Despierto con el sonido insistente de la alarma, esa melodía odiosa que marca el comienzo del día laboral. Con los ojos aún entrecerrados, tanteo a ciegas la mesa de noche en busca del teléfono. Lo desbloqueo por reflejo y ahí está: una notificación.
Un mensaje suyo.
“Buenos días, Lisa. Espero que hayas dormido bien. Que tengas un gran día.”
Corto, simple, casi rutinario. Pero suficiente para hacerme sonreír como una adolescente.
Apoyo la espalda en la cabecera, leo el mensaje otra vez y siento ese calorcito tonto que sube desde el pecho. Respondo con algo igual de sencillo:
“¡Buenos días! Gracias, espero que tú también tengas un excelente día :)”
Intento no pensar demasiado en lo que eso significa. No quiero parecer desesperada. Pero mientras me preparo el café, noto que lo reviso de nuevo. Que releo lo que escribí. Que dudo si poner o no un emoji de más.
Ridículo.
Estoy siendo demasiado ridícula según mis propios estándares.
Aun así, sonrío.
El día transcurre lento, como todos los lunes, pero con un nuevo telón de fondo: el sonido ocasional del celular vibrando con un nuevo mensaje suyo. Me pregunta por mi trabajo, por mis gustos musicales, por mis planes del día. Me cuenta pequeñas cosas suyas: que odia los lunes, que su café favorito es el espresso, que tiene un gato que se llama Nero.
“Los gatos son más leales que la mayoría de las personas”, escribe, y me río sola frente al computador.
“Totalmente de acuerdo”, le respondo, “al menos no te ghostean”
La conversación se llena de ese humor ligero que me hace sentir cómoda. Natural.
Y sin darme cuenta, empiezo a esperarlo.
A mirar el teléfono cuando se demora.
A imaginar cómo será su voz.
Cuando cae la noche, llego a casa cansada, pero con una energía distinta. Abro una botella de vino y me dejo caer en el sillón. La app se abre sola, como si mis dedos ya supieran adónde ir.
Ahí está.
“¿Sobreviviste al lunes?", sonrió con su pregunta.
“Por poco”, le escribo.
“Entonces mereces un premio. ¿Cuál sería tu plan perfecto para un mal día?”. Pienso unos segundos.
“Una ducha caliente, vino tinto, buena música y un abrazo sincero.”, respondo sin pensarlo mas, quiero que vea la honestidad en mi y si lo pienso demasiado, se notara una respuesta demasiado calculada.
Responde casi al instante:
“El vino y la música te los puedo ofrecer. El abrazo… quizá más adelante.” Río. y por primera vez en mucho tiempo, siento algo que había olvidado: ilusión.
Con el paso de los días, nuestras charlas se vuelven parte de mi rutina.
Lo veo aparecer en mi pantalla por las mañanas con un “buen día” y por las noches con un “descansa, linda”. No hablamos de cosas trascendentales, pero hay algo en su forma de expresarse que me da paz.
Tiene esa mezcla de madurez y ternura que me desarma.
Anto, por supuesto, ya está enterada de todo.
- Te lo dije...- me repite cada vez que hablamos -...era cuestión de tiempo - dice como si lo supiera todo.
- No te emociones...- le respondo, intentando mantener la compostura -...Apenas lo conozco - digo, que no se si es para ella o mas para mi.
- Ajá, y aún así, te brillan los ojos - suelta con una sonrisa enorme en el rostro.
- Eso es el reflejo del vino, no confundas - no la veo a los ojos, me conoce demasiado.
- Lisa… - dice en tono de advertencia -...solo recuerda: disfrutar no significa ilusionarte - Asiento, aunque en el fondo sé que ya me estoy ilusionando y no se si eso sea bueno o malo. Ya el tiempo me lo dirá.
Y una noche, como si nada, él me sorprende con una pregunta inesperada:
“¿Por qué viniste a Nueva York?”. Dudo antes de responder. No suelo hablar de mi pasado.
“Quería empezar de nuevo”, escribo. “Después de una relación larga y complicada, necesitaba cambiar de aire.” Pasan unos segundos antes de que aparezca su respuesta:
“Te entiendo. A veces hay que soltar lo que duele, aunque cueste. Yo también pasé por algo así hace un par de años.”. Sus palabras me tocan más de lo que admito. Hay algo en su tono, que incluso a través de una pantalla, me transmiten empatía, no lástima y eso me hace sentir segura, me gusta.
Seguimos hablando hasta tarde, compartiendo pedacitos de historia, heridas viejas, anécdotas tontas.
