El nuevo socio

1383 Palabras
Cuando crucé la puerta de casa, con el rostro aún ardiéndome por la herida, lo primero que vi fue a mi padre. Estaba en el salón, leyendo unos documentos. Al verme, dejó todo a un lado y se puso de pie de inmediato. —¿Qué te ha pasado? —preguntó, alarmado, caminando hacia mí. Tragué saliva. No quería preocuparlo. No quería hablar de lo que había pasado en el aeropuerto ni de las fans de Alexis. —Nada… me caí. —Mentí sin demasiada habilidad. Mi padre no insistió. Me abrazó con fuerza y apoyó su barbilla en mi cabeza. Siempre hacía eso cuando intentaba protegerme del mundo, como cuando era niña y llegaba del colegio llorando. En ese momento bajó Lucas por las escaleras. Al verme, vino hacia mí y me dio un abrazo corto, pero sincero. Su gesto no duró más que unos segundos, aunque en su mirada había preocupación. Y justo detrás de él apareció Verónica. Perfectamente peinada, impecable como siempre. Me lanzó una mirada… de esas que no dicen nada pero juzgan todo. —Qué bueno que estás aquí, Kira —dijo con su voz empalagosa—. Mañana viene a cenar un hombre importante. Papá, ¿le contaste? —Aún no —respondió mi padre, sin dejar de mirarme—. Es un ingeniero y empresario muy reconocido. Viene desde Londres. Está interesado en asociarse conmigo para un proyecto grande. Yo asentí, sin demasiado entusiasmo. —Me da igual, papá —dije con frialdad. Rodrigo suspiró. —No puedes seguir así, Kira. Faltan pocos años para que heredes lo que Liam dejó. Necesitas empezar a involucrarte más en la empresa. Esto es serio. —No me interesa el dinero de Liam —respondí, bajando la mirada—. Nunca me interesó. Él se acercó un poco más, intentando ser paciente. —No es solo el dinero. Es tu legado. Tu apellido. No puedes vivir huyendo del mundo, Kira. —¿Y tú crees que huyo? —le respondí con dureza—. ¿Por qué? ¿Porque no quiero sentarme a cenar con un "gran empresario londinense" mientras me llaman puta en la calle por culpa del idiota de Alexis? El silencio se volvió denso. Verónica se cruzó de brazos y sonrió apenas, disfrutando el espectáculo. —No tienes que decidir nada hoy —dijo mi padre en voz baja—. Pero me gustaría que vengas mañana. Escúchalo, al menos. Puede ser una oportunidad para ti. Y para todos. No respondí. Subí a mi habitación sin mirar atrás. Me dolía el rostro, pero me dolía más el alma. Y lo único que quería era olvidarme de todo... incluso de Alexis. Subí a mi habitación con el corazón hecho un nudo. Quería estar sola. Necesitaba respirar, alejarme del peso de tantas palabras. Al abrir la puerta, lo vi. Max. Acostado en su rincón favorito, con esas orejas caídas y esos ojos que parecían entenderlo todo. En cuanto me vio, se levantó de un salto y corrió hacia mí. Me lanzó las patas encima y empezó a lamerme la cara con fuerza. Me reí entre lágrimas. —Te extrañé tanto, mi niño… —susurré, abrazándolo con fuerza—. Nadie en el mundo me hace sentir tan en casa como tú. Me dejé caer al suelo, abrazándolo, escondiendo el rostro en su pelaje. Por unos segundos, todo el dolor desapareció. Entonces, escuché la puerta abrirse suavemente. —Yo lo cuidé muy bien —dijo Lucas, apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa leve—. Hasta lo dejaba dormir en mi cama, aunque me robaba la almohada. Levanté la vista hacia él, aún abrazando a Max. —Gracias… —dije en voz baja. Lucas entró en la habitación y se sentó junto a nosotros. Acarició a Max detrás de las orejas. —Sabía que volverías… aunque no pensé que sería así —dijo con sinceridad. —Ni yo —murmuré, apoyando la cabeza en mi perro otra vez. —¿Te duele mucho? —preguntó, refiriéndose claramente a la herida en mi rostro. —Un poco. Pero ya pasará —respondí, aunque hablaba más por dentro que por fuera. Nos quedamos en silencio unos instantes. Lucas no dijo nada más. Solo se quedó ahí, acompañándome. Y eso, en ese momento, era todo lo que necesitaba. Al día siguiente no me levanté temprano. Me quedé acostada en mi cama, abrazando a Max, con las cortinas entrecerradas y la cabeza hecha un lío. El golpe en el rostro me dolía menos que lo que sentía en el pecho. De pronto, escuché pasos rápidos por el pasillo… y sin tocar la puerta, Lia entró como si viviera allí. —¡Kiraaa! —gritó mientras se lanzaba sobre mi cama y me envolvía en un abrazo fuerte. —¡Ay! —me quejé un poco por el golpe, pero no pude evitar reírme—. No sabes tocar, ¿verdad? —No cuando sé que mi mejor amiga está encerrada como en novela trágica. —Me miró con esos ojos brillantes que siempre me sacaban una sonrisa—. Te extrañé. —Yo también —le dije, devolviéndole el abrazo—. Me alegra que ya andes con Emi. —No quiero hablar de mí —interrumpió con una sonrisa pícara—. He venido a hablar de ti. —Ese tipo... —dijo al fin—. Alexis es un imbécil, Kira. Uno muy guapo, sí, pero imbécil igual. La miré sin decir nada, con los ojos ligeramente húmedos. —Quiero que vuelvas a ser tú —continuó con firmeza—. La loca que arrastraba a todos a bailar en cualquier lugar, la que se reía hasta de sus tragedias, la que soñaba despierta. Echo de menos a mi amiga. Bajé la mirada. Me dolía oír eso, porque en el fondo... yo también la extrañaba. —Todavía duele —susurré, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real. Lia se acercó y me abrazó por los hombros. —Lo sé. Y está bien que duela. Pero no dejes que ese dolor te apague. No después de todo lo que has pasado. Eres más fuerte de lo que crees. Me aferré a ella unos segundos, sin hablar. A veces no necesitaba consejos, solo que alguien me recordara quién era antes de que me rompieran. —Gracias por venir, Lia. —Siempre voy a venir —me dijo—. Aunque me cierres la puerta en la cara, te voy a saltar por la ventana si hace falta. Reí por primera vez en días. Una risa pequeña, débil... pero era un comienzo. La noche no tardó en caer, y con ella llegaron los invitados. Primero apareció mi tío Sebastián, siempre sonriente, seguido por Emiliano, que saludó a todos con su encanto habitual. En el salón ya estaban mis padres, sentados con esa elegancia natural que parecía obligatoria en cenas como esta. Verónica apareció unos minutos después, vestida con un vestido tan corto que apenas podía sentarse sin cuidado. Supuse que intentaba impresionar al nuevo socio del que tanto hablaban. Qué original. Lucas se quedó cerca de mí, como siempre. Su compañía me daba calma, y más esa noche, donde la tensión parecía flotar en el aire. Lia y Emi estaban a los besos en una esquina, tan metidos en su mundo que parecía que la cena familiar les pasaba por alto. Yo, por mi parte, apenas había tenido energía para arreglarme. Me puse el primer vestido que encontré, uno blanco sencillo, sin detalles. No me maquillé ni me peiné. Ni siquiera lo intenté. Estaba ahí porque debía estar, nada más. Papá desapareció unos minutos y volvió con el nuevo socio. Me giré por cortesía, aunque mi interés era casi nulo... hasta que lo vi. Mi corazón dio un vuelco. —Buenas noches, familia. Él es León Vidal —anunció Rodrigo con su voz firme y complacida. León. Vidal. No podía ser. Lo reconocí de inmediato. Llevaba un traje oscuro perfectamente entallado y caminaba como si el mundo entero le perteneciera. —Encantado de conocerlos —dijo, pero sus ojos estaban fijos en mí. No pude moverme. A penas lo conozco y ya lo odio porque me recuerda a esa maldita noche.
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