LIVIA
Mi mamá y Gabriella llevan días encima de mi con los preparativos. Me tienen loca, de verdad. Ayer metieron mano a mi vestidor y empacaron toda mi ropa rumbo a la casa de Lorenzo. Ese va a ser mi nuevo hogar.
Bueno... ya es hoy, así que técnicamente ya es mi casa.
No he dormido ni un carajo. Estoy hecha un manojo de nervios.
Desde que nos dimos ese beso en su oficina, Lorenzo y yo hemos estado como si nada hubiera pasado, pero yo por dentro estoy vuelta un desastre emocional. Ese beso me dejó rebotando y no he podido pensar con claridad desde entonces. En la cena de ensayo todo fue bien de cara al público, pero en cuanto terminó, cada uno fue por su lado. Casi ni nos vimos a los ojos. Él estaba igual de incómodo que yo, eso seguro.
Doy vueltas en la cama como tonta, suspiro y me rindo. No tiene caso seguir peleando con el sueño.
Ya todo el mundo sospecha que algo raro pasó, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Los medios le tienen pavor a los Bellandi, así que por ahora solo hay rumores flotando. Rumores que esta boda supuestamente va a callar.
Lesbia no ha dado señales desde que se largó con Riccardo. No sé si fue por culpa o porque ya le dio igual reventarme la vida y dejarme este circo a mí. Siempre fuimos uña y mugre. Nos contábamos todo. Yo sentía que algo no cuadraba, pero ella se cerró por completo. Seguro pensaba que la iba a juzgar por sus decisiones.
Agarro el cel de la mesita, lo desbloqueo y empiezo a revisar el correo. Desde que pasó todo este problema he estado desconectada de todos, así que ni idea de en qué anda cada quien.
Pero apenas abro el inbox, se me acelera el corazón.
Un correo de Lesbia. Fechado hace unas semanas:
Livia, sé que soy la última persona de la que quieres saber.
Por favor, quiero que sepas que no era mi intención que esto terminara así, y menos que te casaras con Lorenzo por mi culpa. Amo a Riccardo con todo mi ser, quiero mi vida con él.
Nunca estuve enamorada de Lorenzo, aunque sé que él sí me quería. Era todo por conveniencia, algo que mamá cocinó desde que nacimos. Ella me lo dijo tal cual. Desde que organizó esa reunión hace tres años, yo acepté solo para complacerla.
Sabía que tú jamás lo habrías hecho, porque tú sí tienes agallas. Siempre fuiste más libre que yo. Tu carácter no daba para dejarte meter en un matrimonio arreglado. Pero ahora, por mi elección, tú sí estás en uno.
Lo siento muchísimo, Livia. De corazón. Ojalá algún día puedas perdonarme.
Tu hermana, Lesbia.
Las lágrimas me arden en los ojos. Leo la carta otra vez. La había mandado justo al día siguiente de largarse con Riccardo. Yo sabía que ella cargaba con más presión que yo. Siempre fue la que debía ser “la digna”, la niña perfecta de los Moretti. Pero nunca amó a Lorenzo. Y eso... eso va a destruirlo. Porque sé que él la amaba. Se moría por ella.
Me limpio los ojos y respiro hondo. Me siento muerta por dentro. Si al menos me lo hubiera contado… yo habría estado ahí. Llevaba más de un año cargando todo eso sola. Pobre.
Me acuesto otra vez, me encojo entre las sábanas, y cierro los ojos. Que me lleve el sueño, por favor.
*
—¡LIVIA! ¡Solo a ti se te ocurre dormirte el mero día de tu boda!
Abro los ojos y ahí está la cara de mi madre, echando humo. Me levanto de golpe y vuelo al espejo.
HOY ME CASO Y PAREZCO UN ZOMBIE.
Tengo unas ojeras que parecen puñetazos y la piel toda opaca. Me doy vuelta y le digo a mi madre, horrorizada:
—Espero que el maquillador haga milagros, porque estoy hecha un asco.
—¡Livia! ¡Cuida ese lenguaje! Ya eres una señorita. Vas a ser una Bellandi. Comportate como tal —me dice mientras me agarra la cara y me la mueve de un lado a otro.
—¿No dormiste nada anoche? —me pregunta, con ese ceño fruncido.
Niego con la cabeza.
—Los nervios, mamá —le digo. Ella suspira y, por un segundo, me lanza una sonrisita.
—Te entiendo. No sabes lo valiente que eres por seguir adelante con esto. Gracias, hija.
Si me hubieran dicho que vendiendo mi alma al sistema iba a ganarme el cariño y la aprobación de mi madre... lo habría hecho antes.
Pero no.
La abrazo, respiro hondo y suelto:
—Bueno, que empiece el show, ¿no?
