Diez

1166 Palabras
—¿Te había dicho que estás muy bella esta noche? —le preguntó Jonas al bajarse del carro y abrirle la puerta con caballerosidad. Esto no hizo más que hacer reír a Cassie a carcajadas. Se lo había dicho más de tres veces en el intervalo entre su casa y la mansión de Frédéric. —Creo haberlo escuchado ya unas dos veces más. —Tomó el brazo que él le ofrecía. Se sentía como en una película romántica, solo que no era una. Por más que intentó disimular la atracción que sentía por él, su cerebro racional se esforzaba en que ella lo recordara. Su aroma a madera y frutos, su forma de sonreírle sin reservas ni misterio y su extraña manera de sacarle pensamientos pecaminosos. Lo cierto es que ella no sabía cómo comportarse a su alrededor. Lo había visto en la oficina en más de una ocasión hablando abiertamente con otras personas, mujeres en especial. No podía decir que se sentía celosa. Quizá sí. Pero el hecho de no tener un motivo para estarlo la hacía incomodar aún más. Él no le pertenecía, no tenía ningún compromiso con ella. Por Dios, acababa de salir de una relación y ya pensaba en celos. Su vida fue siempre monótona y predecible. Desde adolescente se inclinó por la arquitectura; dibujaba edificios y cambiaba formas. No sabía muy bien qué hacía, pero tiraba trazos sin cesar. Su padre, Christopher, fue quien la encaminó hasta el punto de pagar toda su carrera y pedirle que no trabajara, al menos no más de medio turno, así podría enfocarse y sacar un excelente índice para poder asegurar una plaza en la compañía más grande de MeadVille. Y lo cumplió. Su padre no llegó a ver su graduación. Apenas tenía cuatro años y seis meses de haber logrado su sueño. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico en la afueras de Pensilvania. En su graduación conoció a Frédéric, que era parte del comité que entregaría las medallas de honor. Una cosa llevó a la otra y él le ofreció trabajo. —Viniste —fue el saludo de Frédéric y le extendió la mano. Ella se la estrechó y sonrió. No se dio cuenta de que ya habían entrado a la fiesta. —No la hubiese perdido por nada del mundo —mintió y volvió a sonreír. Frédéric se percató de la cercanía que había entre esos dos, mas no dijo nada, solo se limitó a saludar a Jonas con un movimiento vago de su cabeza. —¿Qué tal le va con su nuevo trabajo? —Adaptándome. Nada difícil —contestó Jonas. —¿Pan comido? Deje que lleguen pedidos fuertes y ya me contará si sigue siendo “nada difícil”. —Dicho esto, sonrió cortés y educado—. Que disfruten la fiesta. —Gracias. Él se marchó con un caminar elegante y confiado. Cassie miró todo el lugar y buscó algún bar, un camarero o lo que apareciera primero con bebidas. Necesitaba alcohol. Necesitaba esa confianza que profesaban los demás cuando bebían. «Eso suena como un plan». —¿No quieres algo de beber? —le cuestionó a Jonas y simuló que buscaba algo en su minúscula cartera. —Ya que lo mencionas… —Alivió el ceño fruncido que le ocasionó Frédéric Bourn. —Tráeme un whisky escocés en las rocas con solo dos cubos de hielo. —Le sonrió y trató de mostrar que su nerviosismo era innecesario. —Chica fuerte —murmuró antes de ir directo a una pequeña barra estacionada a pocos pasos de ellos. De pronto, una mano se posó en la cintura de Cassie. Ella brincó espantada, pues no le quitó la vista al único hombre de la sala que podía ser tan… —Amor de mi vida. Cassie abrió los ojos espantada. No podía tener peor suerte. Jason James. Vestido de traje y corbata con zapatos lustrosos negros y camisa blanca impecable. Su cabello rubio seguía brillando como la primera vez que Cassie lo vio en tercer grado. Se alejó un paso y encaró al hombre que tanto daño le causó. Sintió una ira muy fuerte, pero se obligó a controlarse, ya que su carrera debía ser más importante. Rodeada de personas que la creían más fuerte que una pared, no debía dejarse llevar por las emociones. No podía. —¿Qué demonios haces tú aquí? —Sus palabras fueron duras, pero en voz baja solo para que él las escuchara. —Es un pueblo pequeño, Cas, es justo que coincidamos en algunos eventos sociales. Con una calma que causó un desquicio en Cassie, Jason miró al hombre que se acercaba a ellos. Escuchar el diminutivo que él le puso desde hacía tantos años le hizo encoger el corazón de dolor. Él arruinó su relación. Quizá no perfecta, pero se amaban. Ella lo amaba. —Aquí tienes. Creo que podría gustarte el Macallan. —Jonas le extendió el vaso con la bebida. Un silencio incómodo se instauró entre ellos, siendo roto a los pocos segundos por Jason. —Disfruta la fiesta. Te llamo más tarde. —Se acercó con rapidez para estamparle un beso en la mejilla. Ella no tuvo tiempo de alejarse. Con un bufido sonoro, Cassie le dio un largo trago a su bebida. Estaba harta de Jason. Harta de cómo aun habiéndola lastimado podía acelerarle el corazón. —¿Te encuentras bien? —Jonas se acercó más a ella—. No tengo derecho a saber quién era, pero, por lo visto, te incomodó aún más que Bourn. —No te imaginas cuánto me incomoda que respire. La sala estaba ocupada por unas treinta personas trajeadas. Cassie podría a simple vista notar la cantidad de dinero que esos individuos habían gastado y despilfarrado en esa vestimenta; lentejuelas, brillos, seda y cuantas cosas más. La casa estaba pintada de un blanco hueso con dos bares en cada extremo y varios camareros que la transitaban. No había un solo invitado sin algo de beber o comer en las manos. La mansión de Frédéric debía tener al menos seis habitaciones en los dos niveles que lucía con ostento. Sin lugar a dudas, era una casa bien estructurada y decorada. Pero eso no era el estilo de Cassie, que adoraba lo clásico y sencillo. Su amiga de infancia, Kiara, se lo decía siempre que tenía la oportunidad: era una arquitecta rara. —¿Segura que estás bien? —Jonas levantó las cejas y le señaló el vaso vacío que reposaba en su mano izquierda. Un calor infernal comenzó a apoderarse de su cuerpo y se sintió incómoda con el vestido ligero, pues de alguna forma se comenzaba a pegar en sus senos. —Debo ir al baño. —Le sonrió, se disculpó y caminó sin saber adónde se dirigía. Tenía la certeza de que necesitaba estar sola para recomponerse. Jason James no hacía nada ni estaba en los lugares por pura coincidencia. Ella sabía que algo se tramaba y pensaba averiguarlo.
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