A veces, los sueños no se desvanecen. Se rompen. Como un cristal a presión. Un segundo estás viviendo en él —la calidez de su mano, el sonido de su risa, mis hijos, Sofía— y al siguiente, todo se desvanece. Destrozado. Y todo lo que queda es oscuridad. Floté en él. Me lo tragué entero. Una vasta y fría nada. Sin paredes. Sin suelo. Sin cielo. Solo vacío. Y silencio. ¿Fue esto la muerte? Sin dolor. Sin paz. Solo un vacío insoportable. No podía moverme. No podía gritar. Mis extremidades no existían. Mi boca no funcionaba. Ni siquiera estaba seguro de respirar. Aquí no existía el tiempo. No había noche ni día. Solo un vacío infinito. Entonces—Un sonido. Al principio, débil. Lejana. Como oír la vida desde el fondo de un pozo. Era una voz. ¿Un niño? ¿Una risa? Luego algo más suave: u
Escanee el código QR para descargar y leer innumerables historias gratis y libros actualizados a diario


