Capítulo 5

1425 Palabras
La semana después de aquella cena se me pasó como si los días tuvieran menos horas. Entre el trabajo, las reuniones y mis rutinas, me descubrí sonriendo por nada. Era absurdo. Ridículo, incluso. Pero esa clase de ridículo que da gusto sentir. Nos escribíamos todos los días. Mensajes cortos, bromas, cosas cotidianas. A veces eran simples “buenos días”, otras veces conversaciones que se alargaban hasta la noche. Tenía una manera de hablar que me tranquilizaba y de alguna forma, sin darme cuenta, se volvió parte de mi rutina. Anto, por supuesto, lo notó al instante. - Llevas tres días sin quejarte del mundo... - me dijo entre risas por videollamada -...Eso solo puede significar una cosa - me dice sonriendo y yo? Finjo demencia. - Estoy ocupada - le digo como si me fuera a creer. - Estás enamorada - suelta ella y yo niego. - Estoy ocupada en no pensar demasiado, que es distinto - le hago saber. - Ajá, claro...- respondió -...Y yo soy monja - Suelta con picardia. Pero, a pesar de las bromas, había algo dentro de mí que sabía que tenía razón. No lo llamaría “enamoramiento”, pero sí una especie de fascinación tranquila, como cuando descubres un libro que no puedes dejar de leer y te obsesionas con el hasta que lo finalizasLa conversación no siguió a mas y ya para el viernes volvió a escribir: “¿Te parece si nos vemos mañana? Café, paseo, algo más relajado. Prometo no emborracharte con vino esta vez.” Acepté sin pensarlo demasiado. El sábado amaneció gris, con un cielo cargado que amenazaba lluvia. Pero eso no importó. Me vestí con algo simple, jeans, blusa blanca, chaqueta liviana, y salí con el estómago lleno de mariposas. Nos encontramos en un café pequeño en Brooklyn. Era uno de esos lugares con aroma a pan recién hecho y paredes cubiertas de libros y apenas lo vi, sonrei (como una estupida diría Anto) Y su sonrisa de respuesta hizo que todo lo demás se desvaneciera. - Llegaste justo a tiempo - dijo, señalando la mesa junto a la ventana. - El tráfico estaba terrible - mentí. La verdad es que había dado dos vueltas manzana solo para calmar los nervios. Nos sentamos y el barista trajo dos cafés humeantes. Él pidió un espresso, yo un capuchino. Entre el ruido de las tazas y la lluvia que empezaba a caer, la conversación fluyó sin esfuerzo. Hablamos de la infancia, de las familias, de esos pequeños detalles que uno no suele contar en la primera cita. Me sorprendí siendo más honesta de lo que esperaba. - A veces pienso que vine a esta ciudad buscando algo que ni siquiera sé definir - le dije. - Tal vez no hay que definirlo...- respondió -...Tal vez solo hay que dejar que aparezca - Sus palabras me tocaron más de lo que esperaba. Lo miré, y por un momento sentí algo parecido a paz. - ¿Y tú? - pregunté - ¿Qué buscas? - Se quedó pensando unos segundos. - Equilibrio, supongo. Alguien con quien reírme y quedarme callado sin que el silencio sea incómodo - Lo dijo con una naturalidad que me desarmó. Después del café, salimos a caminar. La lluvia seguía cayendo, pero era fina, casi amable. Compartimos un paraguas que resultó ser más simbólico que útil; terminamos empapados igual. Nos reímos de lo absurdo de la situación, de cómo el paraguas era más excusa para estar cerca que protección real. Sus dedos rozaban mi mano de vez en cuando, y cada vez que pasaba, sentía una corriente eléctrica recorrerme los brazos. - Parece que la lluvia no tiene intenciones de parar - dije, riendo. - No me molesta...- respondió -...Contigo, menos - Nos detuvimos frente a un escaparate. Por un instante, solo lo miré. Tenía esa expresión serena, pero sus ojos… había algo ahí. Un brillo cálido, cercano. Él bajó la mirada hacia mí y, sin decir nada, se acercó despacio. Fue un beso breve, pero sincero. De esos que no buscan prometer nada, solo confirmar lo que ya estaba ahí. Cuando se separó, me quedé en silencio. La lluvia siguió cayendo, el ruido del tráfico sonaba a lo lejos, y todo lo demás desapareció. - Perdón...