Un rarito muy loquito

2259 Palabras
—De todas maneras, no sabía que te gustara tanto leer—dice Mizuki, mientras nos dirigimos calle abajo hacia la biblioteca.  Mizuki me prometió que vendría conmigo para regresar algunos libros, pero yo estaba pensando en ir a Dairy Land y a Hackaways, el cine del pueblo, después de eso. Niego con la cabeza. —No lo hago. —¿Entonces qué tipo de libros pediste prestados?—Me sonrojo. No esperaba que Mizuki preguntara—Espera, ¿es algo pervertido? ¿Como porno o algo así? ¡No sabía que mirabas porno! —Es un libro, no una película. Eso no puede ser porno, ¿o sí? —¿Entonces es literatura erótica? —No. —¿Entonces? —Sólo son libros de ejercicios. —¿Matemáticas? —Sí, he estado teniendo problemas y ya sabes que tengo alerta roja. Si no mejoro mis notas, me voy a tener que quedar al campamento de verano las siguientes vacaciones. —Pudiste haberme pedido que te ayudara. Sabes que soy buena en eso—dice Mizuki orgullosa. Asiento sonriendo. Parece que creyó mu pequeña mentira. Sí tengo dos libros de ejercicios pero no tienen nada que ver con matemáticas o literatura erótica. Son sobre algo completamente distinto, algo que prefiero mantener oculto por el momento. Mientras entramos a la biblioteca y saludamos a la bibliotecaria, Mizuki suspira y señala las escaleras hacia el segundo piso. —Puede que tú no estás interesada en la literatura erótica, pero a mí sí me gustó la película de Cincuenta Sombras de Gray, así que quiero descubrir qué es lo que esa Anastasia disfruta tanto en el Cuarto Rojo. —¿Tienes una tarjeta de la biblioteca? —¿Me prestarías la tuya? —Claro—Mizuki sonríe y corre escaleras arriba. Me siento aliviada porque no se quedó a ver qué libros me llevé y preocuparse por mí. —Hola, cariño—dice la mujer a la que le pertenece la biblioteca, al recibir mis libros—. ¿Te sirvieron los libros? —Sí, mucho. Gracias—respondo, sonriendo torpemente. —Sé que no es mi asunto, pero debo preguntar. Tu madre es psiquiatra, ¿no es así?—Asiento—¿Ella sabe? —No, señorita. No me gustaría preocuparla. Ella ya tiene mucho en la mente y no necesita cuidar de su hija crecida. —No creo que sea asunto de ser una niña o una adulta. Tampooc tiene que ver con tu capacidad de sobrellevarlo. Asiento, pero no estoy de acuerdo. Es sólo que soy muy débil. Mi cerebro es demasiado débil para protegerse a sí mismo de las cosas que otros sufren diaramente. Perder a alguien no sólo me ha pasado a mí. La gente muere diario y siempre hay alguien a quien dejan atrás. Y hay peores casos, como estar en medio de una guerra, sufrir hambre y esa clase de cosas. Yo no tengo razones reales para sentirme ansiosa todo el tiempo. Sólo soy... muy débil. Incluso hay una parte de mí que está convencida de que sólo estoy exagerando. Quizás me gusta sufrir y actuar como si tuviera TOC, pero estoy completamente saludable. No he sido diagnisticada y ni siquiera mi madre, quien es una experta, ha notado algo malo en mí. —Voy a estar bien—Digo a la anciana, quien parece preocuparse demasiado por una desconocida como yo. Vine por primera vez cuando comencé a pedir prestados estos libros, ni siquiera leo mucho—. Lo prometo. La anciana asiente. Claro, no puedo prometer algo que ni siquiera sé si puedo cumplir, pero deberíamos sellar nuestro límite de desconocidas como se debe. —¡Lo encontré!—anuncia Mizuki al límite de las escaleras—¡Y encontré oro! Los 120 Días de Sodoma del Marqués de Sade. Este es el mejor día de mi vida. ¡Gracias por traerme, Mor! —Qué título tan extraño. ¿De qué trata? Mizuki sonríe. —Es acerca del amor. Toneladas y toneladas de amor. —Iugh. Odio el romance. Mizuki ríe a carcajadas. *** Mientras mi helado de queso y fresa está siendo preparado, trago saliva leyendo los libros de Mizuki. —¿Es esto lo que pasa cuando la gente... lo hace? Mizuki asiente. —Eso es lo que hacen cuando queiren hacerlo interesante. —Creo que quiero vomitar y llorar al mismo tiempo. —¡¿Qué?! ¿Tienes nueve años? Tienes