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Una esposa de emergencia para el CEO

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oscuro
matrimonio bajo contrato
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drama
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Descripción

Ethan Calloway está a punto de perder la herencia más grande de su vida.

Para conservar el control del imperio hotelero de su familia, deberá cumplir una condición imposible: casarse y tener un heredero en apenas treinta días.

Desesperado, recurre a una exclusiva agencia de citas donde conoce a una mujer capaz de desafiarlo como nadie más.

Lo que no esperaba era descubrir que aquella misteriosa desconocida era Charlotte Bennett, su eficiente asistente personal.

La única mujer que conoce todos sus secretos.

La única que no se deja impresionar por su fortuna.

Y la única que rechaza su propuesta de matrimonio.

Pero Charlotte también necesita ayuda. Con su madre enferma y las deudas acumulándose, la oferta de Ethan podría cambiar su vida para siempre.

Un contrato.

Un matrimonio temporal.

Y una línea cada vez más borrosa entre lo fingido y lo real.

Porque enamorarse nunca formó parte del acuerdo.

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Capitulo 1: lectura del testamento
Ethan Calloway odiaba los funerales. No porque fueran tristes ni porque obligaran a las personas a enfrentarse a la realidad de la muerte. Lo que realmente detestaba era el espectáculo. Los funerales estaban llenos de gente fingiendo sentimientos que no tenía, y el servicio de aquella mañana no era diferente. La capilla privada que dominaba las aguas grises del río Hudson estaba abarrotada de ejecutivos, inversionistas, políticos, celebridades y familiares lejanos que no habían hablado con William Calloway en años. Sin embargo, todos llevaban la misma expresión solemne, como si acabaran de perder a la persona más importante de sus vidas. Ethan dudaba seriamente que la mitad de ellos hubiera compartido más de dos conversaciones con su abuelo durante la última década. De pie al fondo de la sala, acomodó el puño de su traje n***o a medida y contuvo el impulso de mirar su reloj una vez más. La ceremonia llevaba casi dos horas. Dos largas horas de discursos cuidadosamente preparados, anécdotas repetidas y homenajes ensayados que describían a William Calloway como un visionario, un pionero y un genio empresarial. Orador tras orador relataba cómo aquel hombre había transformado un único hotel de lujo en Manhattan en una de las cadenas hoteleras privadas más importantes del mundo. Lo irritante era que nada de eso era mentira. William Calloway había sido exactamente todo aquello. Había construido un imperio desde cero. Había convertido el apellido Calloway en una marca respetada a nivel internacional. Incluso sus competidores admiraban la forma en que había levantado una fortuna imposible de ignorar. Desgraciadamente, también había sido un hombre exigente, controlador, terco y prácticamente imposible de complacer. Incluso durante sus últimos días. Especialmente durante sus últimos días. El recuerdo apareció en su mente antes de que pudiera evitarlo. Tres semanas atrás había permanecido junto a una cama de hospital observando cómo el hombre más fuerte que había conocido perdía lentamente su batalla contra el tiempo. Las máquinas conectadas al cuerpo de William parecían fuera de lugar. Durante toda su vida, Ethan había considerado a su abuelo invencible. Aquel día, por primera vez, parecía humano. Frágil. Vulnerable. Sin embargo, ni la enfermedad ni el agotamiento habían conseguido apagar el brillo de sus ojos azules. Aquellos ojos seguían siendo igual de afilados. Igual de críticos. Igual de severos. Los mismos ojos que Ethan veía cada mañana cuando se miraba en el espejo. —Estás desperdiciando tu vida. Esas habían sido las últimas palabras que William Calloway le dirigió. Ni un adiós. Ni una despedida. Ni siquiera un simple cuídate. Solo una crítica más. Como siempre. Ethan apretó la mandíbula mientras alejaba el recuerdo. Había pasado gran parte de su vida intentando obtener la aprobación de aquel hombre. Lo más frustrante era que, incluso ahora, rodeado de personas que lloraban su muerte, seguía sin saber si alguna vez lo había conseguido. La ceremonia finalmente terminó. Los asistentes comenzaron a levantarse de sus asientos y las conversaciones surgieron de inmediato. Primero fueron murmullos discretos y después grupos enteros hablando sobre inversiones, negocios y futuras reuniones como si el funeral hubiera sido simplemente otra cita dentro de sus agendas. Ethan apenas había dado un paso hacia la salida cuando dos abogados de la familia se acercaron. —Señor Calloway. Él asintió con educación. —Terminemos con esto de una vez. Uno de los hombres le dedicó una sonrisa profesional. —La lectura del testamento comenzará dentro de treinta minutos. Por supuesto. Todo lo relacionado con William Calloway estaba planificado hasta el último detalle. El hombre organizaba reuniones con precisión militar y, aparentemente, también había organizado su propia muerte del mismo modo. Sin decir nada más, Ethan abandonó la capilla. Una ráfaga de aire fresco golpeó su rostro al salir. El olor a lluvia se extendía por el ambiente y las nubes oscuras comenzaban a cubrir el cielo de Nueva York. Un Bentley n***o esperaba junto a la acera. El conductor abrió inmediatamente la puerta trasera. —¿A casa, señor? —No. Ethan observó la silueta de