Si me mientes, te poseo. Si me desafías, te destruyo

863 Palabras
Lucien Legrand tenía una máxima: "Lo que no puedas controlar con tu mano, lo controlas con tus ojos." Por eso mandó instalar cámaras ocultas en el pasillo de los departamentos donde vivía Cecile. No era amor. No era seguridad. Era poder. Y paranoia. Una noche antes, mientras cerraba contratos en su oficina, recibió una alerta. Grabación activada. Movimiento registrado. Lucien entró al sistema. Visualizó. Y vio a Bruno. Ese imbécil. Ese imbécil que Cecile juró haber dejado. Lo vio tocando la puerta. Lo vio entrar a su departamento. Lo vio cerrar la puerta. Y ya no vio más. Pero no necesitó más. Su mente completó la escena. Él tocando lo que ya no le pertenece. Él metiéndose entre las piernas que Lucien había marcado a golpes de placer. Él, el idiota. Él, el hombre al que iba a destruir. Lucien cerró el sistema. Rompió su copa de vino en la mano. Y ordenó: —Investíguenlo. Todo. Nombre, apellido, cuentas bancarias, filiación, empresa familiar, sangre, ADN, historial s****l. Quiero saber con quién estoy a punto de aplastar la competencia. ⸻ Después de una noche de nostalgia disfrazada de amor el sol entraba por la ventana como cuchillas doradas. Cecile abrió los ojos. Bruno seguía dormido, con el cabello revuelto y la boca entreabierta. Parecía un niño. Un niño que había amado a una diosa y la había perdido sin saber por qué. Ella se incorporó con cuidado. Fue a la cocina. Preparó dos cafés. Uno con azúcar, como a él le gustaba. Pero mientras lo hacía, el celular vibró otra vez. "Lo vi todo." Solo eso. Pero fue suficiente para que se le enfriara la sangre. Lucien. Otra vez. Dejó el café. Volvió a la habitación. Bruno la miró, con ojos aún entumecidos por el sueño. —¿Te vas? Ella asintió. —Clase temprano. —¿Puedo verte después? Ella le dio un beso en la frente. Uno que sabía a adiós disfrazado. —Lo vemos... Después. Y salió. Sin mirar atrás. Porque sabía que alguien ya la estaba mirando desde antes. Y que esa mañana, no iba a perdonarle Cecile caminaba al campus con un leve brillo en los ojos. Había dormido abrazada. Había sentido calidez. No deseo. No perversión. Algo parecido a... paz. Pero la paz no dura en un campo minado. Lucien apareció en el pasillo principal del campus. Imponente. Frío. Con un abrigo n***o que caía como sombra. Y una mirada que ya no decía "te deseo", sino: "Te vi. Y ahora pagarás." Él la tomó del brazo. —¿Puedo hablar contigo, princesa? —Estoy ocupada. —No pregunté. Te di una orden. La arrastró por un pasillo lateral. Entraron al aula vacía de arquitectura. Cerró la puerta. Cecile lo empujó. —¿Qué te pasa? Lucien la miró. No como hombre. Como cazador. —¿Te divertiste anoche? Ella palideció. Supo en un segundo. —¿Me estás espiando? —Estoy cuidando lo que es mío. —No soy tuya, Lucien. Él la empujó contra la mesa del profesor. La levantó del muslo. Le subió la falda con violencia. —¿No eres mía? —No. Fóllame si quieres. Pero no me perteneces. Lucien sonrió. Esa sonrisa que dolía. —Entonces voy a follarte aquí. Donde cualquiera puede entrar. Donde cualquiera puede verte gritar mi nombre con la garganta desgarrada. Y después dime si no eres mía. Cecile lo escupió en la cara. Lucien se congeló. No la golpeó. No se inmutó. Solo se lamió la mejilla. Y la penetró de golpe. —¡Ah!... joder... Lucien... —Calla. —Tú provocaste esto. Tú lo dejaste entrar a tu cama. —Ahora quiero que tu coño me pida perdón. Las embestidas eran brutales. Frías. Exactas. Cecile lloraba. No de dolor. De rabia. De deseo. De que el cuerpo no obedecía al alma. Lucien le agarró la nuca. Se inclinó sobre su oído. —¿Te gustó dormir entre sus brazos? —¿Te calentó como yo? Ella gimió. Y odió hacerlo. —¿Quién te hace sangrar el alma de placer, Cecile? —Dilo. —Dilo ahora. —Tú... tú... —¿Quién? —Tú, Lucien. Solo tú. Se corrió. Y él dentro de ella. Ambos temblando. Ambos deshechos. Pero Lucien no la soltó. —Ya sé quién es él. Cecile parpadeó, confundida. —Bruno Riveroll. Hijo único de la segunda empresa más rica del país. El niño mimado del competidor más cercano a mí. Ella se quedó sin habla. Lucien sonrió. Oscuro. Excitado. —¿Sabes lo que eso significa? —Que no solo se metió con mi mujer... Se metió con mi imperio. Cecile intentó apartarse. Él la sostuvo con fuerza. —Te lo juro por lo que más te arda. No solo voy a follarte. Voy a hacer que me ames. Que llores por mi ausencia. Voy a arrancarte de él. Y cuando por fin te tenga entera... Voy a destruirlo a él. Desde la cama. Desde tu coño. Desde tu alma. Y salió del aula. Dejándola temblando. Con el semen caliente entre las piernas. Con las piernas débiles. Y con el corazón dividido entre el miedo... y la necesidad de que él vuelva.
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