Capítulo 7

1128 Palabras
Cuando llegó a mi lado, se inclinó y me rozó la mejilla con los nudillos. Cerré los ojos. No podía respirar. —Bea... —No quiero palabras. Ya no. Entonces me besó. Pero ahora no había dudas ni contención. Era un beso de hombre a mujer. De deseo a deseo. Me tomó por la cintura, me alzó con firmeza, y me dejó sentada sobre el borde de la cómoda. Mis piernas se abrieron por instinto, y Nick se ubicó entre ellas como si ese fuera su lugar desde siempre. Sus labios se movían por mi cuello, mis clavículas, el hueco de mi garganta. Su respiración estaba descontrolada. La mía también. —Esto está mal —dijo contra mi piel. —Entonces hazlo bien. Hasta el final. Mi camisón se deslizó por mis hombros. Nick se quedó quieto un segundo. Me miró. Su expresión era de asombro, pero también de rendición. —Eres hermosa... y tan prohibida... —murmuró. Lo atraje hacia mí. No hubo tiempo para miedos ni preguntas. Sólo había manos, labios, gemidos contenidos. Caímos sobre la cama como una ola que rompe con fuerza y luego se lo lleva todo. Sus manos recorrían mi cuerpo como si quisieran memorizarlo. Yo buscaba su calor, su peso, su certeza. Era él. Era yo. Era un secreto demasiado grande para guardarlo en un cuarto tan pequeño. Nick se movía sobre mí con una intensidad medida, como si estuviera peleando entre lo que quería y lo que debía. Pero yo no se lo permití. Lo tomé de la nuca, lo obligué a mirarme. Y ahí, entre sus ojos y los míos, se rompió todo lo que aún quedaba entero. Nuestros cuerpos se encontraron con desesperación, sin tregua. Cada embestida era un acto de rebeldía. Mi nombre escapó de sus labios como una oración que había esperado a ser pronunciada durante años. Y yo respondí igual: sin miedo, sin pausa, sin red. El cuarto se llenó de calor, de suspiros, de la lluvia afuera y del fuego adentro. Nada importaba ya. No el apellido, no la edad, no las reglas. Solo eso. Eso que había estado gestándose desde la primera vez que cruzamos miradas en el campo. Cuando todo terminó, cuando el sudor se enfrió sobre nuestras pieles y su aliento se hizo más lento sobre mi cuello, nos quedamos así. En silencio. Unidos. Atados a una verdad que ya no se podía deshacer. —Esto cambia todo —dijo al fin. —Lo sé, Nick. Y sonreí. Porque ya era tarde para retroceder. [...] A la mañana siguiente, el sol parecía haberse tomado la molestia de brillar con crueldad. Bajé a desayunar tarde, con el cabello aún húmedo y una camisa prestada que me cubría más de lo que insinuaba. Ellis sirvió café sin preguntar nada, pero sus ojos, curiosos, se detuvieron medio segundo más de la cuenta sobre mí. Nick no estaba. Y no sabía si eso me enfurecía… o me calmaba. Porque si aparecía, todo iba a temblar otra vez. Pero si no lo hacía, entonces sería yo la que se derrumbaría. Pasaron horas. La casa se llenó de pasos, risas bajas, tazas chocando y papeles firmados. El almuerzo con los llegados inversionitas se hizo eterna. Nick volvió a hacerse presente. Entró con su usual paso contenido, su camisa perfectamente planchada y esa cara de hombre que ya ha vivido demasiado como para andar improvisando. Me ignoró. A propósito. Perfecto. La cena era el último encuentro formal con los inversores. Una despedida elegante. Papá brindó con entusiasmo. Clarisse reía más de lo normal, y los trajes caros estaban demasiado apretados por la comida y el vino. Yo, como siempre, era la nota discordante. El vestido verde oscuro que elegí era demasiado escotado para ser apropiado y demasiado elegante para ser ignorado. Justo en medio, como a mí me gusta. Durante el postre, mientras los demás hablaban de finanzas y propiedades junto al piano, derramé medio vaso de vino sobre mi escote. Una torpeza perfectamente medida. —¡Oh! Qué desastre —dije con falsa alarma. Ellis acudió enseguida con una servilleta húmeda. —Déjeme ayudarla, señorita Bea. —Gracias, Ellis. Siempre tan atenta. Mientras ella intentaba secar el desastre con torpeza y ojos que no sabían dónde posarse, Nick apareció por la puerta contigua de la cocina. Sus ojos bajaron, se posaron en mi pecho empapado y luego en mi boca. La tensión era tan obvia que Ellis tosió y se excusó para servir el café. Ellis podía ser una señora casi mayor, pero no era tonta. Nick se quedó. Dio dos pasos. Luego tres. —La cata del vino —murmuró mientras se inclinaba hacia mí—. Tiene un aroma robusto… pero definitivamente sabe mejor en tu piel. Me quedé inmóvil. Su lengua rozó lentamente la línea de mi cuello, descendiendo apenas hasta donde el escote aún era vestido y no piel pura. Cada célula de mi cuerpo se tensó. —Quiero que desaparezcan todos —susurró—. Quiero follarte en cada habitación de esta casa. En el piano. En el balcón. Sobre esa misma mesa del comedor. Tragué saliva. No por miedo. Sino porque el hambre con la que hablaba era más antigua que las paredes de Holloway. —Eres… sucio —murmuré, apenas audible. —No. Soy exactamente como tú me provocas. Tú enciendes esto. Con tu boca, con tu cuello, con esa forma en la que miras cuando sabes que no puedes tocarme… pero quieres que lo haga. La puerta se abrió con un chirrido suave. Clarisse. Siempre perfecta. Siempre oportuna. —Disculpen —dijo con una sonrisa en los labios y un filo en la voz—. Solo venía por más café. Aunque veo que Bea ya está… bastante caliente. La miré sin disimulo. —Algunas sabemos cómo saborear el vino —dije. Nick se retiró guiñándome un ojo. Clarisse rió. Dio un paso hacia mí y, con disimulo, bajó la voz solo para que yo pudiera oírla. —Te envidio, ¿sabes? No es común que un hombre mayor se fije en una chica como tú. Tan joven. Tan fácil de impresionar. —¿Y tú? ¿Cuántos años tenés? ¿O ya dejaste de contarlos? Su sonrisa se mantuvo intacta. —Lo suficiente como para saber que el billete hay que exprimirlo hasta que se convierta en oro. No te distraigas con el amor, Bea. Es un mal negocio. Y se fue, con el café en una mano y veneno en la otra. Nick asomó por la puerta. Yo no dije nada. Porque la rabia y el deseo se me mezclaban como aceite y fuego. Él quería poseerme. Quería que fuera suya. Pero no sabía que yo también podía jugar sucio. Muy sucio. Y aún no habíamos terminado.
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