Capítulo 8

1195 Palabras
El frío de la noche siempre me parecía a una época navideña. Me refugié en el balcón oeste. Siempre me gustó ese rincón. Daba a los campos, y desde allí se podía ver la línea de árboles como una frontera lejana entre el mundo civilizado y el resto. —Hermosa vista —dijo una voz masculina detrás de mí. Me giré y lo vi allí parado. Según el expediente de mi padre: Era Gabriel Lynton. Veintisiete años, sonrisa impecable, traje bien cortado. Un inversor del grupo. Educado, encantador, y peligrosamente encantado conmigo. —Sí, aunque un poco fría Perfecto. —¿Y no es justo eso lo que hace especial a las noches británicas? —respondió con aire cómplice, acercándose más de la cuenta. Me miró con detenimiento, como si estuviera calibrando qué tan lejos podía llegar. —Gabriel, ¿verdad? —estrecho mi mano mientras él asiente. —Estás muy distinta a como te imaginaba —añadió—. Derek siempre hablaba de ti como una niña brillante, pero no mencionó que también eras tan... —¿Tan qué? —Atractiva. No sabía si podía decirlo sin parecer imprudente. —Mi papá siempre se refiere a mí como una niña... Pues tan niña ya no soy, me cruje la rodilla. Él rió. Y justo entonces, Nick apareció en la puerta del balcón Sus ojos fueron directamente a los de Gabriel, luego a los míos. Ni una palabra. Solo ese tipo de tensión que se corta con algo más afilado que un cuchillo: el orgullo masculino. —Perdón si interrumpo —dijo Nick—. Bea, tu padre pregunta por ti. Lo seguí sin mirar atrás, pero antes de entrar, Gabriel me entregó una tarjeta blanca y pulida: —Por si alguna vez quieres conocer mis oficinas. Tomar un café, quizás. —Lo pensaré —respondí con una sonrisa que no alcanzó los ojos. Cuando volví a la sala, Nick me cortó el paso: —¿Te parece bien? —¿Disculpa? —Jugar con fuego delante de todos. —No estaba haciendo nada. Gabriel solo fue... amable. Nick se inclinó hacia mí, sus labios casi tocando mi oído —No seas ingenua, Bea. No viste cómo te miraba. Lo habría intentado si le dabas medio segundo más. —Al menos él tiene mi edad. O cerca —dije mirándole a los ojos. Nick se rió. —Siete años más no es tu edad. —Es más que la diferencia contigo, ¿no? Se le bajó la sonrisa. Minutos más tarde, cuando regresamos al comedor, Nick soltó un comentario con su copa en mano y mirada sutil hacia Derek. —Gabriel parece particularmente impresionado con Bea. Quizá demasiado. Mi padre ni se sorprendió. —Es natural. Mi hija siempre ha sido hermosa. Atrae a cualquier hombre de su edad... o más. Nick no respondió. Pero su mandíbula se tensó. Lo vi. El vaso se le quedó unos segundos en los labios, sin que bebiera. La noche siguió, y yo me encerré en la biblioteca a revisar unos papeles, fingiendo que el comentario no me había afectado. Pero entonces, él apareció. Nick cerró la puerta tras de sí. Se acercó lento, sin preámbulos. —¿Planeas llamarlo? —¿Y si sí? ¿Cuál es el problema? —No voy a permitir que armes un triángulo. No ahora. No conmigo. —¿Y quién dijo que eras parte de algo? —Yo lo soy —dijo con firmeza—. Al menos, mientras me sigas mirando como me miraste cuando te dio esa tarjeta. Me encogí de hombros, casi divertida. —¿Y si dejo de mirarte así? Nick se acercó hasta que nuestras narices casi se tocaban. —Entonces te obligaré a recordarme por otros sentidos. No lo besé. Tampoco lo rechacé. Me quedé ahí, suspendida entre dos latidos, preguntándome si la casona Holloway podría soportar lo que nosotros estábamos a punto de ser. Y sabiendo que no quería que se detuviera. Ni por un segundo. [...] —¿Entonces cuantos años tiene? La voz de Tammy, chillona como siempre. Mi mejor amiga desde que no sabía bañarme sola. —Tiene veintisiete, nada común. Muy interesado... —¿Y el señor Derek? ¿Le quiso sacar los ojos con una cuchara? Miré a Tammy en el teléfono. Primer videollamada desde que llegué a la casona. —Mi padre está encantado con él. —Oh no, eso huele a peligro... —Me eché a reír eligiendo un vestido—. Pero saldrás con él. —No fue algo que planeé yo, solamente se dio. Y si realmente era eso. Mi padre tenía que ver. Hablaron con Gabriel sobre vino y sushi, y él le dijo que yo amaba el sushi. Gabriel me alcanzó para invitarme y no pude decir que no. Y si, imagínate la cara de Nick Rowan. Gabriel llegó a la casona a las ocho en punto, puntual como un caballero inglés. Su saco gris claro, el cabello peinado hacia atrás con una soltura natural y esa sonrisa tranquila que parecía bajarme el ritmo cardíaco. Me encantaba eso de él. Su manera de entrar sin imponerse, como si el mundo fuera su casa pero él pidiera permiso de todos modos. Mi padre lo recibió con entusiasmo. Derek se llevaba bien con todos, pero con Gabriel parecía especialmente receptivo. Quizá porque lo veía como una versión mejorada de los pretendientes que había conocido en el pasado. Quizá porque, después de todo, no sospechaba nada de lo que había detrás de esas cenas educadas y esas miradas largas entre sorbo y sorbo de vino. Nick, por su parte, estaba silencioso. Se limitó a asentir, a servir las copas y a observar. Desde su rincón en la mesa, sus ojos se clavaban en mí como alfileres invisibles. Y yo, por supuesto, no era sutil. Llevaba un vestido que sabía que me favorecía, algo entallado, delicado. Gabriel no me quitaba los ojos de encima. Nick tampoco. Pero de formas muy diferentes. Nick le acercó una copa a Gabriel y este le rechazó. —Debo manejar, quiero ser prudente. Mi padre esbozó una sonrisa, encantando con el chico nuevo. —Entonces, ¿familia inversionista? —Preguntó Nick. —Sí, todos inversores. —¿Ninguna otra profesión? ¿Algo útil? —Miré a Nick ponerse de brazos cruzados. Lo asesiné con mi mirada. —Bueno... Si tener el dinero para una posible inversión con el hombre más rico de Londres..., no sé si sea capaz de llamar inutil a eso —Mi padre se echó a reír sin parar. Me ardían las mejillas. —Mejor vayamos al restaurante, o habrá tráfico —Gabriel asintió y se despidió de todos. La cita con Gabriel fue sencilla. Hermosa, incluso. De esas cosas que parecen sacadas de un domingo perfecto. Caminamos por los jardines de Kew, entre invernaderos y árboles centenarios, mientras él hablaba de su infancia en Escocia y yo fingía no derretirme con cada sonrisa que me dedicaba. Después, tomamos brunch en Notting Hill. Lugar discreto, café exquisito, y una conversación fluida, sin sobresaltos. Gabriel era lo opuesto al caos. Lo opuesto a Nick. Y por unas horas, me permití respirar.
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