Entre el placer y el veneno, comencé a amarlo

1151 Palabras
Lucien no volvió a buscarla durante tres días. Ni una llamada. Ni un mensaje. Silencio absoluto. Ausencia calculada. Y esa ausencia la carcomía por dentro. Cecile odiaba admitirlo. Odiaba que cada clase le supiera a nada, que cada palabra de Bruno le sonara lejana, que cada trazo de sus pinceles se sintiera hueco. ¿Dónde estás, maldito? ¿Por qué te siento aunque no estés? Y entonces, llegó el primer movimiento. ⸻ 📩 "Ve a la galería 217. Sala sur. Hoy. 8 PM. Sola." Nada más. Ella debió ignorarlo. Bloquearlo. Borrarlo. Pero a las 7:43 PM ya estaba frente al edificio. Vestía n***o. Labios rojos. Corazón acelerado. Cuando entró, el espacio estaba vacío. Oscuro. Frío. Casi onírico. Solo una instalación en medio: una escultura de mármol blanco. Un cuerpo femenino arrodillado, con las muñecas atadas. Los ojos cerrados. La boca abierta en un gemido de entrega. —¿Te gusta? —dijo una voz detrás de ella. Lucien. Vestido de traje oscuro. Sin corbata. Mirada letal. Ella no respondió. No podía. —Se llama "Súplica." —La esculpieron para mí hace años. —Quería que me recordaran lo que significa el poder. Que incluso una diosa, puede arrodillarse si encuentra al demonio correcto. Cecile tragó saliva. Sintió su sexo humedecerse al instante. —¿Por qué me llamaste? —Porque extrañaba cómo gimes. Pero también... porque quiero enseñarte algo más. Él se acercó. Le acarició el rostro con el dorso de la mano. —¿Sabes qué me excita más que tu cuerpo, Cecile? Ella negó, sin voz. —Tu mente. Tu lucha interna. Tu necesidad de resistirme... mientras te empapas por mí. Lucien la llevó a una sala oculta. Todo era blanco. Paredes acolchadas. Una silla en medio, con correas de cuero. —Siéntate. —No voy a dejar que me amarre— —No voy a amarrarte. Hoy no. Solo se miraron. Y en ese silencio, Cecile supo que ya no tenía escapatoria. Se sentó. Lucien no la tocó. Solo caminó alrededor. Como un cazador que ya ha olido sangre. —¿Sabes qué es el amor, princesa? Ella alzó la mirada. Y se atrevió a preguntar: —¿Tú amas? Lucien se detuvo. —No. Yo devoro. Yo invado. Yo enveneno. Y cuando todo está muerto en ti... yo me convierto en lo único que respiras. —¿Eso es lo que estás haciendo conmigo? —No. Contigo estoy construyendo un altar. —Y voy a clavarte ahí, viva, para que ardas solo por mí. ⸻ Esa noche no hubo sexo. Hubo algo peor. Lucien la llevó a su departamento. Le dio un baño. Le lavó el cabello. Le leyó poemas. Y la hizo dormir sin tocarla. Sin poseerla. Solo acariciándole la espalda con las yemas de los dedos. Y eso, la destruyó más que cualquier orgasmo. Porque por primera vez... no fue deseo. Fue ternura. Fue pertenencia. ⸻ Al día siguiente, Cecile despertó en su cama, sola. Sin rastro de Lucien. Solo una nota: "Cuando empieces a soñarme despierta, sabrá que te estoy ganando." —L. Y ella ya no podía negar la verdad. Lo odiaba. Pero empezaba a amarlo. Sin querer. Sin remedio. Sin salvación. El viernes por la tarde, Lucien la citó. 📩 "Trae solo lo que quepa en una mochila. Fin de semana conmigo. No preguntes. Solo ven." Cecile dudó. Pero a las 6:22 PM ya estaba frente al portón de hierro n***o de su mansión. Lucien no vivía. Lucien reinaba. El aire olía a menta, a madera cara, a poder masculino. El mármol de la entrada era italiano. Los ventanales, más grandes que sus dudas. Una sirvienta la condujo al segundo piso. Y ahí estaba él, en la biblioteca. Con una copa de vino y los ojos afilados. —Bienvenida al infierno, princesa. ⸻ La primera noche fue indulgente. Cena servida por dos chefs. Vino que sabía a pecado. Un baño tibio con pétalos. Sexo lento frente a la chimenea, con las piernas atadas al sillón y las manos temblando por el fuego y el placer. Cecile jadeaba. Lucien no decía su nombre. Gruñía como si ella fuera el pecado que le tocaba exorcizar. La dejó dormir desnuda, exhausta. Amaneció con él dibujando su cuerpo con tinta negra. —¿Qué haces? —Tatuando los puntos donde quiero que te duela si otro te toca. ⸻ El sábado, las cosas cambiaron. Cecile intentó revisar su celular. No tenía señal. Lo había apagado. —¿Qué hiciste? —Silencio digital. —Nadie te necesita este fin de semana. —Nadie te toca. Nadie te llama. —Solo yo. Ella intentó protestar. Él la sentó en sus piernas. Le acarició la espalda. Le lamió la clavícula. —¿Sabes cuántos hombres miran tus fotos, Cecile? Ella se quedó inmóvil. —¿Sabes cuántos se masturban con tus selfies de perfil? —¿Cuántos te desnudan con solo un emoji? Él la soltó. Fue por su celular. Lo desbloqueó. Revisó w******p. Y lo vio. Bruno R.: "No puedo dejar de pensar en ti." Bruno R.: "La noche en que dormimos juntos fue perfecta. Quiero más de eso. Quiero más de ti." Bruno R.: "¿Sigues sintiéndome? Porque yo sí." Lucien apretó los dientes. Se levantó de golpe. Arrojó el celular a la chimenea. El estallido fue seco. —¡Eres mía, joder! —¡Y aún tienes a ese imbécil susurrándote cursilerías! Cecile se encogió en el sofá. Lucien la miró. Sus ojos no estaban furiosos. Estaban rotos. Desquiciados por el miedo. Por la idea de no poseerla del todo. —No es solo Bruno, ¿verdad? —¿Cuántos más hay? —¿Cuántos idiotas creen que pueden tocar lo que yo ya devoré? Ella tragó saliva. —Ninguno. —No me mientas. —Eres hermosa. —Eres un maldito veneno con piernas. —Todos te quieren. Pero solo yo sé cómo quemarte. Lucien la tomó de la nuca. La arrastró al piano del salón. La sentó en la tapa. Le abrió las piernas. —¿Sabes qué se hace con una joya que todos codician? —¿Qué? —Se encierra. Se protege. O se destruye. Y luego se reconstruye con tus reglas. La penetró ahí mismo. Duro. En seco. Con la furia del hombre que no quiere perder. Cada embestida era una palabra no dicha. Un te odio que sabía a te necesito. Un te amo que no sabía cómo salir. Y ella... ella no se resistió. Porque parte de ella quería ser encerrada. Quería pertenecer. Quería dejar de pensar. Cuando acabó, Lucien la abrazó. Temblando. —No me obligues a convertirme en algo peor. —Porque si te amo... no vas a poder escapar nunca más. Esa noche, la dejó dormir con él. Sin sexo. Solo acariciándola. Respirando su aroma. Poseyéndola en silencio. Y Cecile, entre sueños, se dio cuenta: No estaba huyendo de Lucien. Estaba empezando a amar su sombra.
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