Cuando por fin me despido para ir a dormir, lo hago con una sonrisa que no puedo controlar.
El resto de la semana pasa entre mensajes, llamadas breves y ese cosquilleo constante que me acompaña cada vez que su nombre aparece en pantalla.
Y aunque intento no analizarlo, sé que esto ya va más allá de una simple conversación digital.
Un viernes por la tarde, mientras reviso unos correos, llega su mensaje:
“Lisa, me ha encantado hablar contigo. ¿Qué te parece si nos vemos en persona? Me gustaría invitarte a cenar.”. Mi corazón late más rápido. Demasiado rápido que no se que hacer.
Lo leo una vez. Dos. Tres.
¿Cenar? ¿Ya?
Mi mente entra en pánico instantáneo.
¿Y si no hay química? ¿Y si no se parece a sus fotos? ¿Y si es un asesino en serie?
Respiro hondo. No puedo vivir desconfiando siempre.
“Eso suena genial”, respondo. “¿Cuándo te gustaría vernos?”
No tarda ni un minuto en contestar:
“¿Este viernes? Conozco un restaurante tranquilo, con buena comida y mejor vino.”
Trago saliva.
"Perfecto" escribo y así, sin darme cuenta, acabo de aceptar mi primera cita en años.
Los días siguientes son un cóctel de ansiedad y emoción, donde paso horas frente al armario sin saber qué ponerme, hasta que recurro a la unica persona que me puede ayudar e un momento como este... Llamo a Anto en busca de consejo.
- Nada exagerado...- me dice -...que parezcas increíble sin esfuerzo - dice y yo solo asiento. Creo que entiendo su idea... creo.
- O sea, que parezca que no intenté parecer increíble - digo desde mi closet revisando mis prendas.
- Exacto. Es un arte, mi amor - Reímos, pero por dentro estoy nerviosa. Hace tanto que no tengo una cita que siento que necesito un manual actualizado.
La noche anterior a nuestro encuentro casi no duermo. Me la paso imaginando el momento, los silencios, las miradas. ¿Qué haré si no hay tema de conversación? ¿Y si no me gusta? Peor aún: ¿y si me gusta demasiado?
Anto me escribe antes de dormir:
“Relájate, Lisa. No es el amor de tu vida, es solo una cena. Pero quién sabe…”. Y con esa mezcla de expectativa y miedo, apago el teléfono y cierro los ojos intentando no pensar, aunque por dentro estoy muriendo de la ansiedad de lo que sucederá.
Y como si nada, en un abrir y cerrar de ojos, el viernes llega más rápido de lo esperado.
Me arreglo con calma: un vestido n***o sencillo, el cabello suelto, maquillaje natural. Quiero verme bien, pero seguir siendo yo.
Antes de salir, me miro al espejo y susurro:
- Puedes hacerlo. No es un exorcismo, es solo una cita - me doy ánimos y con aquello, salgo de mi departamento.
El restaurante está en una esquina iluminada, con música suave y aroma a vino tinto y madera. Cuando llego, él ya está ahí, esperándome.
Y en cuanto me ve, sonríe.
No puedo evitar devolverle la sonrisa.
Tiene esa mirada serena que ya había imaginado, y una presencia que no intimida, sino que abraza.
- Lisa, qué gusto verte en persona - dice, poniéndose de pie.
- Igualmente - respondo, intentando mantener la voz estable.
Nos sentamos. La conversación fluye con naturalidad, como si hubiéramos compartido muchas cenas antes. Hablamos de nuestras ciudades, de libros, de la vida y sus vueltas. Me río más de lo que esperaba. Disfruto cada momento a su lado.
Cuando llegue estaba demasiado nerviosa pero a medida fue pasando el tiempo, me relaje, me sentí con cada minuto que pasaba, mas yo y ya después deje de pensar y solo me dedique a pasarlo bien.
Cuando llega el momento de despedirnos, me acompaña hasta el auto.
No hay beso, ni intento torpe. Solo una mirada y una frase sencilla:
“Me encantó esta noche. Espero que podamos repetirla.” Yo simplemente asiento, y por dentro, siento que algo se acomoda en mí, no sabría definirlo, pero esta noche y esta cita, definitivamente me cambiaron.
Mientras conduzco de vuelta a casa, la ciudad brilla con luces suaves y un aire distinto.
No sé si esto será amor, aventura o simple distracción.
Pero esta noche, después de tanto tiempo, sentí algo que creía perdido: esperanza y eso, ya es suficiente por ahora.