Ella me devuelve la sonrisa y asiente.
—Alessandro y Chiara están abajo. Los voy a llamar cuando tengas más cara de gente. Anda, bañate, ponte el corsé y la ropa interior. Ya te traen algo liviano para desayunar.
Y se va, así como si nada. Ah, ¿así trataba a Lesbia también? Porque ese "amor de madre" cambia más rápido que el clima si le sirves para algo.
Tremenda madre me tocó.
Veinte minutos después, ya estoy duchada, perfumada, y embarrada en aceites que seguro cuestan más que el sueldo de cualquier persona promedio. Mamá me ayuda con el corsé mientras yo intento no vomitar la ensaladita de frutas que me metieron como desayuno. Los nervios me están matando.
Llega Chiara y apenas ve mi pelo lacio, ya me está fulminando con la mirada:
—¡¿Livia, tu te estás dejando morir el pelo?! ¿Y esa piel? ¿Estás comiendo cualquier cosa?
Me encogí, literal. Esa mujer mide metro y medio, pero tiene la energía de un huracán. Es chiquita, pero es una tormenta en tacos.
Le digo que sí, que he estado comiendo mal y durmiendo peor por el estrés de los últimos dos meses. Me mira, chasquea la lengua y empieza a trabajar con mi cabeza.
Dos horas más tarde, tengo el pelo brilloso, lleno de volumen, cayendo en rizos hermosos hacia un costado. Una pinza me agarra el moño en la nuca. Me miro y ni me reconozco.
—Gracias, Chiara —le digo. Me abraza fuerte y me desea suerte.
Mi mamá llama a Alessandro y el tipo aparece como salido de una revista. Entra, me ve, y casi se desmaya en la puerta del impacto. Ya con eso, saca su libreta y empieza a decir todo lo que necesito comprar para devolverme la vida: cremas, mascarillas, base, todo.
Mi mamá le dice que lo pida todo y que lo mande directo a la casa de Lorenzo. Antes del fin de semana.
Mientras me maquilla, empiezo a ver cómo sale mi yo de antes. La Livia que no tenía estas ojeras ni esta expresión de zombie emocional. Alessandro me deja preciosa.
Me miro en el espejo, con un nudo en la garganta.
—¡Hermosa! —grita mi mamá, toda emocionada, y le planta un beso en la mejilla.
—Eres un artista, Alessandro —le digo, sonriendo de verdad.
Él hace una reverencia, empieza a guardar sus cosas y mi mamá le recuerda el tema de los productos. Él asiente, me da un beso en la frente y dice:
—Buena suerte, Livia. Tu eras la que tenía que casarse con Lorenzo desde el principio—, dice y me guiña el ojo.
¿Perdón? ¿Cómo que desde el principio? ¿Qué quiso decir con eso?
Pero no tengo tiempo para seguir dándole vueltas. Me acerco al vestido y me lo pongo con cuidado, fijándome en no arruinar el pelo ni el maquillaje. Gracias al cielo que tiene cierre al costado. Si no, necesitaba ayuda y no tenía ganas de pedirla.
Me aliso el vestido, respiro hondo, y me giro al espejo de cuerpo entero. Mamá está parada en la puerta. Se le ve incómoda. Lleva un vestido amarillo clarito que arrastra por el piso.
Chiara se acercó también, se recogió el pelo en un moño súper elegante, y me sonríe con los ojos vidriosos.
¿Desde cuándo tan emocional? Ah, cierto… hoy soy su pase directo a la familia Bellandi. ¿Cómo me olvidaba eso?
Me mira como si estuviera orgullosa de verdad. Yo le señalo el vestido con una sonrisa.
—No me equivoqué, ¿no? Elegí bien.
Y una lágrima le cae a mamá por la cara.
—Mamá...
—No, Livia. Estoy bien. Este es tu día, no lo hagas sobre mí —dice, y me tengo que tragar el sarcasmo que me estaba por salir.
Asiento con una sonrisa de compromiso. Ella me mira otra vez y me dice:
—Esto iba a ser para Lesbia, cuando se casara. Era mío. De mi madre también. Ahora es tuyo.
Me da una cajita de terciopelo rojo, con una "L" dorada gigante. La abro y ahí está: un collar de zafiros en forma de lágrima. Rodeado de diamantes, engastado en oro blanco. Una joya que parece salida de una corona.
Me quedo sin palabras.
El collar de generaciones. El que no era para mí. El que iba directo a Lesbia. Porque yo siempre fui la suplente. La opción B.
Me trago el orgullo con dolor. Mamá me pone el collar y sonríe como si nada pasara.
—Bueno. A casarse —digo bajito, con un nudo apretado en la garganta.