Nervios

1236 Palabras
Cassie llegó a su casa más nerviosa de lo que estuvo en su vida. Se maldijo a sí misma por haber invitado a Jonas. ¿Por qué había pensado en él? ¿Por qué él? —Tía Cassie, ¿eres tú? —le gritó Mel desde su habitación. —Sí, Mel, soy yo. Debo salir esta noche. Se acercó para saludarlo con un abrazo rápido. Su sobrino lucía despeinado y despreocupado. Le recordaba lo que nunca fue ella. Siempre pensaba antes de actuar, siempre consideraba las cosas venideras y buscaba alternativas que beneficiaran a todos a su alrededor. —Jason pasó por aquí hoy —le informó después de alejarse de su abrazo. Él sabía que había llorado bastante después de la ruptura. Lo observó con el brazo derecho aún sobre su hombro. «Las plagas siempre vuelven». El refrán de su madre le llegó de inmediato a la cabeza. Ella lo bloqueó de todas las maneras posibles. Ese no era el momento para preocuparse de él. —¿Qué quería? —La curiosidad fue más fuerte que su deseo de olvidarlo. —Es un idiota. Lo sabes, ¿verdad? —El adolescente la contempló—. No importa lo que te diga, él seguirá siendo el estúpido que te engañó. —Sé cómo es y lo que es. —Le apretó la mano—. ¿Qué fue lo que dijo? —Vino a decir lo arrepentido que estaba y que había terminado con la fulana… —No me digas nada más —lo interrumpió. A fin de cuentas, ya no le interesaba nada que tuviera que ver con Jason James. Se metió en su habitación, se detuvo frente al closet y escrutó cada prenda; desde pantalones hasta vestidos. No sabía que vestir. Le había dicho a Jonas que fuera como se sintiera cómodo, pero que no usara jeans, pues, según las fiestas que Frédéric daba en su mansión, gastos en vestimentas eran primordiales. Se quitó la ropa del trabajo con rapidez y miró de extremo a extremo en el ropero. Nada le cautivaba. Entró en el cuarto de baño. Buscaba refrescar y relajar su mente de un día agotador. Ella tenía varias piezas que compró para un viaje con Jason, el cual se vio cancelado. Como conjurado, su celular sonó con un mensaje de w******p de un número desconocido. 1-814-225-8414 19:28 ¿Estás lista? Se imaginó de inmediato quién podía escribirle algo así. Cassie agregó el teléfono y lo guardó con el nombre Danger. Cassie Blake 19:32 p.m. ¿Quién te dio mi número? Danger 19:33 p.m. Pregunté por ahí. Cassie Blake 19:33 p.m. Genial, ya no hay confidencialidad en la empresa. Con relación a tu pregunta, estoy casi lista. Cassie se contempló en el espejo largo que tenía en el cuarto de baño desnuda y sin siquiera haber tocado el agua. —Más lista no puedo estar —se dijo con sarcasmo. Danger 19:38 p.m. Pasaré por ti en menos de 30 minutos. Cassie Blake 19:40 p.m. ¡Genial, me muero de ganas! Danger 19:42 p.m. Deja el sarcasmo o no voy y te toca tragarte a todas esas personas tú sola, Sra. BLAKE. Las flechas se marcaron en azul, pero ella no respondió. Odiaba que él tuviera el control de la situación. Nunca dejó que nadie se acercara a ella para adueñarse de su tiempo y de su espacio. No lo dejó acercarse, aun así, aunque fuese solo por ese momento, él parecía llevar las riendas de su vida. Se duchó rápido y se lavó el cabello. No le pasaría el secador. Un poco de espuma y estaría perfecto. «Perfectamente desastroso». Su cabello castaño oscuro le llegaba más abajo de los omóplatos, espeso y tupido, herencia de su padre. Caminó con la toalla envuelta en la cintura y sintió la brisa del aire acondicionado, frío; congeló casi su piel y puso erectos sus pequeños pezones. Le gustaba la libertad corporal. Sentir la brisa fresca en su cuerpo le ayudada a pensar y a mantener los pies sobre la tierra. Miró una última vez el closet. ¿Por qué de repente era una adolescente llena de inseguridades? Solo era una cena, una estúpida cena. Jonas Cortes no era más que el hombre que le atraía. No llegaría más lejos de lo que ella le permitiría. Ahí estaba el problema número uno: quería permitirle todo. Sacó uno de los vestidos que había comprado hacía unos meses. Era n***o de tirantes finos con pequeñas lentejuelas en la parte superior y suelto de la cintura hacia abajo. Llegaba con suavidad a sus tobillos. Gracias a que tenía pechos pequeños podía prescindir de los sujetadores para ciertas ocasiones. Esta era una de ellas. Se puso unas bragas negras de encaje y se colocó el vestido. Al mismo tiempo, sacó de una caja unas sandalias doradas que solo se había puesto en una ocasión hacía más de un año. Luego de calzarse, se detuvo frente al espejo y se alegró al ver el resultado. Estaba bien, más que bien. Se veía como si quisiera provocar a un hombre. Un hombre que la traía loca. Cassie se onduló el cabello con la espuma y se aplicó un poco de labial rosa mate. No estaba dispuesta a maquillarse, suficiente tenía con haberse atrevido a lucir un vestido así. —Mejor me lo quito —se dijo en voz alta. —¡Tía Cassie! —chilló su sobrino desde la sala—. ¡Hay un hombre aquí! No habría cambio de ropa. —¡Ya bajo! —le respondió—. Puedes hacerlo, Cassie Blake, puedes ir y pasar una hora con ese hombre sin que sientas la necesidad de besarlo. —Se contempló en el espejo. Casi vio cómo le sonreía burlona su reflejo. Jonas la vio salir de la habitación y sus ojos brillaron de alegría. Esa mujer era una aparición. Quedó cautivado por su contoneo de caderas, que se resaltaba debajo del fino y delicado vestido. No llevaba sujetador, lo cual solo hizo que una erección monumental se despertara en su entrepierna. Moviendo ligeramente el peso de una pierna a la otra, se enderezó y metió las manos en los bolsillos del pantalón para intentar disimular su querido amigo alterado. Se había puesto un traje gris y una camisa blanca. No se sentía a gusto con la chaqueta, pero no quería estar en un lugar donde todos lo notaran. Aunque al ver cómo Cassie iba vestida, sería imposible notar al tipo que fuese con ella. —¿Listo? —Se acercó. Tenía un diminuto bolso dorado en la mano, donde seguro debía estar su celular y documentos. —Nací listo. Mel observaba a su tía desde la sala y cómo agarraba el bolso como si su vida dependiera de ello. Sintió la necesidad de abrazarla y darle un poco de fuerza emocional. —Disfruta la noche. No hagas nada de lo que te arrepientas mañana. —Sus palabras sonaron más maduras de lo que nunca Cassie había escuchado—. No se pase con mi tía, o le daré una paliza. —Okey, Mel, ya nos vamos. —Se soltó de su agarre—. No me esperes despierto. Cassie abrió la puerta y se metió de inmediato en el auto. No sabía cómo cambió de pensar tan rápido, pero su cerebro ahora tenía otra idea. Esa noche acabaría con las ganas que le tenía a Jonas Cortes.
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