LEÓN
La casa de Rodrigo era amplia, elegante, de esas que te hacen pensar que quienes viven dentro no conocen la palabra “límite”. La cena era formal, pero llena de una calidez que no recordaba haber experimentado antes. Me sentía extraño, casi incómodo… tal vez porque yo jamás tuve una familia así.
Mi padre murió cuando yo era muy joven, y mi madre… ni siquiera la conocí. Mi madrastra, sin embargo, fue buena conmigo. Tan buena como alguien puede serlo con el hijo de otra. Pero eso no era lo mismo que crecer en una casa como esta, donde todos hablaban, reían, se abrazaban como si realmente se conocieran.
Rodrigo me presentó a cada uno con el orgullo de un patriarca. Asentí, di la mano, sonreí con cortesía. Pero apenas entré al salón, supe que todo eso era accesorio. Porque ahí estaba ella.
Cabello castaño, piel clara, y unos ojos azules que me dejaron sin aliento por unos segundos. No llevaba una gota de maquillaje, y aun así parecía una maldita muñeca de porcelana. No una cualquiera. Una que, si la tocabas mal, podía romperse. O romperte.
Se sentó al otro extremo de la mesa, con un vestido blanco sencillo. Tenía a un perro echado junto a sus pies, y de forma disimulada, le pasaba pequeños trozos de comida debajo de la mesa. Ese gesto, tan cotidiano, tan real, me desarmó un poco.
Estaba acostumbrado a las mujeres que querían impresionar. A las que hablaban de más, reían de más y vestían como si su vida dependiera de ello. Pero ella… parecía querer desaparecer. Y aún así, era imposible no mirarla.
—León —escuché una voz a mi lado, arrastrada y con cierto tono de coquetería.
Verónica. Sí, la recordaba. Había ido a la empresa hacía unos días y, desde el primer cruce, noté que me observaba con esa mirada de cazadora experimentada. Apenas y habíamos cruzado un par de frases, pero su interés era evidente. Rodrigo me había invitado esa misma tarde a cenar con su familia, y ella había aprovechado la oportunidad como si el evento estuviera montado para ella.
—¿Te está gustando la comida? —preguntó, inclinándose hacia mí, mostrando más escote del necesario.
—Muy buena —respondí con una sonrisa educada.
—Mi esposa cocina delicioso —dijo Rodrigo con una sonrisa orgullosa mientras tomaba la mano de Marina, que le respondió con una sonrisa suave.
—Muchas gracias, cariño —susurró ella, como si ese pequeño gesto fuera una costumbre antigua y silenciosa entre ellos.
Sonreí por cortesía, pero no dije nada. No porque no tuviera palabras, sino porque no podía apartar la vista de Kira. Estaba sentada con el tenedor entre los dedos, empujando distraídamente la comida en el plato, como si comer fuera lo último que le interesara.
—Creo que el invitado quiere comer otra cosa —bromeó Sebastián, soltando una carcajada que rompió la tensión de la mesa.
Algunos se rieron. Yo no.
—Yo no —dije simplemente, con el tono seco que uso cuando quiero desviar el foco.
Pero fue inútil. La atención ya se había posado en mí. O más bien, en ella.
—Es evidente que a León le resulta conocida Kira… —soltó Verónica con una sonrisa venenosa, mientras se acomodaba mejor el escote—.Ella ha salido en los medios. La conocen como la amante de Alex Hoffman, el cantante.
El ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse.
—Verónica —la reprendió Rodrigo, su tono firme, casi decepcionado.
Silencio. Todos bajaron la mirada por unos segundos. Todos, menos ella.
Kira no dijo nada. No alzó la voz, no hizo un gesto, no lanzó una mirada de indignación. Solo levantó la mirada. Unos segundos. Y me miró directo a los ojos.
Fue como si me golpearan el pecho.
No había rabia. No había dolor. Solo una especie de vacío resignado. Como si le hubieran arrancado algo que nunca iba a recuperar.
—Mi hija no es ni fue amante de nadie. Solamente los medios inventan —dijo Rodrigo con firmeza, y por primera vez, dejó de sonreír.
El silencio que siguió fue aún más incómodo. Verónica ladeó la cabeza, sonriendo apenas, como si aún tuviera un as bajo la manga, pero no se atrevió a responderle.
Entonces, con voz suave pero clara, Kira rompió el silencio.
—Estoy cansada. Me iré a dormir.
Todos la miraron. Incluso el perro, que alzó la cabeza cuando ella se puso de pie. Llevaba el vestido blanco, simple, pero en ella parecía un susurro de porcelana. No necesitaba más.
—No has comido —dijo su madre, preocupada, con ese tono que solo una madre usa cuando sabe que algo más grave está ocurriendo.
—No tengo hambre —respondió ella sin siquiera mirar a nadie, y se alejó en silencio, seguida por el perro que parecía entender su pena.
La observé alejarse, y aunque no la conocía más allá de lo que había leído o escuchado en susurros, supe que no era una cualquiera, ni una oportunista, ni mucho menos lo que algunos en esa mesa creían.
Era una mujer que había amado a un hombre que la rompió en pedazos.
Y ahora… no sabía si alguien podría juntar los restos.
[...]
Había llegado temprano a la empresa para reunirme con Rodrigo. Me indicaron que esperara unos minutos antes de pasar a la sala de juntas. Mientras revisaba unos papeles en el pasillo, una figura alta y perfectamente maquillada se plantó frente a mí.
—León —dijo, acercándose sin pedir permiso—. ¿Tienes un minuto?
Asentí sin muchas ganas. Supuse que quería seguir fingiendo cortesías después de la cena.
—Lamento lo de anoche —comenzó, con esa sonrisa plástica que no le llegaba a los ojos—. Que mi hermana haya arruinado nuestra cena.
—No lo arruinó nadie —respondí sin rodeos.
Ella rio suavemente, dando un paso más cerca.
—Vamos... se notó cómo la mirabas. Solo te advierto algo: no te dejes engañar por esa carita de muñeca triste. Kira no es lo que aparenta.
Fruncí el ceño, pero no dije nada. Ella siguió, animada por mi silencio.
—¿Sabes? Le encanta seducir, hacerse la inocente. Pero no es virgen, ni de lejos. Ha tenido varios amantes… y tú, si decides ser uno más, estarás muy lejos de ser el primero.
Hablaba con tanta malicia que me incomodó. Estaba claro que había resentimiento allí… pero también celos disfrazados de superioridad.
—Kira es de esas chicas que se hacen las frágiles para atraparte —continuó—. Pero en el fondo, solo busca atención. Siempre fue así. Si la quieres para una noche, perfecto, caerá fácil. Pero si buscas algo serio… será mejor que mires en otra dirección.
La miré fijamente, por un instante dudando si valía la pena responder.
—¿Terminaste? —pregunté con frialdad.
—Solo intento ayudarte —respondió ella, encogiéndose de hombros—. No digas que no te lo advertí.
Se dio media vuelta, caminando con elegancia hacia su oficina como si acabara de hacerme un favor.