Capítulo 1
Soy Fabrizio Giordano, CEO de Giordano Industries y único y absoluto heredero de todo el patrimonio de la familia Giordano.
Eso no estaba en discusión, al menos para mí, después de que dedicara toda mi vida a ello.
Mi padre me decía, desde que era un chiquillo, que todo lo que me rodeaba era mío. Que el mundo en el que vivía era mío. Lo tuve claro desde el principio.
Después, mientras crecía, aprendí a tomar todo aquello que quería para mí y también a obtener todo aquello que deseaba.
La ambición me llevó al éxito.
Pero no fue fácil. Tampoco me lo enseñaron así.
Dediqué cada momento de mi vida y el esfuerzo de mi trabajo a fortalecer y llevar a la gloria aquello que ya consideraba de mi propiedad.
Fui exactamente lo que la empresa de mi familia necesitaba desde el primer día en que puse un pie dentro de ella. Le he dado todo de mí, dedicando días y noches con tal de verla crecer.
Ese ha sido mi exclusivo propósito.
No quería más, no necesitaba más. Pero el señor Gonzalo Giordano cree que no es suficiente.
Mi abuelo, un anciano senil de noventa y dos años, que ya no pude pararse ni para ir a mear y que por puro milagro se acuerda de su propio nombre, se niega a firmar el testamento en el que transfiere a mi poder todo lo que me pertenece desde el día en que nací.
Mis padres murieron y de los Giordano solo quedo yo. Se lo he explicado de todas las formas posibles, pero insiste en que primero debo cumplir con todos los requisitos que él ha determinado, ahora que ha perdido la mayor parte de los tornillos de sus engranajes cerebrales.
Aún me palpitaba la sien con el recuerdo de su discusión de esta mañana. Y digo “su discusión” porque yo no me atrevo a pronunciar palabra alguna. Demasiado majadero sería de mi parte y demasiado riesgoso si el viejo terminara por cumplir sus amenazas en un ataque de cólera, que también podría desembocar en un paro cardiaco.
No, yo me quedo callado e ignoro su perorata, aunque en el fondo lo maldigo a él y a todos sus antepasados.
Apareció en su silla de ruedas, conducido por Mérida, su enfermera, y desde el primer instante ha puesto sus ojos demandantes en mí, que pretendía tomar mi primer café mientras revisaba las noticias en la tableta.
—Anoche llamó Lucrecia —empezó y yo me lo vi venir—, dice que Dionisio tiene una novia preciosa. ¿Cuándo vas a tener una novia tú, Fabrizio?
Aquella cantaleta había empezado desde hacía dos años, cuando cumplí los treinta, y él se empecinó en que necesitaba sentar cabeza.
Moví el dedo por la pantalla de mi tableta, ignorando sus palabras y eso solo lo alentó a continuar.
—Dionisio es un chico excelente, es educado y piensa en su futuro. ¿Por qué no eres como él? ¿Por qué no me haces caso? ¡Mírame cuando te hablo! —su voz de anciano tembló por el enojo—. Deberías ser más considerado, yo no podría dejarle mi herencia a un chiquillo malcriado como tú.
Y a partir de ahí no se calló, habló y habló sobre su herencia y lo poco que yo la merecía.
Lucrecia era su sobrina y Dionisio el hijo de esta, así que el sujeto en cuestión era mi primo en tercer grado, o algo así. Ni siquiera tenían el apellido Giordano, pero según mi abuelo, sería él quien heredaría todo si yo no cumplía con sus propósitos.
¿Y cuál era su exigencia principal? Que me casara para formar una familia.
Me fui a trabajar más temprano de lo esperado ese día, a pesar de que a diario llegaba una o dos horas antes que todo el mundo.
La empresa de mi familia era mi vida, lo único que me importaba y en lo que ponía todo mi esfuerzo y mi tiempo. No era justo que, porque no me interesara sentar cabeza, mi abuelo pretendiera apartarme de aquello que me pertenecía.
Y no era que no me interesaran las mujeres, pero nunca había tenido una relación formal y no pensaba iniciar con una solo porque mi abuelo estuviera en su respectiva etapa de berrinches de la cuarta edad.
Me gustaba follar y ya, pero del amor, de eso no quería saber nada después del maldito ejemplo que había tenido de mis padres y luego de mi padre y mi madrastra.
No. Eso se lo dejaba a los hombres blandos, a los mandilones y a los desgraciados. Yo no lo sería nunca.
Estaba convencido de ello, como que me llamaba Fabrizio Giordano.
Masajeé mi sien otra vez y al levantar la cabeza de la pantalla que tenía enfrente, me di cuenta de que era de noche.
El tiempo se me pasaba en la oficina y por momentos olvidaba que en cualquier instante mi abuelo me daría el último susto y se iría dejándome en una batalla legal por lo mío.
No quería que aquello sucediera y debía encontrar una manera para que el viejo firmara.
—¿Vienes, Fabrizio?
Miré hacia la puerta y ahí estaba Eric, mi mejor amigo y la persona en la que más confiaba, por eso era el director de operaciones de mi empresa.
Había olvidado que era el cumpleaños de Dorian, mi segundo mejor amigo, representante legal de mi empresa y también mi asesor y abogado personal.
Yo no acostumbraba a salir de fiesta, pero no podía negarme cuando se trataba de una fecha especial. Prefería beberme mis tragos en la oficina, o en mi biblioteca, en la mansión, ahí donde pudiera pensar en el siguiente paso que daría hacia el éxito.
—Dame un segundo —respondí, porque necesitaba despejarme y lavarme la cara.
Veinte minutos después, cuando ya habíamos entrado en el Paradis, un opulento club nocturno donde se ofrecían espectáculos en vivo de todo tipo, aún me dolía la cabeza. No podía fumar en el interior, así que pedí un trago fuerte, un whiskey seco, para tratar de relajarme rápidamente.
No tenía mucho interés, pero al parecer, veríamos el show principal de la noche y luego pasaríamos a un reservado, donde muy posiblemente un par de putas bailarían para nosotros en honor al cumpleaños de mi amigo.
Me llevaron el trago y yo observé el ambiente. Estábamos en una mesa bastante exclusiva, con vistas directas hacia el escenario principal del área. Toda la gente ahí pertenecía a un estatus social significativo, se notaba en sus ropas, en las joyas de las mujeres y en las tarjetas de crédito que los hombres ofrecían para pagar las cuentas.
Las luces bajaron más la intensidad en aquel lugar donde predominaba el neón, y una luz muy brillante se encendió, enfocando un tubo de pole dance y la silueta de una mujer aún en las sombras.
La música estalló y entonces la vi.