Capítulo 5

940 Palabras
No podía más. La noche anterior había estado con Isabella, una de mis amantes más antiguas, y la anterior con Brianna, una periodista que conocí por Dorian y con la que me había acostado dos o tres veces. Ellas eran hermosas, glamurosas y refinadas, tal y como me gustaba que una mujer fuera, pero no pude satisfacerme. Caminé de lado a lado en mi biblioteca mientras fumaba un habano. No podía dejar de pensar en ella, ni podía aplacar mi deseo. Todas las veces que me corrí, lo hice pensando en su cuerpo, pero al abrir los ojos y descubrir la realidad, todo se transformaba en frustración absoluta. Había sido una semana en la que no pude concentrarme y eso me volvía loco. Necesitaba terminar con esa situación vergonzosa y encargarme de mis asuntos con tranquilidad. Pensé en llamar a Caroline, ella siempre había sabido satisfacerme, pero lo evalué de nuevo, porque la última vez que estuvimos juntos, tuvo el atrevimiento de sugerir una relación de pareja. No debió hacerlo nunca porque eso acabó con cualquier posibilidad de que nos siguiéramos viendo. La descarté y continué en la búsqueda de alguien que me quitara el calentón que tenía desde el día en que vi a Afrodita. Me serví un trago y pensé en la posibilidad de buscar a una mujer nueva, una que fuera un misterio para mí, al menos por una noche, y que lograra que me deshiciera de esa obsesión absurda que no tenía razón de ser. Empujé la bebida de un solo trago y le di una última calada a mi habano antes de salir de la biblioteca, dispuesto, otra vez, a acabar con mi problema. Conduje mi Aston Martin por la autopista desierta, era casi medianoche y era miércoles, así que la mayoría de los buenos ciudadanos estaban descansando en sus hogares. No sabía ni siquiera hacia donde iba y tampoco sabía si aún conservaba el objetivo de encontrar a una mujer en la cual volcar mis deseos. Divagué en mis pensamientos mientras presionaba lo suficiente el acelerador. Ella volvía una y otra vez a colarse en mi mente, y pronto, sin siquiera cuestionarme, estaba ofreciendo mis llaves al valet del Paradis. No tenía un reservado, pero me conformaba con un espacio en la barra o una mesa en la esquina. Ahora mi objetivo era claro: verla, de una u otra manera. Pedí un trago, y otro y otro más. La busqué con la mirada desde la barra, traté de encontrarla en los catálogos que me ofrecieron, intenté averiguar si entretenía a alguien en algún reservado, pero ella no apareció y nadie me dio razón de su existencia. Más frustrado que nunca y maldiciendo mi propio nombre me largué del lugar. Pero regresé al siguiente día, incapaz de contenerme, más temprano y más desquiciado. No podía reconocerme a mí mismo cuando interrogué a la chica que atendía la barra esa noche. —Tal vez te refieres a Olivia —dijo por encima de la música mientras preparaba dos martinis. —¿Olivia? —pregunté, saboreando el placer de tener un indicio que me acercara a ella. —Sí, Olivia. Ella es la mejor con el tubo, tiene un talento nato que desconocíamos. Tenía que ser ella. Olivia. Me sorprendió mucho su nombre. No sabía lo que esperaba, pero ciertamente no un nombre tan sofisticado como ese. —¿Está aquí esta noche? —pregunté con un gesto estoico que pretendía esconder la intensidad de mi interés. —¡Oh, no! Ya se ha ido. Solo se queda los viernes. Si quieres ver su show, ven mañana. Con eso tuve suficiente. Apuré mi trago y dejé una propina cuantiosa junto al vaso. Reservé, muy temprano en la mañana, la misma mesa en la que estuve la semana pasada. No quería que nadie más que yo la ocupara. Iría solo, porque no deseaba que mis amigos conocieran de mi testaruda obsesión. Solo necesitaba un poco más, verla otra vez, saciarme de ella y luego olvidarla. Llegué al Paradis a una hora prudente para que mi objetivo principal no se viera tan evidente. Ocupé la barra otra vez y pasé el tiempo entre tragos y algunas conversaciones de tipos que comentaban sobre el ambiente y la calidad de las acompañantes que ahí se conseguían. Disculpándome con uno de esos, pasé a mi mesa y pedí que me llevaran una botella de Whiskey, antes de que comenzara el show de Afrodita. Olivia. Pronuncié su nombre en mi mente cuando las luces bajaron de intensidad, y mi corazón se aceleró cuando el reflector iluminó la barra. Ella estaba ahí, lo sabía, mi cuerpo lo sabía, mi polla lo sabía y se endureció ante mi expectativa. El sonido de una canción lenta y sensual comenzó y creí que iba a correrme al verla salir y comenzar a bailar. Olivia, ¿acaso querías acabar conmigo? La miré, ella me miró… me miró… solo a mí. ¡Oh, maldita sea! Lo único que quería era tenerla y poseerla de todas las formas posibles. Cuando salí del Paradis, lo supe. Supe que no me bastaría con esa noche. Estaba perdido y lo reconocía, lo aceptaba al fin y, al llegar a mi casa, ni siquiera salí del auto. Abrí mi pantalón, saqué mi duro pene y me masturbé con ansias. Mi mano iba arriba y abajo una y otra vez mientras gemía sin control, pensando en los movimientos de su cuerpo. Imaginé que era ella la que apretaba mi v***a y gruñí su nombre cuando me derramé. Chorros y chorros de semen, mi cuerpo tembló, jadeé, repetí su nombre. Olivia. ¡Qué gusto dejarse ir!
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