El sol apenas empezaba a salir cuando subí al coche con León. Íbamos a visitar la playa donde se construiría el complejo turístico. Aún medio dormida, apoyé la frente contra la ventanilla mientras él conducía con esa calma que siempre tiene, esa seguridad tan distinta al caos que solía ser mi mundo. Cuando llegamos, la brisa salada me acarició la piel. Me quité los zapatos y caminé por la orilla mientras él me mostraba cada rincón del terreno con entusiasmo. Hablaba del proyecto como si fuera algo más que edificios y números. Y de algún modo, eso lo hacía más cercano… más humano. —Aquí pondremos las villas ecológicas —decía—. Y allá un pequeño centro cultural. Me gustaría que tú diseñaras una parte del programa de conservación. —¿Yo? —pregunté, sonriendo sin querer—. Apenas sé por dónde

