Susan Si alguien me hubiera dicho, hace más de seis años, que Matthew Black acabaría despertándose un 24 de diciembre antes del amanecer solo para asegurarse de que las galletas de Santa estuvieran perfectamente colocadas junto a la chimenea, me habría reído en su cara. Con educación, claro. Matthew siempre mereció al menos eso. Pero me habría reído. Porque hubo un tiempo en que la Navidad era, para él, un poco más que una interrupción molesta entre en el calendario. Una fecha marcada en el calendario con tinta gris, sin emoción ni expectativas. Nada de luces, nada de villancicos, nada de nostalgia. Matthew odiaba la Navidad con la misma intensidad con la que amaba el control, y durante años pensé que esas dos cosas eran inseparables. Ahora lo observo desde la puerta de la cocina, con u

