Capítulo 9

1075 Palabras
No supe exactamente cuándo Tomás empezó a gustarme más de lo que me atrevía a admitir. Quizás fue una tarde cualquiera, cuando me esperó afuera del trabajo con un café en la mano, o tal vez el día en que me escuchó hablar de algo que me dolía sin intentar arreglarlo. Simplemente me escuchó, y eso, en estos tiempos, se siente como un acto de amor. Pero junto con la calma llegó también el miedo. Ese miedo sigiloso que se cuela en los momentos buenos, que te recuerda lo que perdiste antes y te hace dudar si lo mereces otra vez. Al principio, no lo noté. Me reía, salíamos, todo fluía. Pero poco a poco, cada gesto amable me hacía cuestionar su duración. Cada mensaje respondido me recordaba el silencio de otros. Y cada sonrisa suya me daba la sospecha absurda de que algún día podría borrarse también. Anto lo notó, como siempre. —Te veo rara —dijo una noche, mientras cenábamos en mi departamento. —No estoy rara, solo cansada. —Cansada de sentir, dirás. —No exageres. —No, Lisa. Te conozco. Cuando te gusta alguien, pero tienes miedo, te vuelves prudente. Y cuando te vuelves prudente, te pierdes de disfrutar. Suspiré, tenia toda la maldita razón. —No quiero arruinar algo que recién empieza. —Y si no lo vives, igual lo arruinas —respondió ella con esa sabiduría brutal que a veces me irrita. Me quedé en silencio. Sabía que tenía razón, pero aceptarlo era otro asunto. Y con el pasar de los dias, con Tomás las cosas seguían tranquilas, pero esa tranquilidad era un arma de doble filo. A veces me parecía hermosa. A veces me parecía una trampa. Una tarde, mientras caminábamos por la orilla del río, me preguntó: —¿Tú siempre analizas tanto las cosas? —No tanto —mentí. —Te vi pensando —insistió. —Es mi deporte favorito —respondí, sonriendo para disimular. Él rió, pero me miró con esa atención que incomoda. —No quiero que tengas miedo conmigo. Su frase me desarmó. —No lo tengo —dije, aunque lo sentía en el pecho. Y esa noche, mientras me cepillaba los dientes, me miré al espejo y pensé en lo absurdo que era temer algo bueno solo porque podría doler después. Pero así era el amor después de las decepciones: una mezcla entre esperanza y autodefensa. **** En el trabajo, las cosas iban bien. Había nuevos proyectos, nuevas responsabilidades. Mis compañeros empezaron a notar que sonreía más, aunque no sabían por qué. Durante una reunión, uno de ellos (Marcelo) me dijo en tono de broma: —Últimamente andas con cara de quien tiene a alguien en mente - Me reí. —O tal vez solo estoy durmiendo mejor - Lo cierto es que ambas cosas eran verdad. Y esa tarde, Tomás me invitó a su casa. Cocinó pasta, puso música suave y hablamos hasta tarde. Era fácil estar con él. Tan fácil que daba miedo. En un momento, mientras reíamos por algo sin importancia, se acercó y me dijo: —A veces creo que piensas demasiado en el “qué pasará después”. —No puedo evitarlo —admití. —Entonces déjalo pasar un rato. Esa frase me quedó dando vueltas. Porque tenía razón: estaba tan concentrada en no repetir errores, que casi olvidaba vivir el presente. Por lo que, después de esa noche, me propuse soltar un poco. Y lo hice. Empecé a disfrutar sin tanto análisis, a reír sin miedo al eco, a responder sin calcular tiempos. Y, poco a poco, la ansiedad se convirtió en calma. Una tarde, mientras caminábamos de regreso del cine, Tomás me tomó de la mano y me dijo: —Me gusta la versión que eres cuando te olvidas de pensar. —Y a mí me gusta la que me sacas sin querer. Nos quedamos en silencio, con las manos entrelazadas y el ruido de la ciudad alrededor. No necesitaba más en ese momento, me gustaba lo que estaba viviendo. Sin embargo, la vida (como siempre) tiene su propio ritmo, y a veces, cuando todo parece encajar, algo pequeño se tuerce. Unos días después, noté que Tomás estaba diferente. No distante, pero sí menos presente. Contestaba más tarde, se veía más cansado, distraído. No quise preguntar de inmediato. Me prometí no repetir el patrón de insistir, de exigir explicaciones. Pero el silencio, ese viejo enemigo, volvió a tocar la puerta, una ya conocida. Anto me encontró otra vez revisando el celular. —No me digas que otra vez estás cazando fantasmas —dijo. —No —respondí, mintiendo mal. —Lisa, una cosa es dar espacio y otra es quedarte quieta viendo cómo se apaga todo - La miré con cansancio. —No quiero parecer necesitada. —Y si no hablas, ¿cómo vas a saber lo que pasa? Su lógica, como siempre, era impecable. Esa noche le escribí a Tomás: > “¿Todo bien? Te noto un poco raro últimamente.” Tardó en responder, pero lo hizo. > “Sí, todo bien. Solo mucho trabajo.” Era una respuesta honesta… o una excusa perfecta. No lo supe entonces. Pasaron los días y aunque las cosas no se rompieron, algo cambió. Ya no había tantos mensajes espontáneos, ni planes improvisados. Las conversaciones eran más breves, menos cómplices. Y yo, sin querer, volví a ese viejo hábito de leer entre líneas, de buscar señales. Hasta que una noche, Anto vino a dormir a mi casa y, entre vino y risas, me dijo algo que me sacudió: —Tal vez el miedo no siempre viene porque los otros fallan. Tal vez a veces viene porque, cuando por fin todo parece ir bien, no sabemos cómo disfrutarlo. Me quedé callada. Tal vez no era él quien se alejaba. Tal vez era yo la que, de tanto cuidarse, se mantenía a medio paso. Esa noche soñé con el río. Con el mismo lugar donde Tomás me dijo que no quería que tuviera miedo. Y al despertar, lo entendí: no se trataba de no sentir miedo. Se trataba de no dejar que el miedo eligiera por mí Y para cuando lo vi unos días después, ya no quise analizar. Solo lo abracé. Y en ese abrazo, entendí que querer y temer pueden coexistir, pero no gobernar. No sabía si lo nuestro duraría. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba saberlo. Solo quería estar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR