Sueño hecho realidad
LIVIA
Me quedé tiesa mirando la pantalla de mi laptop. No lo podía creer. ¿Era real? ¿Era de verdad? Entonces me salió un grito que hizo temblar las ventanas. Tan fuerte fue que mi mamá entró volando a mi cuarto como si algo se estuviera incendiando.
—¿Qué carajos pasa, Livia? —preguntó con los ojos como dos platos. Le giré la compu y le señalé con el dedo, casi temblando.
—¡Me aceptaron, mamá! ¡Stanford me aceptó! —le dije casi llorando, toda emocionada, mientras ella se quedaba con cara de “no entiendo nada”.
Levantó una ceja, bien delineada como siempre, y me miró raro.
—¿Stanford?
Yo asentí con la cabeza, tragándome las ganas de rodar los ojos. ¡Mi sueño desde siempre!
Nada y cuando digo nada, es NADA, podía bajarme de esta nube. ¡Lo logré, carajo! Me lo probé a mí misma. No necesité el apellido Moretti, ni la sombra de mi padre. Lo hice sola.
Sí, pude haber elegido otra universidad. Habría sido más fácil. Me abrían las puertas en un segundo si sabían que era la hija de Vittorio Moretti. Pero no quería eso. No quería estar a la vuelta de la esquina ni sentirme atada a ese apellido.
Tenía la cara acalambrada de tanto sonreír, y busqué la reacción de mi madre como una idiota… pero, como siempre, nada.
—Bueno, ya veremos qué opina tu padre de esto. ¿Estados Unidos, Livia? ¿Por qué no Cambridge? Esa fue la universidad de tu padre, ¿sabías?
¿Que nada podía bajarme? Pues toma. Mi madre me acababa de lanzar un misil directo entre ceja y ceja.
La quedé viendo, con el ánimo por el piso. Lo esperaba. Claro que lo esperaba. Hasta me había mentalizado para eso. Pero no por eso dolía menos. En mis veinte años de vida, mi madre jamás me había dicho que estaba orgullosa de mí. Jamás. Ni una vez.
Se me borró la sonrisa y solté un suspiro.
—¿De verdad no puedes estar feliz por mí, aunque sea esta vez, mamá?
Me miró como si no le importara nada de mis emociones que le estaba reflejando en este momento.
—Estaré feliz cuando rechaces esa carta y elijas algo más cerca de casa. Anda, tienes que arreglarte. Los Bellandi vienen a cenar hoy.
Dicho eso, se dio la vuelta con su pasito de desfile y salió de mi cuarto como si nada.
Me quedé mirando la puerta, y sentí cómo una lágrima me bajaba por la mejilla. La Contessa Moretti, mi madre, señora de la alta sociedad, toda nobleza y perfección, siempre esperó que yo me convirtiera en una copia suya. Pero esa era Lesbia, mi hermana gemela. Ella sí sabía jugar ese rol. Yo no. Yo era la que decía lo que pensaba, la que no sabía callarse ni vestirse para complacer.
Y justo entonces, apareció Lesbia en la puerta. Mi espejo con algunos matices. Ella con rizos suaves color miel, yo con un castaño más cálido, casi caramelo. Sus ojos eran celestes, tiernos; los míos fríos como el acero. Pero en lo básico, éramos iguales: cara en forma de corazón, ojos almendrados, labios marcados.
La gente siempre decía que éramos guapas, y Lesbia lo sabía. Lo usaba. Yo… bueno, mi autoestima estaba por el suelo.
—¡Me enteré! —gritó, y se me tiró encima para abrazarme. —¡Estoy tan orgullosa de ti, Livia! ¡Es increíble!
Lesbia siempre fue mi porrista número uno. Sonreí, aunque por dentro me dolía todo. Me soltó y me miró como si me estuviera viendo por primera vez, con esos ojos llenos de lágrimas.
—Vas a poder vivir tu sueño, en vez de quedarte atrapada en esta mierda de vida de alta sociedad —me dijo, conociéndome mejor que nadie. Sabía que si seguía ese camino, me iba a destruir por dentro.
Me tembló el labio. Porque ella tenía razón. Pero también sabía otra cosa. Mi papá nunca me iba a dejar irme.
Y entonces entendí algo:
Esto no iba a pasar. Él no lo iba a permitir. ¿Cómo fui tan idiota de pensar lo contrario?
La sonrisa de Lesbia se esfumó de su cara, y me clavó esa mirada de hermana que ya sabía lo que venía.
—Fui una pendeja, Lesbia —Le dije —. Mi papá jamás va a dejar que me largue al extranjero si puede meterme en Cambridge así, sin esfuerzo. Qué estúpida yo y mis tontos sueños.
Ella me dedicó una sonrisita medio triste y me acompañó hasta la cama otra vez.
—Nunca se sabe, Livia. Háblale. Capaz y quiere que alguna de nosotras vea qué hay más allá de este rancho de ricos —dijo con ese tonito que siempre usa cuando algo se está guardando.
Esa cara suya, esa sonrisita… No. No me la trago. Es esa intuición rara de gemelas, como un radar. Sé perfecto cuándo Lesbia me oculta algo, y esta vez no me estaba mintiendo, pero sí se callaba algo. Seguro.
No quise insistir. Solo asentí.
—Lo haré después de la cena de hoy. Supongo que Lorenzo y sus papás también vendrán, ¿no?
Lorenzo Bellandi. Ugh. El tipo más idiota que he conocido. Un dios griego en su cabeza, pero con más ego que carisma. Me acuerdo clarito la primera vez que vino a visitarla a la finca: ni se confundió de gemela, como todo el mundo. No. Me miró de arriba abajo y me dijo: “regordeta”. Así, sin prudencia. Y luego dijo que no entendía cómo la gente podía confundirnos.
¿Infantil? Tal vez. Pero nunca se me olvidó. Me quería tragar la tierra. Obvio, nunca se lo conté a Lesbia. No iba a hacerla sentir mal por su prometido.
Ella asintió toda contenta.
—Sí, viene. Faltan solo un par de detalles de último minuto antes de la boda. Sus padres quieren tener todo cerrado antes del gran día —dijo tan tranquila, como si no se fuera a casar con el CEO más rico de toda Inglaterra.
—Ah, ¿y yo tengo que ir o qué? —le dije en broma, aunque ya sabía la respuesta. Ella me miró con esa cara fulminante.
—¿Mi dama de honor no quiere venir? No me digas… —dijo, y se paró para irse. Pero antes de cruzar la puerta, se volteó y me soltó otra sonrisa, esta vez más sincera.
—De verdad me alegra por ti, Livia. Te mereces esto más que nadie. Habla con mi papá después de cenar. Estoy segura que te va a dar el sí —y se fue.
Yo me tiré a la cama, esa gigante con dosel de roble que parece más trono que cama, y suspiré bien hondo. ¿De verdad mi papá me iba a dejar irme a estudiar fuera? Si por mi mamá fuera, ya sabía la respuesta: ni de broma.
Saqué el celular del bolsillo. Quería llamar a Matteo. Mi novio, mi pilar, el que me había empujado a aplicar a Stanford. Siempre me decía que lo hiciera por mí, aunque la verdad yo solo quería estar cerca de él. Nos íbamos a casar en un año.
Marqué. Uno... dos... tres... cuarto tono. Nada. Colgué.
Raro. Matteo siempre contestaba cuando veía que era yo.
Fruncí el ceño, respiré hondo y traté de no hacerme ideas. Le contaría más tarde.
Los Bellandi estaban por llegar y tenía que cambiarme.