dieciséis... la edad en que nuestros deseos más salvajes florecen, en la que conocemos la deliciosa materia interna del amor más complejo—Frunzo el ceño, viendo a mi amiga. —¿Amor? ¡La gente es torturada y asesinada en este libro! —Okay, eso es extremo, pero antes de eso, es bastante emocionante, aunque creo que todavia está prohibido en algunos países—Abro mis ojos ampliamente—. ¡Estoy mintiendo! Bueno, no... pero ya no está prohibido en los Estados Unidos. Incluso fue declarado un clásico. —Bueno, aquí tienen sus helados. Fresa y queso para la chica linda y chocomenta para la bonita —dice el chico con la camisa verde del Dairy Land. —Ésta va por mí—Dice Mizuki, metiendo la mano dentro de su bolsa de hombro. Puedo notar que el chico la mira con ojos entusiasmados. No me considero una persona muy sensible en el tema del coqueteo, pero el muchacho está tan rojo que es demasiado obvio. Me pongo de puntillas, usando el mostrador como apoyo, y alcanzo a cubrir los ojos el chico con ambas manos. —¡No la veas así o te va a torturar y luego te matará! —¡¿Qué crees que estás haciendo?!—Grita Mizuki con las mejillas completamente rojas. Ella entrega el dinero al muchacho, ignorando el suave roce de manos y se apresura afuera. —¡Oigan, sus helados!—grita el chico. Intento no reír cuando regreso y tomo los helados. Mizuki intenta esconderse detrás de un bote de basura. Asomo sobre el bote y sonrío. —¿Qué te pasó? Sólo estaba jugando. Vamos, tenemos que ir al cine. —No, no. No puedo ir. No iré a ningún sitio ahora que he sido expuesta. —¿Por qué no? —Necesito quedarme donde pertenezco, en el bote de la basura. —¿Qué? Estoy segura de que él no entendió lo que dije. —Pero no fuiste tú, fui yo. Estaba tan metida en el asunto del Marqués de Sade que no noté que había un compañero de clases ahí, y seguramente nos escuchó hablando de ese libro s****l y asqueroso. —Oh, ¿ahora no es romántico, sino que asqueroso? —¡Sólo mátame ya, Morgan!—dice Mizuki sosteniendo el cuello de mi camisa. Está tan cerca que casi me siento tragada por su ansiedad. —¡Detente! No voy a matar a mi mejor amiga, voy a mantenerla para bien—digo mientra ssubimos la calle. Ella trata de resistirse, pero yo logro abrazarla. —¿Por qué no me matas? ¡Merezco morir! —Porque yo no soy tan asquerosa—la molesto. Mizuki gimotea pero no deja de subir. Cuando finalmente alcanzamos la cuadra del cine Hackaways , Mizuki se ve bien de nuevo. Ella señala la tienda en la siguiente esquina.   —Todavía tenemos tiempo. ¿Vamos por unos chocolates?—Asiento.  Mientras Mizuki no mira, hago lo que debo. “Vive mucho, sonríe. Vive mucho, sonríe. Vive mucho, sonríe.”, pienso. Tres veces, estoy lista. Mizuki aparece después en el momento exacto— Oye, ¿no vienes? Asiento y la sigo dentro. Veo un sandwich de buen aspecto en el estante de comida empacada y corro hacia ella. Mi celular suena con el tono de burbujas, dejándome saber que ha llegado un mensaje. Como se trata de Thomas, sonrío. ¿Cómo vas? Bien. Todavía no entramos al cine. Genial, dime cuando hayan salido. Yeap. Asiento como si Thomas pudiera verme y meto al teléfono a la bolsa. Adoro la forma en que Thomas me pide que yo le informe de lo que esté haciendo, a veces parece que es mi novio, y yo realmente lo disfruto, aunque él no tenga idea de lo que significa para mí. Luego voy a calentar mi sandwich. Mientras espero a que el microondas termine, puedo ver a través de su ventanilla con reflejo que la puerta detrás de mí se abre. Un muchacho con cabello desastroso y oscuro, ojos almendrados y de color avellena y piel morena se abre paso a través de ella. Puedo ver que tiene círculos debajo de los ojos y está usando un conjunto de ropa muy raro: una túnica blanca con puntos azules y pantalones a la par. Incluso está usando sandalias tipo croc. Abro mi boca ampliamente; parece un paciente fugitivo que acaba de salir del hospital y no tiene la mínima intención de ocultarlo. El cajero lo nota también. Miro alrededor