Bebé inesperado

1349 Palabras
LIVIA Me puse en un vestido burdeos pegadito, con escote corazón y esas mangas mini que apenas cubrían los hombros. Me puse mis tacones, y ya estaba lista para toparme con los malditos Bellandi. El pelo me lo dejé suelto, con rizos cayéndome por la espalda, como cascada. Nada de maquillaje pesado. No tenía a nadie a quien impresionar, así que no iba a perder tiempo en tonterías. Bajando la escalera en forma de caracol, la veo. Lesbia está abajo, dándose un espacio con el celular. Se le nota la mala vibra. Apenas escucha el taconeo de mis zapatos, cuelga. Se voltea y me lanza una sonrisa tan falsa que hasta da risa. Camina hacia mí, tratando de disimular. —Problemas con la boda —dice con cara de que ni ella se lo cree. Yo sabía que estaba diciendo pura tontería, pero me quedé callada. Si no me quería contar, tampoco era mi problema. Le devolví la hipocresía con una sonrisa fingida. —Lesbia, ya sabes... —empecé, pero mejor me lo guardé. Negué con la cabeza. —Olvídalo. ¿Todo listo para esta noche? La alivió que no le siguiera escarbando y asintió. —Los Bellandi deberían caer en cualquier momento —me dijo ansiosa. Apenas los mencionó, se le fue la vibra. Antes estaba toda feliz porque iba a ver a su prometido, pero de pronto se puso tensa. Nos agarramos del brazo y caminamos hacia el comedor. Noté cómo se soltaba un poco conmigo, pero al entrar, se quedó fría. Ya habían llegado. Ahí estaban. Altaneros, con esa vibra de “mírame y no me toques”. Gabriella y Domenico Bellandi, como si flotaran por encima de todos. Gabriella, con su melena negra, aún con aires de diva. En su época había sido bailarina top. Se casó con Domenico justo cuando colgó las zapatillas. Domenico Bellandi no era cualquier tipo. Era el hombre más rico de Inglaterra, y su hijo Lorenzo iba a heredar todo. Aunque, sinceramente, ni le hacía falta. Ya tenía medio país bajo su nombre gracias a Bellandi INC. —Lesbia, Livia —nos saludó Gabriella, con esa vocecita altiva. La doña nunca tuvo un buen comentario para Lesbia, pero a mí… me trataba como si fuera su hija. Nunca entendí por qué, si todo el mundo se moría por Lesbia. —Están bellísimas —exclamó mientras venía a saludarnos con esos besos de compromiso, uno por mejilla. —Gabriella, ¿cómo estás? —le pregunté, poniendo mi mejor cara diplomática. —Te ves increíble—, le dije, porque sí, su vestido rojo carmesí estaba matador. Ella rodó los ojos. —Como siempre, ya tú sabes… Otra cena más que podría haber sido una bonita de verdad, pero no. —Madre —dijo él, el rey del ego: Lorenzo Bellandi. Gabriella volvió a rodar los ojos, esta vez directo al hijo. —Ok, ok, me voy a portar bien —dijo, y me guiñó un ojo antes de lanzarle una mirada filosa a Lesbia. Mi hermana me queda viendo. —¿Qué le hiciste a esa mujer para que te ame? A mi me odia —murmuró bajito, y me dio un poco de pena. Lesbia podía hechizar a cualquiera... menos a su futura suegra. Le acaricié el brazo. —Seguro que después de la boda cambia, no te preocupes. Pero eso no la tranquilizó. Al contrario, se le fue todo el color de la cara. Lorenzo llegó justo en ese momento, le plantó un beso rápido en la mejilla. —Perdónala otra vez, mi amor. Ya se acostumbrará —le dijo. Y Lesbia asintió, como una robot. Como si ya lo hubiera escuchado mil veces. Llevaban tres años juntos, y Gabriella cada día la odiaba más. —¿Vamos? —dijo mi papá, Vittorio Moretti, el segundo más rico del país, solo después de Domenico. Nos sentamos todos en la mesa. Papá en la cabecera, Lesbia y yo a los lados, los Bellandi grandes junto a mí, y Lorenzo pegado a Lesbia. Mamá estaba enfrente, observándolo