Matthew Había pasado un año y medio desde que Vermont dejó de ser un punto remoto en el GPS para convertirse en una coordenada fija dentro de mí. Nueva York seguía siendo la ciudad de la ambición, del pulso acelerado y las decisiones millonarias tomadas a contrarreloj, pero para mí el centro del universo se había desplazado sin darme cuenta. Ahora orbitaba alrededor de nuestro apartamento frente a Central Park, donde el rugido del tráfico llegaba amortiguado, casi respetuoso, como si la ciudad entendiera que ahí dentro había algo que merecía silencio. La Navidad siempre había sido una fecha estratégica para mí. Cierres fiscales, llamadas obligatorias, cenas con gente que fingía cercanía mientras medía balances. Durante años, diciembre había sido un trámite elegante. Pero ese añora distin