en busca de Mizuki, pero ella no está en ningún sitio visible. Puede que esté lejos en la estantería de refrescos. —Disculpa, ¿en dónde están los juguetes? —¿Juguetes? —Sí, como los huevos de chocolate que traen un juguete sorpresa, esos, como, martillos con dulces en una cuerda y cosas como esa. Los quiero para una niña. —No tenemos esa clase de... cosas. —¿Qué? ¿Qué clase de tienda de conveniencia no tiene juguetes? A los niños todavía les llama la atención, ¿sabes? —Supongo que no tenemos mucha demanda de ellos. —¿Entonces tienes ese pudin de fresa y chocolate que vendían en este pueblito hace muchos años? ¿Cómo se llamaban? ¿Chipichops? —Tenemos algunos ahí—El cajero señala hacia la estantería a mi derecha. —Diablos, sí. Tenía muchas ganas de probarlos, los compraba diario cuando era niño—El muchacho reúne todas las cajas de pudin rápidamente, son tantas que apenas y puede acomodarlas en sus delgados brazos. Finalmente, mira directo hacia mí. —¡Veinte cajas! ¡Tienes la número veinte!—me dice. Me apresuro a ocultar mi caja de pudin detrás de mi espalda. Adoro los Chipichops. —Ya tienes muchos, este es mío—El chico hace una mueca y sonríe astutamente. Luce como si estuviera planeando coquetear conmigo para quitármela. —¿No me la darías ni para una niña? —¿Una niña? —Una niña de nueve años. Está muy enferma y me dijo que quería probarlos—Diablos, mi corazón de pollo. Podría no ser cierto, pero ¿y si lo es? Con gran resistencia, asiento y le entrego mi caja de pudin. Incluso me parece que no es suficiente. Él sonríe y lo toma—. Gracias. —No hay problema. Te ayudaré a llevarlos, ¿dónde vives?—El chico levanta sus cejas conforme el cajero pasa las cajas por el identificador del código de barras. —En la ciudad, en el centro. —¿En la ciudad? Pero si está a más de una hora de aquí. ¿Por qué vendrías a una tienda de conveniencia que está en medio de este pueblito? —Acabo de explicarlo. Aquí venden Chipichops. En la ciudad los descontinuaron hace mucho. —¡Morgan, no te atrevas a tocar a ese chico!—puedo escuchar a través del eco de la tienda. Mizuki está señalándome directamente—¡Chico, ni siquiera te le acerques o te torturá y te matará! ¿Has escuchado sobre Los 120 Días de Sodoma? Mientras percibo mi propio rostro calentándose, puedo escuchar la risa contenida del chico a mi lado. —Detente,...—Antes de que pueda sentir mi verdadero enojo, la puerta del establecimiento se abre de golpe y de ella aparece un hombre con una túnica azul de cuello cruzado. ¡Es un doctor! —¡¿Cómo te atreves a venir aquí?! —Oh, Dios—murmura el chico. —¿De verdad escapaste luego de lo que dijiste? ¿Sabes lo preocupados que estábamos por ti? Pensamos que... —Te dije que vendría. ¿Qué pensabas que haría?—El rostro del hombro tiembla, intenta controlarse y da un paso hacia el chico, quien está juntando sus cajas de pudin entre los brazos luego de haberle entregado una tarjeta de crédito al cajero. Actúa como si nada. El cajero luce sorprendido, pero sigue haciendo su trabajo autómaticamente e introduce la tarjeta en la terminal. —Sólo ven conmigo. —No lo voy a hacer, no soy ningún niño. Vine hasta acá por el pudin para mi hija. —¡¿Hija?!—Yo y Mizuki gritamos. —Tú tienes nuestra edad, ¿cómo podrías tener una hija de nueve?—pregunto, intentando arrebatarle mi caja de pudin—¡Dame mi pudin ahora, mentiroso! —¡Me lo diste voluntariamente! —¡Pe...!—dice el hombre un segundo antes de que el chico se escurra lejos de la escena y corra fuera de la tienda. —¡Ustedes están todos locos! Yo jamás miento y no e mi culpa que no me crean—dice, antes de que la puerta se cierre  automáticamente tras él. Puedo ver su figura apresurándose dentro de un grupo de niños que harán difícil atraparlo. Los usa para escapar, mientras el hombre, mucho más grande y pesado que los infantes, no sabe cómo atravesar. —¡Espera!—grito—¡Mi Chipichops! —Ay, Dios—musita Mizuki—. ¡Qué rarito tan loquito!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR