No eres tuya, ¡ERES MIA!

864 Palabras
Desde aquella noche en la oficina, algo dentro de Cecile se rompió. O quizás... se liberó. Cada paso que daba, cada vez que se miraba al espejo, ya no era la misma. Había un brillo nuevo en sus ojos: el de la posesión. Recordaba la forma en que Lucien la folló como si quisiera dejarle el alma hecha trizas. Recordaba el ardor en la piel. La garganta cerrada por su polla. El semen escurriendo por sus muslos cuando llegó a casa. Pero lo que no podía sacarse de la cabeza era la mirada con la que él la vio al final. Esa forma cruel y magnética de decirle sin palabras: "Ya no te perteneces." ⸻ —¿Qué pasa contigo últimamente? —preguntó Lucía, su compañera de cuarto, mientras Cecile miraba su celular por enésima vez sin recibir ningún mensaje. —Nada. —Te la pasas distraída, suspirando, mordiendo el lápiz como si estuvieras caliente todo el día. Cecile sonrió. Porque era cierto. Estaba caliente todo el puto día. Desde que conoció a Lucien, su cuerpo era una jaula con fuego adentro. Y él tenía la llave. ⸻ La escena de la terraza llegó. El momento en que Bruno la enfrentó, aún con la esperanza de recuperarla. —¿Es por otro? —preguntó él, con la voz cargada de dolor. Cecile sintió la tentación de decirle la verdad: "Sí, es por otro. Por un hombre que me rompe cada vez que me toca y me reconstruye con su semen." Pero no. A Lucien no se lo compartiría. Aún no. —No es por otro —mintió con frialdad—. Es por mí. Porque ya no quiero ser tuya. Bruno se quedó callado, tragándose su vergüenza. Ella lo besó en la mejilla como quien entierra a un perro viejo. Y se fue. ⸻ Pero Bruno no se fue. Bruno se arrastró. Tres días después, apareció en su departamento. Con cervezas. Con excusas. Con la voz quebrada de quien aún no acepta que ya no es amado. —Solo una noche más —suplicó—. No tienes que decirme nada. Solo... deja que te bese, que te toque. Solo quiero sentir que aún soy alguien para ti. Cecile lo dejó pasar. Pero no por cariño. Lo hizo por rabia. Por perversión. Por un retorcido deseo de venganza hacia alguien que ni siquiera estaba allí. Bruno la besó con ternura. Ella lo empujó contra la pared y se montó sobre él. —¿Quieres coger? —le susurró al oído—. Entonces fóllame como si supieras que es la última vez. Se lo metió adentro como si él fuera un consolador más. No besó. No gimió. No se vino. Solo usó. Y cuando terminaron, Bruno quedó jadeando, con los ojos brillosos. Ella se fue a la ducha sin mirarlo. ⸻ Lo que Cecile no supo fue que, desde su auto, Lucien Legrand los vio entrar juntos al edificio. Apretó el volante con furia. Las venas de su cuello marcadas. Los ojos como cuchillas. No la llamó esa noche. Ni al siguiente día. Esperó. Como los depredadores pacientes. ⸻ Viernes por la noche, ella recibió su mensaje. "Te quiero en mi oficina. Ahora. No preguntes por qué." Cecile sintió el corazón en la garganta. Se vistió rápido. Y fue. ⸻ La puerta se cerró. Lucien estaba de pie. Traje n***o. Corbata floja. Ira contenida. Peligro puro. —¿Quién fue el bastardo? —¿Perdón? —No juegues conmigo, Cecile. Te vi. Entraste con él. ¿Te cogió? Ella levantó la barbilla. No iba a suplicarle nada. —¿Y si lo hizo? Lucien dio un paso. Luego otro. La arrinconó contra la pared con su sola presencia. —Si vuelves a dejar que otro hombre te toque, le corto las manos. ¿Te quedó claro? —No tienes derecho —espetó ella, provocándolo—. Bruno aún es mi novio. Mentira. Pero se la dijo con veneno. Y funcionó. Lucien la empujó contra la pared. Le alzó la falda. Le arrancó las bragas con un solo movimiento. —Hija de puta. Te crees muy lista, ¿no? —¿Qué vas a hacer? ¿Follarme de nuevo para callarme? —No. Voy a follarte para recordarte quién manda. Le abrió las piernas con brutalidad. Se bajó la cremallera. Y se la metió de golpe. Sin cariño. Sin pausa. Solo pura posesión. —¿Te gusta que te folle con rabia? —Sí... más, más... Lucien la sujetó del cuello. La embestía sin parar. Su cuerpo contra el de ella. Sexo rápido. Salvaje. Perverso. —¿Él te lo hace así? ¿Te deja tan jodidamente temblando? —No... tú... tú eres el único que puede... —Entonces grítalo. —¡Tú eres el único! ¡Mi único! Y se vino. Y él también. Dentro. Hasta el fondo. Con todo. ⸻ Después, no se dijeron nada. Lucien se subió el pantalón. Se arregló la camisa. La miró con los ojos en llamas. —Bruno no es tu novio. Y tú no eres una chica libre. Eres mi propiedad. Y se fue. Dejándola empapada, jadeando, con el coño latiendo... y el corazón convertido en fuego.
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