Era viernes de nuevo, el tercero desde que empecé mi show. Llegué a mi oficina después del mediodía, porque los días que bailaba tenía autorizado a llegar tarde, para que pudiera descansar como era preciso antes de mi actuación.
Ya no tenía nervios y las expectativas de una nueva noche le daban a mi cuerpo cierta dosis de adrenalina que nunca antes había sentido.
Esperaba verlo de nuevo.
Pero antes de que pudiera acomodarme en mi escritorio de jefa del departamento de administración, Pierre entró sin siquiera llamar a la puerta. Sudaba y se aflojaba la corbata nerviosamente.
—Olivia, necesito hablar contigo —dijo con su acento francés. Yo le observaba, aún de pie, azorada por su entrada repentina.
—¿Qué pasa? —pregunté alarmada.
—Siéntate, perdona mi intromisión irrespetuosa —se disculpó, volvió a aflojarse la corbata y caminó nerviosamente de izquierda a derecha frente a mi escritorio. Sentía que me estaba alterando mientras me sentaba tensa y lentamente en mi silla giratoria.
—Dime —lo alenté, con la espalda recta y echada hacia adelante. No sabía qué esperar.
—Un cliente ha llamado esta mañana a mi despacho —empezó y yo fruncí el ceño—. Quería reservar en el Premium VIP…
Con cada palabra entendía menos, porque, ¿qué tenía que ver eso conmigo?
Sabía lo que pasaba en esas salas. Eran absolutamente privadas, destinadas para aquellos clientes que deseaban satisfacer sus más oscuras fantasías. No había cámaras, aunque se contaba con medios de seguridad para nuestro personal, pero era el cliente el que decidía lo que quería, dependiendo de su capacidad de pago.
—¿Y qué ha pasado? —pregunté cuando él se quedó en silencio. Pensé que había ocurrido un problema que competía con nuestro departamento y se había generado una pérdida económica.
—Quería reservar… —sudaba a chorros y parecía que la corbata lo ahorcaba— exclusivamente contigo.
Inmediatamente, sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro y luego volvía a subir, caliente, hirviente.
—¡No! —dije con contundencia—. No haré un privado por nada del mundo, Pierre.
—O- Olivia… —tartamudeó más nervioso aún.
—He dicho que no. Esto no está en nuestro acuerdo y yo no…
—No harás nada que tú no quieras, Olivia. Te lo garantizo —él continuó—. Habrá restricciones para el cliente y sabes que puedes…
—No soy una profesional —negué, sabiendo que si aquel cliente quería echar mano, me sería difícil no responder con un bofetón y empezar a gritar por auxilio.
Me sentía furiosa ante la propuesta de Pierre.
—Olivia, nena… las ganancias… te daré un porcentaje significativo…
—He dicho que no, Pierre. Soy tu jodida administradora y si acepté bailar un día a la semana, fue porque necesitaba el dinero. No conviertas esto en algo que no es.
—Es un pez gordo, Olivia. Últimamente es un cliente asiduo y una negativa…
—¿Gordo? —cuestioné, absolutamente indignada.
Me imaginaba a un asqueroso tipo gordo, mal oliente y baboso que se manoseaba su minúsculo pene mientras me miraba bailar. Quería vomitar.
—No, no —se apresuró Pierre a explicar el común apelativo que se usaba para los hombres con mucho dinero, pero que mi mente retorcida se había empeñado en distorsionar—. Vino hace un momento, Olivia, quería insistir personalmente. Lo he visto y te puedo asegurar que se ve como un hombre respetable.
—¡He dicho que no, Pierre! —repetí, completamente convencida de mi decisión—. Y no quiero otra propuesta como esta, o me veré obligada a renunciar a nuestro trato.
Me dolía aquello, una porque no podía permitirme perder el dinero que con eso estaba ganando, y también, porque había descubierto que de verdad me gustaba lo que hacía.
—Cien por ciento del pago de hoy —Pierre sacó sus últimas cartas—. Cincuenta por ciento del pago si el cliente reserva contigo de nuevo. Cinco por ciento más al pago de tu show.
Abrí la boca como un pez fuera del agua.
Lo miré directo a sus ojos azules, empotrados en su rojiza y regordeta cara de hombre bonachón.
—¡No! —dije después de contemplar mis opciones.
Aquella palabra me dolió en el alma, porque era una jugosa propuesta. Sin embargo, me conocía y sabía que no podría lidiar con una situación fuera de control.
No era Nati, ni había acumulado la experiencia necesaria para tener el carácter de decir que no.
Pierre puso cara de circunstancias y al fin pudo aflojar lo suficiente la corbata para que no le constriñera la garganta.
—Es que hay un problema, Oliva —dijo sin mirarme—. No he podido decirle que no a Fabrizio Giordano.
La garganta se me secó.
—¿Qué? —grazné estupefacta. El cuerpo entero se me heló y la imagen de mi adorado dios, o mi jinete del apocalipsis, me llegó a la mente, distorsionada por todas las veces que había fantaseado con que me follaba.
—Verás, el sujeto es terriblemente persuasivo… yo, Oliva… no quiero que tú….—empezó a divagar, completamente avergonzado.
—¿Cuánto es el cien por ciento? —pregunté.
Mi v****a ahora había ocupado las funciones de mi cerebro y me obligaba a ver las cosas desde otra perspectiva.
Pierre me miró otra vez, sabiendo que debía aprovechar mi instante de duda.
—Siete mil —soltó—. Eso es lo que Fabrizio Giordano ha pagado por ti esta noche.
Mis ojos se abrieron como platos y dejé de respirar por un instante.
—Pro- Promete que… —balbuceé. Aunque lo había decidido, sentía que los nervios de tenerlo a solas esa noche me revolvían el estómago.
—Solo baile, mi niña —prometió él—. La seguridad estará pendiente de ti todo el tiempo mientras estés adentro. También se lo he dejado claro.
Asentí y no dije nada más.
Pierre salió de mi oficina pareciendo mucho más relajado. Yo apoyé mi espalda en la silla y luego me cubrí el rostro sin poder creérmelo.
Después me quedé pensativa.
¿Había dicho Giordano? ¿Como Giordano Industries?
Había sido mi mayor sueño para las prácticas, pero fui rechazada.