Me dejó frente a la casona, con un beso en la mejilla que se sintió correcto. Casi demasiado correcto. Me dijo que quería verme de nuevo. Y yo, por supuesto, dije que sí.
Entré en la casona esperando encontrar a papá viendo noticias, o a Ellis cerrando las ventanas. Pero no. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio.
Nick estaba en la sala, medio a oscuras. Sentado en el sofá de cuero, con una copa de whisky entre los dedos y el cabello apenas revuelto, como si se hubiese pasado la mano demasiadas veces por él. Llevaba la camisa abierta en el cuello y los primeros dos botones desabrochados. No era una imagen que yo hubiera visto antes. Era… más cruda. Más vulnerable. Más peligrosa.
—Hola —dije, con voz seca.
Él no respondió. Solo me miró. Sin juicio, sin burla. Como si estuviera calculando cuánta distancia había entre lo que fuimos y lo que ya no somos.
—No voy a seguir jugando este juego —añadí, dejando mi bolso sobre la mesa.
Nick dejó la copa en la mesa baja. El sonido del cristal contra la madera sonó más fuerte de lo normal.
—¿Qué juego? —preguntó con voz rasposa.
—Este. El de fingir que no pasa nada. El de tus silencios cada vez que Gabriel aparece. El de tus frases al borde de ser algo. El de tus miradas cuando crees que nadie las ve.
Nada. Silencio. Me di vuelta para marcharme.
Y entonces, me tomó del brazo.
No con fuerza. Pero sí con urgencia. Esa urgencia que vibra como electricidad en el contacto.
Me giré. Lo miré. Y él, aún sentado, parecía estar conteniéndose. Sus ojos estaban más oscuros de lo habitual. La copa de whisky seguía intacta, pero él no.
—No lo hagas —dijo al fin, en un susurro apenas audible.
—¿No haga qué?
—No trates de convencerte de que él puede darte lo que yo ya siento.
Nick era peligrosamente convencido, pero muy convencido.
Si él podía dejarte sin palabras, lo hacia. Pero esta vez lo dejé yo sin palabras.
Y por supuesto, me quedé con la última.
—Estoy intentando seguir tu consejo: Lo de nosotros no puede ser.
[...]
Los demás días fueron de esos que son silenciosos porque alguno de los dos la cagó.
En especial, ninguno de los dos. Simplemente debía aceptar el error cometido.
Un día salí a recorrer una parte escondida de Londres con Gabriel, obvio que me fui ante la mirada baja de Nick. Una mirada de orgullo pero desánimo. Se siente débil cuando le quitan a su chica.
Gabriel y yo habíamos ido a una galería en el centro, una de esas modernas con paredes blancas, esculturas incomprensibles y vino espumoso servido por hombres demasiado perfectos.
Fue... bonito. Cálido. Todo lo que debería tener una cita ideal: conversaciones sin presión, risas genuinas, miradas largas sin peso. Y sin embargo, había algo en él que no terminaba de encajar. No era timidez. Tampoco desinterés. Era otra cosa. Algo que ocultaba bajo esa elegancia comedida y sus gestos medidos. Como si estuviera distraído por una voz en su cabeza que no le pertenecía.
Cuando intenté besarlo, su reacción fue inmediata pero suave.
—Bea —dijo con esa sonrisa impecable—. Eres encantadora, de verdad. Pero no quiero arruinar esto antes de que empiece. Y menos conociendo a tu padre…
No insistí. Pero el rechazo quedó flotando como una niebla espesa mientras regresábamos a la casona.
Ya había oscurecido. Las luces de la propiedad parpadeaban como luciérnagas artificiales sobre el camino. Entré esperando encontrar la silueta de Nick en algún rincón. Pero no estaba en la sala, ni en la biblioteca, ni en el comedor. Lo supe. Lo sentí. Estaba evitando aparecer, como si mi presencia lo irritara más de lo que podía manejar.
Caminé hasta la planta alta, con un presentimiento anudado en la garganta. Fue entonces cuando lo escuché.
Una voz femenina. Firme. Directa. No estaba riendo. Estaba discutiendo. Con Nick.
No me acerqué demasiado, pero me bastó con quedarme a mitad del pasillo. La puerta de su habitación estaba entornada. La voz de ella se filtraba con claridad:
—No puedes seguir así. No es sano.
Nick respondió con un tono bajo, contenido, casi cortante:
—No viniste a hablar de lo que es sano. Viniste porque no soportas que lo esté haciendo sin ti.
—No seas tan arrogante. Si te estoy diciendo esto es porque me preocupa tu obsesión.
—No me hagas reír.
La conversación se apagó detrás del cierre de la puerta. Yo me quedé ahí, inmóvil, con el corazón apretado. No porque creyera que había algo romántico entre ellos. Sino por el hecho de que no sabía quién era esa mujer. Ni por qué me dolía tanto no saberlo.
Bajé las escaleras con paso lento, procesando lo que había escuchado. Papá estaba en la sala, hojeando unos papeles como si el mundo no se estuviera fracturando lentamente.
—¿Nick tiene visita? —pregunté con voz aparentemente casual.
Derek alzó la vista, como si no supiera por qué le preguntaba algo tan obvio.
—Ah, sí. Llegó hace un par de horas. Es su ex esposa.
—¿Su qué?
—Su ex esposa, Bea. Estuvieron casados hace mucho tiempo. Pensé que lo sabías.
Me quedé helada.
—Nunca me lo dijo.