todo desde el otro lado. La comida pasó rápido. Pura charla de cortesía, sonrisas fingidas, copas levantadas… pero el aire estaba pesado. Yo lo sentía. Esta no era una simple cena de familias poderosas. Había algo detrás. Algo turbio. —Un gusto tenerlos otra vez, Domenico, Gabriella —dice mi papá, cortando la tensión con un tono medio sarcástico—, pero no entiendo por qué tanto show para esto. ¿No alcanzaba con una llamadita? Ahí estábamos todos en la sala, tomando vino y comiendo los restos de la cena, que había sido más decoración que comida. Cuatro platos y me seguía sonando el estómago. Gabriella se paró de su silla. La tipa estaba hecha un volcán a punto de estallar. Rabia pura, pero con una tristeza que se le notaba. Miró a todos, pero sus ojos se clavaron en Lesbia. Yo seguí la mirada y vi a mi hermana toda nerviosa. —Vittorio, Contessa, traemos malas noticias esta noche —espetó Gabriella, clavando la mirada ahora en Lorenzo, que parecía tan confundido como todos los que estábamos ahí. Menos Lesbia. Ella no parecía sorprendida. Ni tantito. Domenico se levantó, serio: —Este matrimonio no va más, Lorenzo —le dijo. —¿Perdón? ¿Qué estás diciendo? —Lorenzo se quedó tieso. —Ya sé que a ustedes Lesbia no les cae bien, pero la amo. Me voy a casar con ella, con o sin su bendición. Gabriella puso cara de película de terror y miró a su marido. —Díselo —le espetó antes de volver a sentarse. Y él, como si nada, se rió bajito. —No, mejor... que lo diga alguien más —y justo en ese momento, se abrió la puerta del salón. Entró un tipo que yo jamás había visto en mi vida. Y en cuanto cruzó la puerta, Lesbia soltó un suspiro ahogado. Me giré hacia ella, y la tenía al borde del colapso. Pálida como si hubiera visto un fantasma. ¿Qué mierda estaba pasando? Y justo lo que yo pensaba, Lorenzo lo dijo en voz alta: —¿Tío Riccardo? ¿Qué haces acá? El tipo alto, con pinta de galán y rulos hermosos, nos miró a todos uno por uno, con cara de traer algo bomba. —Lorenzo, te metieron cuento —le dijo, señalando a mi hermana. —Lesbia no te ha dicho toda la verdad. No. No, por favor. Lesbia, ¿qué cagada hiciste? Lorenzo la miró, con el ceño fruncido. —¿Qué significa eso, Lesbia? —le preguntó. Y aunque su voz sonaba firme, se notaba que no quería saber la respuesta. —Lo siento, Lorenzo —dijo ella, con lágrimas en los ojos. Yo no podía creerlo. ¿Estaba viviendo una escena de novela? Mi papá tenía cara de querer prender fuego todo. Mi mamá estaba molesta pero conteniéndose. Los Bellandi, entre indignados y escandalizados. Y Lesbia... Lesbia parecía estar triste pero, ¿feliz? ¿Cómo se come eso? —¿Lo sientes? ¿Por qué lo sientes? ¿Qué hiciste? —le gritó Lorenzo, dando un paso para atrás. Y entonces, Lesbia se paró, se acercó a Riccardo, lo tomó del brazo como en cámara lenta y nos miró con cara seria. —Estoy enamorada de Riccardo. Quiero romper el compromiso. Silencio total. Hasta el aire se había detenido. Lorenzo parecía que se le había roto algo por dentro. Mis padres se quedaron blancos. Y yo… yo me quedé ahí, sentada, sin saber si reírme o llorar. Boca abierta. Muy linda, muy peinada, pero en shock total. Mi hermana, la niña buena, la perfecta, acababa de renunciar a la alta sociedad. Y por si eso no fuera suficiente, Riccardo suelta, todo orgulloso: —Eso no es todo. Cuéntales lo otro, mi amor. Dijo “mi amor” como si fuera algo normal en medio de estas personas, sabiendo que se casarían. Me dieron escalofríos. Lesbia lo miró con una mezcla de ternura y arrogancia, y lo dijo tan campante: —Estoy esperando un bebé de Riccardo.
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