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writingcamp + My Crazy Love / Mi Loco Amor

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Descripción

*I want to write steadely through the camp until I finish my first non-fiction story.

La gente le llama loco. Salta, grita y pega. Llora, ríe y hace bromas. Ojalá su enfermedad bastara para que yo lo odiara, para que pudiera anteponer mis prioridades a él, pero no puedo hacerlo. Estoy locamente enamorada de él.

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Peter el asesino
(For English version, please keep scrolling down to the next chapter) ST: Falling in love (Will kill you) - Wrongchilde, Gerard Way  Mis pulmones queman, mi garganta arde y todo en mi mente parece desvanecerse en la confusión. Esto no puede estar pasando. ¿Por qué tiene que ser mi mamá? ¿Por qué está jugando con su propia vida, intentando ayudar a un chico sin remedio con una enfermedad mental? Puedo verla a través de la enrome pantalla LED que rodea el hospital psiquiátrico donde ella trabaja, a más de treinta pisos de altura. Con dificultad, está deslizándose en el límite de una de las vigas exteriores del edificio, tratando de seguir a Peter a través de ella. Aunque tambalea en cada paso, Peter no parece notarla, corriendo como un niño reta su equilibrio en una acera muy delgada. Me abro camino a través de los grupos de gente que no hacen nada además de contener el aliento. ¿Acaso sólo están esperando verlos morir? Reviso las pantallas una vez más antes de entrar al edificio. Policías, doctores, nadie puede detenerme. Mi madre está a punto de morir por culpa de Peter. *** La falta de empatía es la peor de las enfermedades, eso lo supe desde que mi padre murió en un asalto en su camino a la capital. Cuando nuestros vecinos y conocidos nos dieron una mirada llena de lástima, sentí que yo era un verdadero insecto que se restuerce en el suelo, al que todos ven pero nadie está dispuesto ayudar. Sí, yo sólo tenía ocho años, mi madre acababa de dejar su trabaja y mi abuela intentaba destrozar nuestras vidas, pero su ridícula y falsa compasión no iba a traerme a mi padre devuelta, ¿verdad?   Mi madre temía convertir el destino en un castigador que nos odiaba. Por eso, ambas tomamos una decisión: jamás dejaríamos que nos aplastaran con miradas de lástima de nuevo. ¿A quién más teníamos además de nosotras mismas para seguir adelante? Siempre pensé de esa manera, hasta que él apareció.   ***   Giro sobre mi cuerpo y doy play a mi playlist. Siempre he amado la música, cómo la tragedia es comparada con la mayor felicidad, como si ambas fueran parte de una misma cosa, como si los humanos tuvieran la posibilidad de vivir al límite, tenerlo todo o nada. Subo el volúmen y empiezo a cantar en voz alta.   —To tell them how my heart was going crazy. It feels like I got hit by a train.   —Morgan, ¿dónde carajos estás?—escucho a través del eco escaleras abajo. Es la abuela, golpeando el suelo con su bastón como si le diera toda la autoridad que ella necesita: yo soy la menor de edad, es obvio quién debe obedecer sin rechistar. Trato de que no me importe.   —What is happening?—sigo. —Morgan, niña!—rezonga. —He said listen, you fool, you´re falling in love again. —Deja de tontear y traéme de una vez esa etsúpida medicina que el doctor Hans me prescribió. Aprieto mis audífonos contra mis orejas y cierro los ojos. Puedo imaginarme cantando en un concierto abierto, donde estoy brillando más que las estrellas. Todos van a recordarme después de haber escuchado mi fabulosa voz; soy un talento que algún día acabarán descubriendo. —Falling in love, falling in love, falling in love will kill you! —Sigue ignorándome y verás de lo que está hecha Gertrudis Stevens. Ni siquiera podrás recordar tu nombre. Volverás a ser la misma tímida y pequeña niña que yo amaba tanto, oh, mi pobre Mor. Eras tan especial y linda. Me rio. Pensé que la abuela ya estaría dormida en su sofá, pero parece que de verdad ha estado esperando quince minutos mi respuesta. Me abro paso en la habitación de mi madre y me deslizó debajo de  de la cama. Junto a un calcetín tejido está la pequeña botella de medicinas color