—Bueno, tampoco es que hablemos de nuestros matrimonios fallidos en la sobremesa —dijo papá con una sonrisa burlona—. Fue algo breve. Doloroso, por lo que entiendo. Ella aparece de vez en cuando, cuando las cosas se complican.
—¿Complican?
Papá soltó un suspiro largo.
—Nick no es fácil. Ni cuando ama, ni cuando deja de amar.
Subí a mi cuarto sin decir nada más. Me encerré con llave. Me quité los zapatos. Y por primera vez en semanas, me sentí como si estuviera en una casa ajena.
Nick había tenido una esposa. Una mujer con historia. Con derechos que yo jamás tendría. Y aunque ya no estuviera con ella… algo en su tono, en su rabia, me gritaba que aún la cargaba consigo.
Me tumbé en la cama, con la cabeza ardiendo. Y en mi mente, su imagen, borrosa pero persistente, seguía arrastrándome hacia ese mismo lugar donde siempre acabábamos los dos: a punto de tocar el fuego… pero sin atrevernos a entrar del todo.
[...]
Había algo nuevo en el aire, algo que ni el frío ni el espesor de la neblina lograban tapar. Un silencio cargado, denso. Como si la casa supiera que había sido testigo de algo que yo no debía haber escuchado.
Desde que Derek me confirmó que la mujer en la habitación de Nick era su exesposa, algo se torció dentro de mí. No era rabia. Era esa sensación tonta de no saber nada. De ser la última en enterarse. De ser solo... otra.
No lo vi en todo el día. Nick había salido temprano con Derek, según Ellis. Lo que no dijo fue si se había ido solo.
Gabriel me escribió un mensaje corto. Algo amable. Sin doble intención. Dijo que esperaba que esté bien y que me avisará si regresaba a Londres en la semana. Lo leí dos veces. No respondí.
Pasé la mayor parte del día en la biblioteca, encerrada entre libros que no leía.
Me senté en la misma silla donde, semanas atrás, Nick me había tocado por debajo del vestido.
Ahora estaba fría.
Todo lo estaba.
El atardecer me alcanzó sin darme cuenta. Salí al jardín con una manta sobre los hombros y me senté en la escalinata de piedra. El aire olía a invierno anticipado. A distancia, escuché el ruido de un coche acercándose por el camino de grava. Era el Range Rover. Nick y papá habían vuelto.
Me levanté. No quise verlos. Pero también... no pude evitarlo.
Desde el ventanal del comedor, vi a Derek entrar primero. Luego Nick. Y tras él, la mujer.
Era alta, delgada, con el cabello oscuro recogido en un moño pulcro y unos tacones que parecían diseñados para no tocar nunca la tierra. Sonreía. Nick no. Su rostro era una máscara. Ni enojo ni alegría. Nada.
Me escondí detrás de la cortina, con una mezcla de vergüenza y curiosidad enfermiza. Ella le dijo algo. Él no respondió. La distancia entre sus cuerpos era evidente. Pero también lo era algo más.
Historia. Pasado. Algo que no compartíamos. Algo que me dejaba fuera.
Durante la cena, evité mirar a Nick. Evité mirarla a ella. Y sobre todo, evité mirarme a mí misma. Esa versión de Bea que se sentía vulnerable por cosas que no podía controlar.
La exesposa era encantadora. Educada. Hablaba de viajes, de galerías de arte, de una nueva publicación que preparaba en Nueva York. Era editora de algo importante. O eso dijo. No importaba. Yo solo escuchaba los silencios de Nick.
No me habló en toda la cena.
Cuando me retiré, fingí dolor de cabeza. Derek se preocupó, ella ofreció té de jazmín, y Nick solo se limitó a asentir.
En mi habitación, deshice la cama sin intención de acostarme. Me senté en el borde, sin saber qué hacer con el vacío.
Entonces, alguien golpeó la puerta.
No fue un golpe fuerte. Fue casi un roce. Me acerqué. Abrí. Nick.
Estaba con el mismo traje de la cena, sin corbata, el primer botón desabrochado, el cabello algo despeinado. Tenía la mirada opaca.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
No respondí. Solo me hice a un lado.
Entró en silencio. Caminó hasta el centro de la habitación, como si necesitara espacio para algo que no sabía cómo decir.
—No tenía intención de que la conocieras así. Ni de que... escucharas nada.
Lo miré. No dije nada.
—Ella vino por negocios. Tiene una reunión en la ciudad y Derek ofreció la casona por unos días. No fue idea mía.
—Pero tampoco la rechazaste.
Hubo un silencio. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Nick pareció no tener control.
—No quiero justificarme. No tengo por qué. Pero si vas a pensar que hay algo entre ella y yo...
—No pienso nada —lo interrumpí.
Se acercó. No con deseo. Con rabia. Pero no una rabia violenta. Una que nace del miedo. De la impotencia.
—Dime lo que estás pensando. Lo que de verdad estás sintiendo.
Lo miré a los ojos. Quise decir que no me importaba. Que no sentía celos. Que era solo confusión. Pero mentirle a él era como intentar mentirle a un espejo.
—Estoy cansada. De sentirme segunda. De no entenderte. De jugar a medias.
Nick dio un paso más. Estaba frente a mí. Su voz bajó, casi en un susurro.
—Yo tampoco quiero jugar más.
No hubo beso. No hubo caricia. Solo una tensión compartida que nos hizo retroceder al mismo lugar: el deseo y la negación. El deseo de cruzar una línea y el miedo de no poder volver.
Se fue sin decir adiós.
Y yo me quedé en medio de la habitación, sabiendo que algo se había roto.
O que algo, finalmente, había comenzado.