Magda siguió a Farid y a la recepcionista bien de cerca y al ver que se metían al restaurante que la mayoría de los trabajadores frecuentaban, ya que estaba a la esquina, respiró profundamente. Ella se sentó en una mesa oculta donde los podía ver con facilidad, pero que ellos no podrían hacer lo mismo con ella. —¿Puedo saber por qué no has entrado a la cocina a exigir un trato especial? —Roberto, el dueño del pequeño restaurante italiano familiar, la miró con una ceja enarcada. —Justo lo que necesitaba. —Magda le empezó a arrebatar el delantal para aprovechar que la chica se había marchado dejando al rubio con cara de haber chupado un limón solo. —¿Se puede saber qué haces? —Roberto no pudo pelear con ella, Magda prácticamente lo estaba desnudando y de moverse de verdad lo dejaría sin p

