El error de León.

1474 Palabras
KIRA A veces, cuando todo duele, solo bailar me salva. Decidí ir a la academia esa mañana, necesitaba sentir mi cuerpo moverse, perderme en la música, dejar que cada giro me arrancara el dolor del pecho. Giraba y giraba, entre puntas, con los ojos cerrados. Solo el eco de mis pasos y mi respiración acompasada. Por un instante, no era la chica rota de los titulares, ni la decepcionada hija del empresario. Solo era yo. Solo Kira. Después de la clase, mientras me duchaba en los vestidores, el móvil vibró. Era papá. —Necesito que vengas a la empresa. Tenemos algo que hablar —dijo con tono firme, pero no molesto. No tenía muchas ganas, pero me vestí rápido y tomé un taxi. El cabello aún estaba húmedo cuando llegué. Crucé la recepción como si no existiera, con mis auriculares puestos y la mirada baja. Pero al entrar en su oficina… lo vi. León Vidal. De pie junto a papá, con ese porte elegante y esa mirada que parecía estudiarlo todo. Llevaba una camisa celeste arremangada y una chaqueta gris, casual pero impecable. —Kira —dijo mi padre, alzando la voz—, justo a tiempo. Quiero que escuches esto. León me dedicó una leve sonrisa y comenzó a hablar con calma, pero con esa seguridad que sólo tienen los hombres que están acostumbrados a ser escuchados. —Estoy desarrollando un proyecto turístico sustentable en la zona de Playa Brisa Serena —dijo—. Queremos construir un centro ecológico que promueva el turismo sin dañar el ecosistema. Cabañas autosustentables, energía solar, áreas protegidas. Nada de grandes hoteles que destruyen todo a su paso. Asentí, en silencio. No sonaba mal. De hecho… sonaba bonito. Pero no entendía qué tenía que ver conmigo. —Quiero que Kira participe —agregó papá, sonriendo con orgullo—. Sería una excelente oportunidad para que te involucres más en la empresa, ahora que ya eres mayor. Abrí la boca, sorprendida. —¿Yo? ¿Trabajar en eso? Papá, no sé nada de proyectos… León intervino, con un tono más suave: —Por eso mismo. Yo puedo enseñarte. Estás estudiando administración, ¿no? Esto sería como un laboratorio real, una práctica en campo. No estaría mal empezar con algo que tenga alma. Me crucé de brazos, incómoda. Quería decir que no, que no tenía cabeza para nada. Pero por primera vez en días… sentí curiosidad. —Lo pensaré —dije finalmente. Mi padre sonrió. León también. —Cenemos esta noche— propuso con esa voz grave y pausada—. Así te explico mejor todos los detalles. Me enderecé, apretando las correas del bolso. —Estoy ocupada —respondí sin pensarlo, quizá con demasiada brusquedad. El silencio se volvió denso. León alzó una ceja, sin perder la cortesía, pero papá frunció el ceño de inmediato. —Kira, no seas descortés —dijo Rodrigo, su tono cargado de advertencia—. El señor Vidal ha venido desde Londres para hablar con la familia Montesinos. Lo mínimo es que lo escuches. —Papá, acabo de salir de la academia, estoy cansada… —Entonces descansarás después —cortó él, apoyando las manos sobre el escritorio—. Esta cena no es opcional. Quiero que participes en la empresa y empieces a asumir responsabilidades. Y empieza por hoy. León se limitó a observar la escena; sus ojos grises captaban cada gesto, pero se mantuvo respetuoso. Tragué saliva y asentí, sintiendo ese viejo nudo en la garganta. —Bien —dije finalmente—. ¿A qué hora? —A las ocho, en el restaurante de la terraza del hotel Brisamar —contestó León. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios—. Te enviaré el dossier preliminar para que lo tengas a mano. —Perfecto —Rodrigo dio por zanjado el asunto y me dedicó una última mirada—. Y por favor, llega puntual No tardó en llegar la noche. Me puse un vestido sencillo, en tono azul cielo. No tenía ganas de arreglarme demasiado, pero algo en mí quería verme presentable… o tal vez era solo el orgullo de no lucir como una niña obligada a salir con alguien por capricho de su padre. Dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas suaves sobre los hombros, y me apliqué apenas un poco de brillo en los labios. El chófer me estaba