Manhattan elevándose a lo lejos. —A la oficina. El conductor parpadeó, sorprendido. —¿A la oficina? Ethan se aflojó la corbata mientras tomaba asiento. —A menos que haya otro director ejecutivo de Calloway Grand Hotels dispuesto a reemplazarme hoy. El hombre comprendió la indirecta y guardó silencio. Minutos después, el vehículo se incorporó al tráfico mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a golpear los cristales. Ethan no estaba preocupado por el testamento. No tenía motivos para estarlo. Todo el mundo sabía que era el único heredero de William Calloway. Su padre había muerto doce años atrás. Su madre se había mudado a Europa después de volver a casarse. No tenía hermanos. No existían primos involucrados en la empresa ni familiares capaces de disputarle la sucesión. El imperio era suyo. La única incógnita era cuánto dinero recibiría además del control de la compañía. ¿Cincuenta mil millones? ¿Setenta? Quizá incluso más. William siempre había disfrutado las revelaciones dramáticas. Aquello casi logró arrancarle una sonrisa. Cuando el Bentley llegó a Calloway Tower, la lluvia se había intensificado. El rascacielos de cuarenta y ocho pisos dominaba Midtown Manhattan con su fachada de cristal y acero. Los empleados se movían por el vestíbulo en un silencio poco habitual. El fundador de la empresa había muerto y todos parecían conscientes de que una nueva etapa estaba a punto de comenzar. Al menos para ellos. No para Ethan. Dentro de unas horas todo sería oficialmente suyo. La junta directiva lo apoyaba. Los inversionistas confiaban en él. Los accionistas lo conocían. Y la prensa parecía incapaz de dejar de hablar sobre su vida. Quizá hablar no era la palabra correcta. Obsesionarse resultaba más apropiado. Las revistas de negocios analizaban cada una de sus inversiones. Las publicaciones de entretenimiento seguían sus relaciones sentimentales. Los medios de lujo documentaban sus vacaciones, sus penthouses, sus automóviles deportivos y hasta las mujeres que aparecían junto a él en eventos públicos. Actrices. Modelos. Influencers. Incluso una princesa europea con la que había salido durante apenas unas semanas. Su abuelo había odiado cada segundo de aquella exposición mediática. La sala reservada para la lectura del testamento ocupaba parte del último piso del edificio. Cuando Ethan entró, encontró a una docena de personas reunidas alrededor de una enorme mesa de caoba. Miembros de la junta. Abogados. Asesores financieros. Ejecutores testamentarios. Todos levantaron la vista al verlo entrar. Y todos parecían demasiado serios. Aquello llamó inmediatamente su atención. Tomó asiento y observó el ambiente. —¿Por qué tienen cara de estar asistiendo a otro funeral? Nadie se rió. Ni siquiera una sonrisa. El comentario cayó en un silencio tan incómodo que Ethan dejó de sentirse relajado. El abogado principal aclaró la garganta. —¿Comenzamos? —Por favor. El hombre abrió una carpeta de cuero n***o. —Para efectos legales, procedemos a la lectura del último testamento y voluntad de William Harrison Calloway. La habitación quedó en silencio. Siguieron varios minutos de términos jurídicos que Ethan apenas escuchó. Siempre había odiado el lenguaje legal. Solo esperaba la parte importante. Los números. Y finalmente llegaron. Propiedades. Acciones. Fondos de inversión. Colecciones de arte. Aviones privados. Islas. Participaciones empresariales. Todo sonaba exactamente como esperaba. Hasta que dejó de sonar así. El abogado hizo una pausa. Ajustó sus gafas. Y continuó leyendo. —La totalidad de Calloway Grand Hotels, incluyendo todos sus activos y participaciones mayoritarias, será transferida a mi nieto Ethan James Calloway... Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de Ethan. Ahí estaba. Exactamente como había previsto. Entonces el abogado siguió leyendo. —...una vez cumplidas las condiciones establecidas en el artículo doce. La sonrisa desapareció. Ethan se incorporó en su asiento. —¿Qué condiciones? El abogado evitó mirarlo. —El beneficiario deberá contraer matrimonio legal dentro de los treinta días posteriores a la lectura oficial de este testamento. El silencio que siguió fue absoluto. Durante unos segundos Ethan creyó haber escuchado mal. —Perdón... ¿qué acaba de decir? —Son los términos establecidos por el señor Calloway. Algunos miembros de la junta parecieron encontrar fascinante la superficie de la mesa. Ethan soltó una carcajada. —Muy gracioso. Nadie se unió. Y aquello resultó mucho más alarmante que la cláusula misma. El abogado continuó. —La esposa no deberá tener hijos previos. Además, el beneficiario deberá producir un heredero biológico dentro del plazo máximo de un año. Dicho heredero deberá ser confirmado mediante documentación médica y pruebas genéticas. Asimismo, el matrimonio deberá mantenerse legalmente vigente durante todo el período establecido. Cada frase cayó como un golpe. Cuando terminó de leer, la habitación permaneció inmóvil. Ethan lo observó fijamente. —¿Qué? —Esos son los requisitos. —¿Qué? Nadie respondió. Lentamente se puso de pie. Demasiado lentamente. —¿Me están diciendo que mi abuelo me dejó una fortuna de cien mil millones de dólares... y que solo puedo obtenerla si me caso y tengo un hijo? —Correcto. El abogado tragó saliva. —Usted continuará trabajando para la empresa. Ethan frunció el ceño. —¿Continuaré trabajando? —Sí. Una breve pausa antecedió al golpe final. —Como ejecutivo asalariado. Continuará...

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