Llegué a casa completamente molesta. Cerré la puerta de un portazo y caminé directo hacia la sala, donde mis padres estaban sentados. Papá revisaba unos papeles y mamá tomaba té con tranquilidad. Al verme entrar, ambos alzaron la mirada.
—¿Y cómo fue la cena? —preguntó papá con curiosidad.
—Un desastre —solté de golpe, tirando el bolso sobre el sofá—. ¡Intentó besarme! ¡Apenas lo conozco y se lanzó como si yo fuera un trofeo más!
Papá soltó una carcajada que me hizo hervir aún más la sangre.
—¡Rodrigo, por favor! —lo reprendió mamá con una ceja alzada.
—Ay, Marina, vamos… —dijo él, sonriendo todavía—. Es evidente que le gustas. Deberías darle una oportunidad, Kira. El chico es buen mozo, y se ve que está interesado en ti.
—¿Eso justifica que se me lance sin más? —pregunté, cruzándome de brazos.
—No, claro que no —intervino mamá con su tono calmo—. Y tampoco tienes que hacer nada que no quieras, Kira. Si necesitas tiempo, tómalo. Nadie espera que salgas corriendo a una nueva relación.
—Gracias, mamá —dije, mirándola con alivio.
—Solo digo —añadió papá, encogiéndose de hombros—, que no todos los días viene un empresario exitoso y guapo a invitarte a cenar. Puede que se haya apresurado, sí, pero tampoco lo crucifiques de por vida.
—Papá…
—Mira, no digo que te cases con él mañana —añadió, con una sonrisa—. Solo que lo observes con otros ojos. Tal vez no es tan tonto como pareció esta noche.
Mamá me miró con dulzura.
—Haz lo que sientas. Pero no te cierres por completo al mundo, hija.
Asentí en silencio. Todavía estaba furiosa, pero una parte de mí sabía que no era solo por León. Era por todo lo que venía arrastrando desde hacía tiempo.
Al día siguiente, fui al centro comercial con Lia. Queríamos distraernos un poco, comprar algunas cosas y ponernos al día. Recorrimos varias tiendas, probándonos ropa que probablemente no necesitábamos, y luego decidimos almorzar unas hamburguesas en un local tranquilo.
Mientras masticaba una patata frita, vi que Lia alzaba la mirada de forma sospechosa. No tardé en entender por qué.
—Uy, olvidé algo en una tienda... regreso en un ratito —dijo con una sonrisa forzada, levantándose con rapidez.
Fruncí el ceño, pero antes de poder decir algo, sentí una sombra cerca de la mesa. Alcé la mirada y ahí estaba él: León Vidal.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con evidente molestia.
—Tu padre me dijo que estarías por aquí —respondió, un tanto incómodo—. No quería molestarte, solo... quería disculparme por lo de anoche. Me equivoqué, lo sé.
Suspiré, dejando la hamburguesa a medio comer.
—No fue solo un error, León. Apenas nos conocemos y tú...
—Lo sé —me interrumpió con sinceridad—. De verdad quiero conocerte, Kira. No como un capricho ni como un juego. Pero también entiendo si no estás lista.
—Mi relación anterior fue un desastre —dije con franqueza, bajando la mirada—. No estoy preparada para todo esto, no ahora.
Él asintió despacio, con una expresión más suave en el rostro.
—Solo quiero que sepas que no pienso presionarte. Si algún día decides que quieres conocerme tú a mí... estaré aquí.
En ese momento, justo cuando pensaba que el caos emocional ya era suficiente por un día, una chica que no había visto nunca antes se acercó con paso apresurado. Llevaba una camiseta con la cara de Alexis estampada y el móvil en alto, como si estuviera grabando desde hacía rato.
—¡Eres una puta! ¡Estás engañando a Alexis y todos lo sabemos! —gritó, señalándome con el dedo. Su voz era aguda, cargada de rabia.
Los comensales comenzaron a voltear la mirada hacia nosotras. Algunos ya habían sacado sus teléfonos. Yo me quedé helada, sintiendo cómo todo el mundo me observaba como si fuera un espectáculo más.
—¿Perdón? —alcancé a decir, sin poder creer que eso estuviera pasando otra vez.
—¡No finjas! ¡Sales con él, luego con otro, y ahora te paseas como si nada con ese rubio al lado! —vociferó señalando a León—. ¡Eres una falsa!
León se puso de pie de inmediato y se interpuso entre nosotras con gesto serio, su presencia bastó para imponer un silencio inmediato.
—Basta —dijo con voz firme y cortante—. No tienes ningún derecho a hablarle así. No tienes idea de lo que estás diciendo.
—¡Sí tengo! ¡Todos saben quién es! ¡Se hace la víctima y después se acuesta con cualquiera!
—Vete —ordenó León con calma peligrosa—. Ahora. Antes de que te metas en problemas reales.
La chica retrocedió un poco, dudando, y terminó por dar media vuelta. Pero no sin antes lanzar una última amenaza:
—Esto no va a quedar así, la gente tiene que saber quién es realmente esa "Kira perfecta".
Cuando se marchó, todos volvieron lentamente a lo suyo, aunque algunos seguían cuchicheando.
Me quedé sentada en silencio, con la mandíbula apretada. No era solo vergüenza. Era rabia.
—¿Estás bien? —me preguntó León, volviendo a sentarse frente a mí.
Asentí apenas.
—Gracias por defenderme.
León nos llevó en su coche a Lía y a mí. Yo iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana sin prestar demasiada atención al paisaje. Estaba exhausta. No solo físicamente… emocionalmente. Cansada de todo esto, de los chismes, de las cámaras, de los gritos, de la presión constante. Quería desaparecer.
—Están locas… —dijo Lía desde el asiento trasero, rompiendo el silencio—. Algunas dicen que eres la amante y que te alejes de Alex, y otras que le estás siendo infiel a Alexis. ¡Ni siquiera se ponen de acuerdo!
Solté un suspiro largo.
—Ya no me importa lo que digan —dije en voz baja, sin apartar la mirada del cristal empañado.
—Voy a contratar escoltas para ti —intervino León de pronto, con tono firme.
Me giré hacia él de inmediato.
—No. Yo no necesito escoltas.
Él apretó un poco el volante, sin mirarme.
—Kira, una de esas niñas locas puede hacerte daño. Esto ya no es solo un juego de r************* . Hoy fue una más, mañana podría ser algo peor. No voy a permitir que te pase nada.
Me quedé callada. Quería negarme, quería decirle que podía con esto… pero lo cierto es que cada vez sentía que el suelo bajo mis pies era más inestable.
—Solo piénsalo —añadió él, más suave esta vez.
Volví a mirar por la ventana.
Y no dije nada.