esperando. Durante todo el trayecto al restaurante del Brisamar, miré por la ventana sin prestar atención al camino. Cuando llegamos, respiré hondo antes de bajar del coche. Y ahí estaba él. León Vidal se alzó de su asiento apenas me vio, vestido de manera impecable con un traje gris oscuro sin corbata. El dorado de su cabello capturaba las luces tenues del restaurante, y sus ojos marrones —más oscuros de lo que recordaba— se posaron en mí como si ya supiera lo que yo estaba pensando. —Estás preciosa —dijo con esa seguridad tan suya. Me saludó con un beso en la mejilla que fue breve pero firme, y luego me ayudó a tomar asiento. —Gracias —respondí con una pequeña sonrisa educada. Nos sentamos en una mesa apartada, junto a la terraza que daba al mar. Las velas encendidas creaban un ambiente casi íntimo… demasiado para una reunión de negocios. Yo no podía evitar mirar alrededor con cierta inquietud, esperando que ninguna fanática con el teléfono en mano apareciera gritando cosas absurdas. Desde que salí en las portadas junto a Alexis, cada vez que me reconocían, todo se volvía incómodo. No quería más escenas públicas. León pareció notarlo. Ladeó la cabeza con interés. —¿Buscas a alguien? —preguntó con una sonrisa tranquila. —Solo me aseguro de que no haya ninguna loca cerca —respondí con ironía, clavando los ojos en la carta como si me importara el menú. —¿Locas por ti o por mí? Alcé la mirada lentamente. Él me sonreía, sin arrogancia, con un humor sutil. Tenía ese aire de hombre que ya lo ha visto todo y no necesita impresionar a nadie. —Por mí, normalmente —respondí—. Pero en tu caso, no me sorprendería que tuvieras tu propio club de fans. León soltó una pequeña risa, grave y elegante. —Tranquila. Esta noche solo soy un empresario con hambre... y una propuesta interesante. Durante la cena, él hablaba casi todo el tiempo. León se sumergía en los detalles del proyecto con una pasión que me sorprendía. Hablaba de sostenibilidad, de arquitectura armónica con el entorno, de su deseo de crear algo que no solo generara ingresos, sino que también respetara la playa un rincón paradisíaco al que él había viajado varias veces. Yo asentía mientras comía lentamente. Estaba rica la comida, no lo voy a negar, pero mi mente seguía algo dispersa. —Me encantaría que participes —dijo con una sonrisa tranquila—. Tu perspectiva fresca puede aportar mucho. —Gracias, pero no sé si eso sea para mí —respondí sin comprometerme, girando el tenedor entre los dedos. Entonces su tono cambió. —Pero basta de trabajo… ahora quiero saber más de ti —añadió, dejando los cubiertos sobre la mesa—. ¿Quién es Kira Montesinos cuando no está bajo la lupa de los medios? Fruncí ligeramente el ceño. —No hablaré del puente, ni de mi ex, ni de nada de eso —dije con firmeza, apoyando los codos en la mesa. Mi tono no admitía objeción. Él sonrió de lado y se inclinó hacia mí, bajando la voz. —Lo último que quiero es hablar de tu ex… —dijo. Y entonces lo hizo. Se acercó demasiado. Fue rápido, como si creyera que tenía derecho. Se inclinó hacia mí e intentó besarme. Me congelé por una fracción de segundo… y luego reaccioné. Tomé mi copa de vino y se la lancé encima. El líquido rojo manchó su camisa clara y parte de su saco. La gente de las mesas cercanas volteó a mirar. No me importó. —¡¿Qué te pasa?! Apenas te conozco. ¿Cómo te atreves? —le solté con el corazón latiéndome a mil por hora. Él parpadeó, claramente sorprendido, pero enseguida volvió a sonreír, como si le divirtiera todo esto. —No quise incomodarte, Kira… de verdad. Pero me gustas. Mucho —dijo con voz baja, con ese tono grave que parecía no tomarse nada en serio. Me reí. No de forma amable, sino con sarcasmo. —Claro… te gusto. Como les gusto a todos. Me ves y ya crees que soy fácil, ¿no? Igual que los demás. Él me sostuvo la mirada, más serio esta vez. Yo me levanté. —No soy ese tipo de chica, León. Y si eso viniste a buscar, será mejor que le propongas tu proyecto a otra. Y me marché del restaurante sin mirar atrás.
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