Capítulo 4

1173 Palabras
El vdia de vernos nuevamente llegó más rápido de lo que imaginé, y con él, una mezcla de nervios y curiosa emoción que hacía días no sentía, desde la ultima y primera vez que lo vi. Me desperté temprano, aunque no tenía que hacerlo. Me pasé la mañana trabajando, pero cada poco minuto miraba el reloj, como si con eso pudiera acelerar las horas. Revisé mi reflejo en el espejo más veces de lo que admito: el cabello, el maquillaje, el vestido. Todo estaba bien, pero siempre encontraba algo que ajustar. Anto me llamó justo antes de que saliera de casa. - ¿Lista para tu gran debut? - preguntó con tono burlón. - No es un debut, es solo una cena y ya salí con el, esta es nuestra segunda cita - le recuerdo y ella rie. - Ajá, claro. “Solo una cena”… así comienzan las películas que terminan con lágrimas o con boda - Rodé los ojos, pero no pude evitar reír. Anto tenía ese talento único de burlarse y apoyarme al mismo tiempo. - Prometo contarte todo - le dije. - Más te vale...- respondió - …Por sobre todo los detalles sucios... - dice y yo entiendo perfectamente a que se refiere y no, no creo estar lista todavía para ese paso -...Y recuerda: si no es divertido en la cama, al menos que el vino sea bueno en la mesa - suelta y antes de que la regañe, me corta la llamada. Me termino de revisar y salgo a la dirección de donde cenaremos. El restaurante es pequeño, con luces cálidas y música suave. Había elegido bien mi cita o quizás, por primera vez en mucho tiempo, alguien había elegido bien por mí. Él ya estaba ahí, esperándome. Se levantó cuando me vio entrar como todo un caballero. - Lisa - dijo, y su voz era más grave de lo que imaginaba - Qué gusto verte nuevamente - Sonreí. - Igualmente - Es atractivo de una manera serena, sin esfuerzo. Tiene una sonrisa fácil, de esas que relajan y desconciertan al mismo tiempo. Viste sencillo, pero con elegancia natural, como quien sabe que no necesita demostrar demasiado. Nos sentamos. Al principio, el nervio se hizo evidente nuevamente en nuestra conversación, por sobre todo en el movimiento torpe de mi servilleta o en cómo evité mirarlo directamente por la vergüenza que me estaba consumiendo segundo a segundo. Pero él tenía una manera de hablar que desarmaba cualquier tensión. - Pensé que quizás no vendrías - dijo con un tono entre broma y curiosidad. - Y perderme la oportunidad de tener una cena gratis por segunda vez?… ni loca —respondí. Él rio. - Entonces espero que al menos valga la pena... nuevamente - La conversación fluyó como la primera vez en que nos vimos. Hablamos de viajes, de música, de comida. De libros que habíamos empezado y nunca terminamos. Descubrí que le encantaba varias cosas y por supuesto, hablamos de nuestro día a día, del trabajo y esas cosas. - Cada ciudad nueva, una taza nueva - explicó cuando me hablaba sobre su colección de tazas. - Podría ser peor, podrías coleccionar exnovias - dije sin pensarlo mucho. - Esa colección la cerré hace tiempo - dijo, sonriendo haciendo temblar un poco a mi corazón. La manera en que me miraba cuando hablaba era distinta. No me estudiaba, no me evaluaba: me escuchaba y eso, en esta época, era casi un lujo. El vino ayudó. Las risas salían solas, las palabras fluían sin esfuerzo. En algún momento, nuestras manos se rozaron al mismo tiempo sobre la mesa. Un instante. Apenas un contacto. Pero suficiente para que el aire se sintiera distinto. Me reí nerviosa. - Perdón, soy torpe con el espacio vital - le dije a modo de disculpa. - Entonces tenemos algo en común - respondió, dejando su mano quieta unos segundos más cerca de la mía de lo necesario. La conversación siguió, pero ya no escuchaba todo. Había algo en la forma en que movía las manos al hablar, en su tono pausado, en su atención y, sobre todo, en cómo me hacía sentir cómoda. Me sentía en las malditas nubes y sabia que estaba mal, muy mal, pero aquí estaba, soñando despierta. Cuando trajeron la cuenta, insistió en pagar. Intenté protestar, pero me ganó con una mirada divertida. - La próxima corre por ti - dijo, y me sonó a promesa. Salimos del restaurante y caminamos un rato. La ciudad estaba tibia, con ese aire entre primavera y verano que huele a café y cemento mojado. Hablamos de nada y de todo y para cuando llegó el momento de despedirnos, dudé. No sabía si abrazarlo, darle la mano o simplemente decir adiós. Él resolvió la duda: se acercó despacio, me abrazó con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Fue un abrazo breve, pero cargado de una calma extraña. De esas que no vienen del tiempo que conoces a alguien, sino de lo que te hace sentir. Cuando me soltó, me miró con una sonrisa que parecía un punto y aparte. - Me alegra haberte visto otra vez, Lisa - soltó a centímetros de distancia. - A mí también - respondí, y lo dije en serio. Vi cómo se alejaba, y durante un momento pensé en gritarle algo, un comentario tonto o una broma para alargar la despedida. Pero no lo hice. Me quedé quieta, observando su figura perderse entre la gente. El aire olía a vino y a promesas nuevas y con una sonrisa de oreja a oreja me fui directamente a mi hogar, a descansar y analizar lo sucedido en esta segunda cita, la que fue igual o mas maravillosa que la anterior. y pues claro, mientras llegaba a mi departamento y eliminada el maquilla, Anto me llamó, por supuesto. - ¡Cuenta todo! - su grito fue lo primero que escuche. - Fue… bien - dije, intentando sonar indiferente. - ¿Solo bien? - suelta dudosa mi querida amiga. - Bueno, muy bien. La pasamos increíble, hablamos mucho, fue natural, fácil… no sé, me sentí tranquila nuevamente estando en su presencia - le digo lo mas tranquila y natural posible. - ¿Y química? ¿La volviste a sentir? - preguntó con esa malicia que la caracteriza. - Digamos que la electricidad podría haber encendido media ciudad - Su risa retumbó en el altavoz. - Amiga, te veo enamorándote antes de lo previsto - suelta y yo niego con la cabeza aunque no me vea. - No exageres. Fue solo una cita mas junto a él. No nos conocemos bien para que me enamore de él - le digo, aunque por dentro, la cosa es distinta. - Ajá. Igual que “solo una cena más” - Reímos, y cuando colgamos, me quedé mirando el techo. No quería pensarlo demasiado. No quería ilusionarme. Pero había algo en mí que no podía detener esa pequeña sensación de… esperanza. Suspiré, apagué la luz y me dormí con una sonrisa que no pedía permiso.
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