ambar. Ondeo mi mano  sobre el piso empolvado y finalmente lo atrapo. —Tú sí que eres un caso, Gerty—musito, contando las tabletas placebo una por una. Mi abuela es algo así como una hipocondríaca. Hace dos meses, sospechaba que tenía una enfermedad de la espalda que la obligaría a andar en silla de ruedas por el resto de su vida si se movía demasiado. Aunque le hicimos todos estudios necesarios para detectar cualquier situación, no había nada de qué preocuparse, o al menos eso dijo el médico. A ella no podía importarle menos lo que un medicucho dijera. Desde entonces se ve a sí misma como una débil y frágil mujer que ni siquiera puede subir las escaleras por sus medicinas, aunque hasta hace poco era una maestra de deportes en perfecto estado. Ahora tengo que soportar sus palpitaciones fantasma y la debilidad que, según ella, amenaza su vida cada segundo. Cuando bajo las escaleras la veo desparramada en su sofá con la expresión molesta con la que creo que nació. Le doy sus medicinas. —¿Necesitas algo más? ¿No? ¿De verdad? Entonces voy a la casa de... —Ésta no es—me interrumpe, examinando la pastilla cuidadosamente. —¿Qué? Estoy segura de que recogí las tuyas. Mira, el frasco tiene tu nombre escrito en la etiqueta. Eres tú, Gertrudis Stevens. —¿Lo soy?—me pregunta nerviosamente. Además de la hipocondría, la enfermedad mental de la abuela es bastante impredecible; mamá dijo que podía ser un caso leve e intermitente de esquizofrenia combinada con Alzheimer. Dijo que, en contra de lo que ella siente, es clínicamente saludable y se espera que viva una larga vida, incluso más que mi madre. Lo creo. Puedo recordar que cuando yo tenía diez años, la abuela me hacia sentar en sus piernas mientras realizaba lagartijas perfectas en frente de su clase de natación, que hasta la fecha sigue con ella. Sus muchachos no han podido verla desde que este episodio de hipocondría no le permite levantarse. Lo único que me preocupa es el Alzheimer leve. —Sí, lo eres. —No te creo—Suspiro. Todavía sé qué hacer, y es bastante conveniente para mí. Puedo calcular sus respuestas y sé que tengo tiempo de sobra para hacer de las mías.   —Bueno, entonces, ¿te gustaría acompañarme a comprar un nuevo frasco de medicina? Puedes revisarlo una vez que el doctor te lo entregue directamente en las manos. Supongo que todavía está en su consultorio de la farmacia. —¿Estás loca? No puedo ir tan lejos solo para eso—Echo un vistazo al reloj de la pared. Son las  siete de la noche y estoy segura de que él está esperando por mí. Suspiro. —¿Crees que tus chicos del equipo de natación estarían orgullosos de escuchar a su entrenadora hablar de esta manera? Que ni siquiera te puedes poner de pie, cuando hace un año enviaste a tres chicos a las olimpiadas. —¿Estás intentando chantajear a tu propia abuela? —¿Yo? Oh, no, nunca me atrevería. —Entonces, no me importa qué creas, Morgan. No estoy bien y necesito esas medicinas, entonces, hasta donde sé, deberías pagarme por existir e ir a comprar las medicinas por ti misma. Ve sola y regresa de inmediato. ¡Sí, la tengo!, pienso. Justo lo que quería que me dijera. —Es un trato—respondo alegremente—. Si mamá llega, dile que fui por tus medicinas. —Pero más te vale que vayas por las medicinas y a ningún otro sitio, ¿me oyes, chiquilla? —¡Claro!—respondo, alcanzando mi sudadera rosada del sofá más grande—Cuídate. Me adentro en la fría noche y cierro la puerta detrás de mí. Mi abuela podría seguirme hsta el final del mundo si se lo propusiera, pero no lo hará a causa de su estado mental actual. Me detengo a pensar en que quizás he hecho mal al abusar de ella. Levanto los hombros. No es que vaya a aceptar ayuda psicológica aunque se lo propusiera. Cuando giro a la derecha en la calle, puedo ver mi verdadero destino. La casa de Randy y Thomas, mi única salida. Si dependiera d emi familia, mi vida estaría limitada a la escuela, la abuela y el quéhacer del hogar, pero mis amigos están ahí para mí. Los conocí cuando tenía diez años. Estaba llorando porque Sara, la niña más popular de quinto grado, me había acusado de ser una cotilla porque, según ella, la acusé con los profesores por ser una matona. No pude imaginar que