- dijo, casi en un susurro -...No quise adelantarte la historia - sonrió por sus palabras. - Tranquilo...- respondí -...Me gusta cómo va - y así, sin más, volvimos caminando hacia la estación del metro. La conversación cambió de tema, pero el aire seguía cargado de esa energía nueva. Cuando nos despedimos, me abrazó de nuevo, y esta vez fue distinto. Más largo. Más consciente. En el tren, me quedé mirando el reflejo en la ventana, con una sonrisa tonta. Había algo diferente en mí. No era solo ilusión; era una sensación de posibilidad. Esa noche, Anto me llamó otra vez. - ¿Cómo estuvo el café? - preguntó, haciendo comillas con los dedos que imaginé aunque no la veía. - Muy bien. Fue… bonito - lo resumí con la mejor palabra que encontré. - ¿Bonito? Lisa, eso suena a reseña de Yelp, no a cita - ambas reímos. - Hubo beso - suelto la palabra y siento como mis mejillas se calientan. - ¡Beso! - gritó, y tuve que alejar el teléfono del oído. - Sí, y antes de que digas nada, no, no fue planeado - niego con la cabeza. - Los mejores nunca lo son...- dijo suspirando -...Dime que al menos vas a volver a verlo - suelta y ruedo por la cama. - Creo que sí - Mariposas se comienzan a formar en mi vientre ante esa afirmación. Hubo un silencio al otro lado. Luego, su voz sonó más suave: - Solo cuídate, ¿sí? No te entregues toda de una vez - lo dice cuando ya llevamos al menos unas tres citas. - Lo sé - dije, aunque no estaba tan segura. Durante los días siguientes, nuestros mensajes cambiaron de tono. Eran más personales, más cercanos. A veces con humor, a veces con pequeñas confesiones. “Hoy pasé por el café. Me recordaste al capuchino con espuma que casi derramas.” Sonrío ante los recuerdos de aquel momento. “Si yo soy el capuchino, tú eres el espresso. Fuerte y con efectos secundarios.” Era una dinámica nueva para mí, algo entre el juego y la complicidad. En una de esas conversaciones, me dijo: “No sé por qué, pero contigo siento que no tengo que fingir nada.” Y esa frase me bastó para cerrar el día con el corazón lleno. El fin de semana siguiente quedamos de nuevo. “Sin planes fijos”, dijo él. Caminamos por la ribera del río. El atardecer teñía el cielo de tonos naranjas, y yo sentía que el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Hablábamos poco. Caminábamos más. De vez en cuando nuestras manos se rozaban, hasta que finalmente se quedaron entrelazadas. No sé en qué momento la calma se volvió algo más denso, más eléctrico. Pero lo supe cuando me miró y bajó la voz. - ¿Qué piensas cuando te quedas callada? - preguntó. - Depende de quién esté al lado - respondí. Rió, pero no apartó la mirada. - ¿Y ahora? - suelta viéndome. - Que me gustaría que este paseo no terminara todavía - respondo de la manera mas honesta posible. La brisa era fría, pero mi piel ardía. Había algo entre nosotros que no podía explicarse con palabras. Y aunque no pasó nada más que un beso más largo que el anterior, sentí que algo dentro de mí se abría, como si un candado se hubiera rendido sin resistencia. Esa noche, al llegar a casa, me serví una copa de vino y me dejé caer en el sofá. Cerré los ojos y sonreí. Había pasado tanto tiempo desde que me sentía así. Ligera, viva, un poco tonta. Sabía que debía mantener los pies en la tierra, pero ¿cómo hacerlo cuando el corazón empieza a recordar lo que era latir con entusiasmo? Me quedé en silencio un rato, escuchando el ruido lejano de la ciudad. Afuera llovía otra vez y por primera vez en mucho tiempo, esa lluvia me pareció dulce. Antes de dormir, mi teléfono vibró. “Hoy me gustaste más que ayer.” Respondí sin pensar. “Y mañana veremos qué tanto puedes superarte.” Apagué la pantalla y, con una sonrisa cómplice, me dejé llevar por el sueño. Ya mañana sería otro día, con mas aventuras por vivir.
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