves en la puerta. Luego, el picaporte girando con lentitud. No me moví. No necesitaba mirar. Sabía que era él. Nick cerró la puerta sin decir palabra. Seguía mojado, aunque había dejado la camisa en algún lugar del camino. Solo llevaba una camiseta negra, pegada al cuerpo, y jeans oscuros. Pero lo que más hablaba de él era su mirada: turbia, desarmada, hambrienta. —No debería estar aquí —murmuró, con la voz más grave que nunca. —Entonces sal —respondí. No se movió. No dijo nada. —Sal, Nick. Si de verdad no querés estar aquí, sal. Si viniste solo a arrepentirte, a decir que esto es una locura, está bien. Pero hazlo desde el otro lado de la puerta. Dio un paso. Luego otro. La tormenta había quedado atrás. Aquello era otra cosa. Una tormenta de carne, de silencios, de ganas
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