contarle bromas infantiles a los maestros era igual que decirles chismes, pero como Sara no tenía a quién echarle la culpa por ser una verdadera matona, yo tuve que pagar con aislamiento social. Decir que yo la había acusado cuando de hecho todos los maestros sabían que ella era una matona, no tenía ningún sentido, pero el resto de los niños sólo fingieron creerle, quizás porque sabían que ella era más peligrosa que yo y contradecirla era peligroso. Así, todos decidieron evitarme para comer, jugar e incluso platicar. Pero entonces, Randy apareció. Ella siempre estuvo ahí, mirándome detrás de los arbustso de la escuela a una distancia considerable. Incluso si yo no lo notaba, ella estaba ahí. Y un buen día decidió presentarse. Yo estaba enjugando mis lágrimas cuando ella vino a decir hola, con su hermano  Thomas en sus talones, tratando de seguir el acelerado paso de la energética niña. “¡¿Por qué estás llorando?!”, me preguntó antes de alcanzar el sitio donde estaba. Me erguí pero no me levanté. Fue muy extraño ver a una niña de siete años corriendo en mi dirección, como una heroína que me salvaría. Incluso me sentí avergonzada. “¡Ha! ¿Quién está llorando? Y-yo  no estoy llorando, chiquilla. Algo se me metió al ojo. S-sólo, sólo estoy... Ay, ¿por qué corres?” Randy sonrió y desaceleró. Se reclinó sobre sus rodillas para recuperar la respiración y comenzó a explicarse entre jadeos. “E-es que, e-estás toda roja. Y tem-temblando y mamá... mamá dice que si yo- que si yo veía a mi hermano Thomas hacer eso, de-debía intentar hablar con e-él. ¨Seguro que...”, Morgan intentó aspirar varios segundo para hablar mejor. “Seguro que él estaba muy triste, así que no podía estar solo¨, eso diría mamá”, explicó. Siguió corriendo para recortar los cuatro metros que aún nos separaban, amenazando con atraparme en un abrazo entre sus pequeños brazos. Me eché para atrás sin pensarlo. En realidad quería seguir llorando. “¿Sola? Bueno, si estuviera sola, eso... no sería de tu incumbencia, niña”, intenté decir sin poder decidirme. ¿En realidad quería que me abrazara? La niña abrió los brazos como si hubiera leído mi mente. ¿Una niña de siete consolando a una de diez? ¡Qué patético! “¡R-Randy!”, gritó un chiquillo de apariencia similar a la niña detrás de ella. Debía ser su hermano. Me sonrojé de inmediato. Estaba acostumbrada a los niños salvajes de mi edad, pero este chico era mayor y no parecía nada salvaje. Su mirada era dulce y tranquila, algo en mí saltó por un chico, como jamás lo había hecho. De inmediato pensé que era como la luz, esa clase de rostro brillante tenía. Randy saltó y finalmente me abrazó fuerte. “¿Q-qué crees que estás haciendo?”, musité, aunque no intenté escapar de su agarre. “Randy, te dije que dejaras de abrazar extraños que ves llorando en la calle”, dijo el chico. “Pero, Thomas, ella no es ninguna extraña”, dijo la niña, atándose a mi brazo. Entonces los ojos de Thomas cambiaron a una expresión de reconocimiento. “Ah, ya entiendo. ¿Ésta es la niña fantasma de la que me hablaste hace poco?” “¿Niña fantasma?”, pregunté, fingiendo que intentaba escapar de Randy. Thomas asintió sonriendo. “La niña a la que nadie ve y a la que nade parece importarle, y aún así, está respirando. La niña fantasma”, explicó de forma encantadora. No parecía querer ofenderme, sino seguir lo que sea que su hermana intentaba decirme, como si ambos me entendieran. Era algo a lo que llaman empatía, algo que rara vez es auténtico. “Finalmente te encontramos. Randy escuchó sobre ti y quiso conocerte.” “¿Qué?”, pregunté, temblando. Mi orgullo de entonces me impedía llorar en público. “Quiero ser tu amiga”, explicó Randy. “¿Pero quiénes son y cómo me conocen?”, pregunté, aunque era tonto hacerlo. Todos sabían acerca de la chica solitaria en la que me había convertido por causa de Sara. Thomas sonrió para tranquilizarme, como un verdadero héroe haría luego de encontrar a alguien herido, justo antes de salvar su vida. Se arrodiló frente a mí, sonriendo a su hermana de siete años, orgulloso. “No sabemos por qué estás llorando, pero estamos seguros de que no tendrás que estar sola otra vez.” “Pero..” “Vamos a llamarle destino. Tú estabas