—Sí, señor, pero por favor, no se enfade más —dijo Jaime con respeto, y se giró para llamar a Lucián. Luego, le hizo un discreto guiño a la sirvienta para que preparara una infusión calmante para Gerardo. Media hora después, Lucián ya estaba de camino tras recibir la primera llamada, pero conducía muy despacio: no quería enfrentarse a Gerardo. Cuando escuchó que su abuelo lo había amenazado, irritado, con echarlo de la familia, no tuvo más opción que acelerar de mala gana. —Abuelo, ¿para qué me buscabas? —¿¡Para qué!? ¡Qué descarado tienes que ser para hacerme esa pregunta! —rugió Gerardo, enfurecido al ver la actitud despreocupada de Lucián, y le arrojó un vaso. —¡Abuelo! —exclamó Lucián, esquivando el vaso y lanzando una mirada de disgusto a su abuelo. —¡No me llames abuelo! ¡Maldi

