Capítulo 6

1319 Palabras
Un nuevo encuentro llegó casi sin planearse. Fue él quien escribió una tarde de martes, justo cuando yo salía de la oficina, con ese tono tranquilo que me tenía completamente desarmada. “¿Y si hoy improvisamos algo? No tengo hambre, pero tengo ganas de verte.” La frase me tomó por sorpresa. Improvisar. Verlo. Era martes, yo estaba cansada y con el maquillaje medio borrado, pero aun así, respondí: “Dame media hora.” Media hora después, estaba frente al espejo con el corazón acelerado, cambiando el delineador por uno fresco y decidiendo si ponerme perfume o no. Elegí uno suave. Quería sentirme natural, pero especial. Nos encontramos en un bar pequeño, con luces bajas y música de fondo, de esas que acompañan pero no distraen. Cuando me vio llegar, sonrió como si hubiera estado esperándome desde siempre. - Qué bueno que viniste - dijo, y esa frase bastó para borrar el cansancio del día. Nos sentamos cerca de la ventana. Afuera, la ciudad vibraba; adentro, el tiempo parecía detenerse. Pedimos dos copas de vino y, sin darnos cuenta, la conversación se volvió más íntima. No tanto por los temas, sino por la forma en que nos mirábamos al hablar. - No suelo hacer esto - dije, girando la copa entre mis dedos. - ¿Qué cosa? - pregunta con interés. - Conectar tan rápido con alguien - Él sonrió, pero no dijo nada enseguida. - A veces no hace falta tiempo...- respondió al fin -...Solo reconocer a alguien cuando llega - La frase me atravesó. Había algo en su tono, en esa calma, que me hacía sentir segura y al mismo tiempo en peligro. Porque no era la primera vez que alguien me hacía sentir especial, pero sí la primera en mucho tiempo que lo creía posible. El silencio se volvió cómodo, casi necesario y en medio de ese silencio, su mano buscó la mía. No fue un gesto planeado, sino instintivo, suave, preciso. No necesitó palabras de ninguno de los dos, simplemente sucedió y así dejamos que siguiera. Pasamos horas hablando. El tema daba igual. Lo importante era que estábamos ahí, en ese pequeño universo donde todo parecía simple. En algún momento, el camarero apagó algunas luces, y el lugar se volvió más íntimo. La música se volvió más lenta, y el mundo se redujo a su voz y a mi respiración. - ¿Te puedo llevar a casa? - preguntó, cuando ya era tarde. Asentí sin pensarlo demasiado. El camino en auto fue silencioso, pero no incómodo. La ciudad se deslizaba afuera de la ventana, y yo sentía el pulso acelerado en las manos. Cuando llegamos frente a mi edificio, no sabía si quería que la noche terminara o que siguiera un poco más. Nos quedamos un momento en silencio, ambos mirando hacia adelante. - Gracias por hoy - dije finalmente con el corazón latiendo a mil. - No me agradezcas...- respondió -...Aún no termina - Giró hacia mí y, sin darme tiempo a responder, se acercó. El beso fue lento, tranquilo, pero con una profundidad que me dejó sin aire. No era precipitado ni torpe. Era el tipo de beso que no promete nada y, aun así, lo dice todo. Me separé despacio, intentando recuperar el aire y la compostura. - Creo que… - empecé a decir, pero no terminé. - Lo sé - respondió él, con una media sonrisa. Nos quedamos así, cerca, sin decir nada más. Afuera, un taxi pasó dejando un rastro de luz en la ventana y en ese preciso momento, entendí que estaba cruzando una línea invisible: la del miedo hacia la posibilidad de tener algo mas con este hombre que aunque me gustaba y mucho, pero apenas conocía. Me despedí con un abrazo largo. Uno de esos que dicen “no te vayas”, aunque las palabras no se atrevan a salir de mis labios y lo quisiera conmigo durante toda la noche. Pero manteniendo mi línea, me despedí y subí a mi departamento con el corazón latiendo más rápido de lo que debía y con una sonrisa de estúpida, una que se estaba haciendo demasiada costumbre en mi últimamente. Anto, por supuesto, me llamó apenas supo que había salido con él. - Bueno, ¿y? - preguntó sin siquiera saludar. - Fue… intenso - dije, mientras me dejaba caer en el sofá y mirada a la nada recordando lo sucedido. - ¿Intenso bueno o intenso “corramos por nuestra vida”? - suelta haciéndome sonreír. - Intenso bonito. De esos que te hacen dudar de todo lo que creías entender - suelto junto a un suspiro. - Ay, amiga… eso suena peligroso - Reí, aunque sabía que tenía razón. Pero esta noche, no pude dormir de inmediato, ya que, había algo en su forma de estar presente que me rondaba la mente. Su olor, su voz, la forma en que me miró antes del beso. Todo. Me repetí una y otra vez que debía ir despacio. Que no podía dejar que la ilusión corriera más rápido que la realidad. Pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba su sonrisa, y todo intento de razonamiento se desvanecía y se iba por el alcantarillado. Durante los días siguientes, los mensajes se volvieron más escasos, pero más cargados. No eran simples saludos. “Pensé en ti hoy.” “Todavía me río de lo que dijiste el martes.” “A veces el silencio también es una forma de hablar.” Esas frases bastaban para mantenerme en ese estado de dulce incertidumbre. Pero al mismo tiempo, algo dentro de mí comenzaba a notar la diferencia: los tiempos entre mensaje y mensaje eran más largos, las respuestas más breves. Intenté no leer entre líneas, aunque me costaba un montón. Me convencí de que todos tenemos semanas complicadas, de que ambos tenemos cosas que hacer, trabajo, vida, familia, etc. Pero el presentimiento de que estaba sucediendo algo, estaba ahí, presente, como una sombra. Aun así, cuando volvió a escribir, mi corazón respondió antes que mi cabeza. “¿Nos vemos el viernes?” Dije que sí pero me prometí no esperar demasiado. Pero ya estaba esperando todo. Esa noche, cuando volví a casa después de verlo, supe que algo había cambiado. No había nada malo, pero tampoco estaba la misma chispa. Fue amable, cariñoso incluso, pero distante de un modo nuevo. Nos despedimos con un beso suave, y esa fue la última vez que lo vi. Los días siguientes fueron una sucesión de pantallas en silencio. Nada. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Anto intentó consolarme a su manera, una bastante peculiar, pero lo intento. - Tal vez se asustó. Tal vez no sabe lo que quiere, ya sabes, los hombres pueden ser bien idiotas - dice para luego introducir una papa a la boca. - O tal vez lo sabía desde el principio - respondí algo cabizbaja. Pasé noches repasando cada conversación, cada mirada, buscando alguna pista que explicara el cambio. Pero no la encontré, por mas que intentara justificar sus acciones, no la encontré. Y ahí, en esa ausencia repentina, entendí algo que me dolió más de lo esperado: a veces, el silencio es la respuesta más cruel y más clara. Y sucedió lo que de alguna manera veía venir... no lo volví a ver. No supe más de él. Pero algo dentro de mí no quedó roto; quedó más consciente. El corazón dolió, sí, pero también se ordenó un poco ante lo que quería de un hombre o de una relación de ahora en adelante. Me preparé una copa de vino, abrí la ventana y dejé que el aire frío entrara. Nueva York seguía viva, ruidosa, indiferente y yo, entre todo ese caos, respiré profundo y susurré para mí misma: - Al menos lo intenté...- No era consuelo, pero era la verdad, mi verdad y con eso me conformaba. Lo intente y no fui una cobarde como él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR