QUE TODO LO QUE TOQUES, ARDA

1032 Palabras
Desde que Lucien se vino dentro de ella en la pared de su oficina, algo se quebró entre los dos. Ya no había solo fuego. Había... veneno. Cecile notó el cambio en los días que siguieron. Lucien no la llamaba. La convocaba. Y cuando no contestaba, la amenazaba con una sola palabra: "Te quiero. Aquí. Ahora." Y ella iba. Como si tuviera cadenas en los tobillos. Como si el cuerpo le doliera de deseo cuando no lo tenía encima. Pero también... comenzó a resistirse. Una noche, él la quiso ver. Ella dijo que tenía que estudiar. Lucien respondió: "¿Te crees libre? Te presto el aire, pero me pertenece el orgasmo que no te has dado esta noche." Cecile no respondió. Esa fue la primera vez que lo dejó esperando. ⸻ Viernes. Evento académico. Auditorio de la facultad de economía. La sala estaba llena de estudiantes, profesores, personal administrativo... y Lucien Legrand como invitado especial. Bruno estaba ahí también. Sentado dos filas detrás de ella. Con el corazón hecho polvo, pero aún esperanzado. Lucien subió al escenario. Traje perfecto. Sonrisa de tiburón. Mirada clavada solo en una persona del público. Ella. —Es un honor estar aquí —comenzó—. Pero no les hablaré de números. Hoy les hablaré de poder. Y de cómo saber lo que quieres no es suficiente si no estás dispuesto a destruir lo que se interponga. Cecile sintió un estremecimiento. Lo decía por ella. Lo decía por Bruno. Y lo peor... es que lo deseaba más que nunca. Lucien continuó con su monólogo. ¿Qué es el poder, realmente? No es el dinero. No es el apellido. No es la herencia. El poder es la capacidad de tocar lo que nadie más puede tocar. Es la habilidad de mirar a una persona desde lejos... y que se le humedezca el alma solo con tu voz. El poder es saber que alguien se levanta, se viste, respira... pensando en tu siguiente orden. Y no porque se lo pidas. Sino porque te pertenece. (Pausa. Lucien la mira. Directamente. Cecile se estremece. Sabe que está hablando de ella. Solo de ella.) El verdadero poder no necesita gritar. Solo tiene que existir. Porque cuando alguien ya vive dentro de tu cabeza, te folla sin tocarte. ¿Lo han sentido alguna vez? ¿Han deseado tanto a alguien... que hasta el aire que respiran se siente sucio porque no es su boca? (Cecile aprieta las piernas. Siente cómo su cuerpo la traiciona.) Hay mujeres que creen ser libres. Que caminan con la cabeza en alto creyendo que nadie las domina. Pero lo que no saben... es que ya fueron marcadas. Y cuando finalmente lo descubren, ya es demasiado tarde para escapar. Porque ya se corrieron pensando en su nombre. Y eso, damas y caballeros, es esclavitud disfrazada de deseo. (Silencio en la sala. Solo se escucha el zumbido de la tensión eléctrica.) Cecile se levanta. No puede más. La piel le arde. La entrepierna, húmeda. El corazón, violado por palabras. Camina hacia la salida con la vista al frente. Pero Lucien sonríe desde el estrado, sin dejar de observarla. —Al final, el verdadero poder... no se impone. Se goza. "El verdadero poder en los negocios no es tener dinero, sino hacer que el mundo se doblegue ante una idea que nació en tu cabeza y ahora te pertenece en cada contrato, en cada cifra, en cada mirada que no se atreve a desafiarte." Los aplausos no se hicieron esperar, ese tipo de monólogos eran muy comunes del magnate de los negocios. Pero para Cecile, solo había fuego. Fuego que no se apaga. ⸻ Después de la conferencia, Bruno la alcanzó en el pasillo. —¿Podemos hablar? Ella lo miró con un gesto cansado. —¿Otra vez? —Sé que algo te está pasando. Estás más fría. Más... lejana. No eres tú. Cecile lo observó un segundo. Y sin piedad, dijo: —A veces la gente no cambia. Solo deja de fingir. Bruno bajó la mirada. Pero no se rindió. —Yo te amo. —Y eso no te da derecho a mí. Se marchó. Con los tacones resonando como una sentencia. ⸻ Lucien la esperaba afuera. Dentro de su auto blindado. Cristales oscuros. Cuando subió, el ambiente estaba cargado de tensión. —Te vi con él. —No es asunto tuyo. —Todo lo que haces es asunto mío. —Tú no lo entiendes, Cecile. Eres una extensión de mi deseo. Y si él te toca otra vez... no respondo. —¿Celoso? Lucien la tomó del rostro con fuerza. Sus ojos eran cuchillas. —No soy celoso. Soy un hombre que destruye lo que intenta robarle. —No puedes controlarme. —¿Quieres apostar? Sin aviso, Lucien le alzó la falda. Ella tenía medias negras hasta el muslo. Nada más. Él la miró como si fuera una obra de arte hecha para ser profanada. —¿Sabes qué quiero ahora? —Dímelo. Lucien le metió dos dedos dentro, sin suavidad. Ella jadeó, pero no apartó la mirada. —Quiero que vengas en mi mano mientras piensas que te estoy follando sobre el escritorio del decano. Con todos escuchando tus gemidos detrás de la puerta. —Estás enfermo... —Y tú eres mi enfermedad favorita. La masturbó allí mismo. En el auto. Entre bocinazos. En una calle donde nadie sabía que una universitaria perfecta se estaba viniendo en los dedos del hombre más peligroso del país. Ella se corrió. Gritando su nombre. Con lágrimas. Con las piernas temblando. Y cuando él se la llevó a la boca, lamiendo sus propios dedos, dijo: —Que arda lo que toques, Cecile. Porque si alguien más te saborea... Lo quemo vivo. ⸻ Esa noche, ella no durmió. Y al día siguiente, mientras pintaba un cuadro frente a la ventana —su hobby secreto, su única paz—, recibió una notificación. Mensaje de Bruno: ¿Puedo pasar? Tengo algo que quiero devolverte... y algo que decirte. Cecile dejó el pincel. Y pensó: ¿Hasta dónde está dispuesta a arrastrarse la sombra que una vez creyó amarme? Sonrió. Y escribió: Ven. Pero no me hables de amor. Solo tráeme tu cuerpo.
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