triste y nosotros estábamos cerca. Estábamos destinados a ser amigos, ¿no lo crees?” Sonreí por primera vez en un buen tiempo, dejándome abrazar por una niña pequeña y su extraño pero encantador hermano mayor. Fue un encuentro extraño, pero supe que significaba algo, justo como él dijo. Yo estaba triste y ellos aparecieron, así de simple. Pensé que en realidad teníamos un lazo especial y así comenzamos a vernos frecuentemente, revisando que ninguno se sintiera solo o triste. Los horribles sentimientos gradualmente desaparecieron porque había conseguido amigos. Supe que, tan extraños como eran, no tenían más amigos en la escuela además de mí. Pronto nos encontramos corriendo, gritando y tonteando, contentos. Sigo el camino calle abajo. Justo antes de que pueda ver la luz exterior de la casa de mis amigos, mi celular suena en mi bolsillo. Es Thomas. Puedo sentir mi propio corazón acelerado y mi usual torpeza recorriendo mi garganta para que diga cualquier tontería. “¿Ya estás ahí?”, pregunta Thomas rápidamente. Trato de controlarme. No siempre parece notar que tiemblo y confundo las palabras una y otra vez. “A-ajá. Estoy en la esquina de la calle.” “Entonces date la vuelta y corre de regreso a casa.” “¡¿Estás ahí?!”, grito, creyendo que se trata de una visita sorpresa. “No, lo lamento. No podremos llegar hoy. Mamá y papá pelearon durante todo el día y no pudimos salir de la casa antes.” “Oh, comprendo, supongo que no importa. ¿Ustedes están bien?” “Sé que importa, Mor. No te preocupes, serás recompensada por la espera. Tengo una sorpresa para ti.” “¡¿En serio?!”, pregunto, cubriendo mi boca de inmediato para controlar mi aguda voz de emoción. “¿En serio?” “Sí. Espera por nosotros hasta entonces. Iré por ti tan pronto como llegue.” “Gracias. Pero ¿en realidad estás bien? Dijiste que tus padres discutieron.” “Nah. Sí discutieron, pero fue como siempre es.” “Enojo”, escucho detrás de la voz de Thomas. “Lo siento, Tom, sólo pensé que..” Es su padre, tratando de excusarse por la familia que él y su madre han desturido. Suspiro y no puedo evitar sentirme triste por mis preciados amigos. Han estado en medio del proceso de divorcio por casi cuatro meses y por eso no he podido verlos tanto como me hubiera gustado. Sus padres usualmente lo dan por terminado luego de varias horas de discusión. Es cansado. “Ah, sí, papá. Hablemos de esto luego, Mor. Nos vemos.” “Sí, nos vemos.” Thomas cuelga. Suspiro una vez más y doy la vuelta para reresar. No sería tan malo si no estuviera de vacaciones, sin nada qué hacer ni nadie con quién estar. Cuando abro la puerta, veo la expresión cansada de mi madre conforme se quita el abrigo. Corro para ayudarla. “Ah, estás de vuelta, Morgan”, nota como si estuviera tan fuera de lugar que ha olvidado que tiene una hija, aunque lo normal es que ella me regañe por el mínimo intento de escapar a la casa de Thomas sin permiso. “Estoy en casa”, respondo, escanéando el rostro de mi madre. Creo que está intentando ocultar algo de mí, algo dentro de su expresión. Ella puede sabe que yo puedo verlo a través de su mirada, si es que con su débil voz no basta. “Mamá, ¿qué pasó?” “¿Qué quieres decir?”, dice, arrodillándose para quitarse los zapatos. Sabe que he dado en el blanco. Puedo ver una pequeña línea roja en su mandíbula. Sus ojos están hinchados y rojos. Ha estado llorando. “¿Es una cortada? Mamá, ¿qué pasó en el hospital?” Mi madre frunce el ceño y toca su propia piel, confundida. Entonces cubre su rostro y sonríe, pensando dos veces en qué decir. “Estoy bien, no te preocupes.” “Sangraste. Sangrar no es algo normal en ningún trabajo, al menos no en el tuyo”, digo. Siempre he pensado que mamá es como una heroína, justo como mis amigos. Ella quería convertirse en una a una corta edad, pero, en lugar de convertirse en cirujana, enfermera, bombera o algo más, quiso ser psiquiátra. En un mundo que ignora y se ríe de las enfermedades mentales, ella quería saber y aprender. ¨De niña imaginaba que la gente con enfermedades mentales podía vivir en otro mundo, un mundo de tortura donde no se conoce otra cosa además de la soledad. Debe ser muy triste estar en un sitio como ese, ¿no crees?