Selene miró fijamente a Ana, y era evidente que no iba a perdonar a la persona que traicionó a la empresa, fuera cual fuera el motivo. —Enrique, llama a la policía —ordenó con firmeza. Al escuchar que Selene llamaría a la policía, toda la sala de reuniones volvió a quedar en completo silencio. Todos miraron a Ana con gestos de desconcierto, compasión y juicio, pero nadie habló por ella. No eran santos, pero tampoco iban a defender a Ana. Sus actos eran imperdonables. —Ana, siempre te consideré una amiga —dijo su compañera más cercana, con la voz quebrada—. Si tenías un problema, podías decirlo y te habríamos ayudado a resolverlo. Pero tú… tú eras parte del equipo, trabajaste duro durante tanto tiempo para desarrollar este proyecto perfecto... ¿No te sientes culpable? Esa compañera, qu