¨, respondió cuando pregunté hace muchos años. Pero mamá es más que sensible, así que un trabajo como este rompe su corazón una y otra y otra vez. Su corazón nunca se endurece, nunca aprendió a protegerse a sí mismo de la tristeza de los demás. —Eso significa ser empático, ¿eh?—mi abuela pregunta detrás de ella—Siempre dices eso, pero no creo que deba involucrar heridas físicas. —¿Ahora tú, mamá?—pregunta a la abuela. —Siempre ha sido ella, supongo—respondo. La abuela, usualmente envuelta en pensamientos extremos, fue la que  describió exactamente lo que mi madre podría estar sufriendo en su trabajo. A pesar de todo, a veces acertaba—, pero estoy de acuerdo, mamá. Mi madre suspira, se talla los ojos y toma su bata blanca de manera defensiva. Un pequeño pedazo de papel doblado asoma entre los plieges de la bata. Puedo ver lo que tiene dentro... es un dibujo... con mucha sangre. Me paresuro y tomo el dibujo fuera. —¡¿Qué crees que haces, Morgan?!—Pero es demasiado tarde. Luce como el dibujo de un niño hecho a crayón. Una familia hecha de líneas y círculos, sosteniendo sus manos. Es una madre, un padre, un niño y un bebé... sostenido por el cuello con una soga pesada. El pequeño cuerpo está dbujado en azul así como la madre, como si estuviera a punto de desmayarse por el asesinato del bebé. Pero el padre y el hijo se ven sonrientes. Es perturbador—¡No tienes el derecho de ver las cosas de mis pacientes, niña! Mamá intenta tomar el dibujo de mis manos, pero es de estatura pequeña. La altura de mi padre me da ventaja sobre ella; no puede atraparlo de entre mis manos. —¡¿Cosas de pacientes?! ¿Qué es eso? ¿Quién lo hizo? ¿Por qué lo hizo? Mamá sigue intentando saltar, pero sabe que no tiene sentido. Después de unos segundos, se detiene. —Una paciente con trastorno de identidad disociativa lo dibujó. Ella no es mía en realidad, pero lo hizo para uno de mis pacientes. Él le pidió que lo dibujara. —¿Esto le pasó a él? ¿Éste es él?—pregunto, señalando la figura del niño. —Eso creo. —¿Él asesinó al bebé? —Peter es... difícil, pero sé que no es capaz de asesinar. —Oh, entonces no estás segura. —¡Claro que sí! Sólo que no habla de lo que le pasó antes de llegar al hospital. Es su primera vez recibiendo tratamiento. No sabemos mucho de él, no hay registros. —¿Es en serio? ¿Tomaste este dibujo para que nadie sospechara que él mató a un niño? —¿Cómo podrías saber eso? Podría ser algo que él vio cuando pequeño y le describió a Julie. —Ok, pretenderé que te creo. Incluso así, ¿por qué trajiste el dibujo a casa? No tiene sentido si en realidad crees que él es inocente. Apuesto a que él es muy joven y está solo y tú quieres ayudarlo, pero no puedes, no si mató a alguien. Debería ser procesado y lo sabes. —Morgan, he tratado a personas realmente peligrosas y él no es parecido a ellas. —Una vez, y ella regresó a la cárcel de inmediato. Entonces estabas siendo asesorada para que tú no corrieras peligro frente a asesinos como ellos, pero esto es diferente. Estás ocultando a este niño para que no se empiece una investigación. ¿Estás concisnete de lo que estas haciendo? ¡Este niño podría estar loco de verdad! Mamá da un paso firme adelante, tomando el dibujo de entre mis manos en mi distracción. —Escúchame, Morgan. No quiero que hables de Peter de este modo. No sabes nada y no tienes derecho a hablar sobre esto. —Pero, mamá, yo sólo... —Suficiente. Soy tu madre y es mi decisión tener este dibujo. Puedes creer que es ilegal, pero sólo estás asumiendo cosas. Al contrario de ti, estoy segura de que él es inocente y que tengo que curarlo, salvarlo. —Esto es peligroso para ti. Él te lastimó—susurra la abuela. Ella sabe que mamá está, por primera vez en meses, muy enojada. También yo, así que permanezco mirando a mamá, esperando que me declare la guerra. Ni siquiera busca excusarse por lo que hace; realmente cree que es lo correcto. —Y yo no soy ninguna tonta. Tomaré el riesgo, si es que es uno—dice mi madre. Entiendo que está determinada, pero yo también lo estoy. Mamá se apresura escaleras arriba hacia su habitación, pero yo me quedo al pie de la escalera. Voy a descubrir quién es Peter. 

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