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Ejercita mi corazón

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Descripción

La vida de Lidia se vuelve un desastre monumental después de terminar su relación de toda la vida con Camilo, su único amor y con el que fundó una empresa de éxito moderado. Convencida de que sus 78 kilos de sobrepeso son la razón principal de su separación, busca ayuda en un gimnasio para volver a su peso ideal. Allí conocerá a Gael, un chico muy guapo y deportista de 27 años al que se le asigna por obligación como su entrenador.

Con el paso del tiempo, Gael descubre que Lidia no es un ser unidimensional con la única característica de ser gorda. Se entera de más detalles de su vida al punto de acabar teniendo un interés romántico por ella. Juntos comenzarán a crear una relación que debe cruzar todo tipo de dificultades: las idas y venidas del ex, los escándalos y las inseguridades.

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Gorda e invisible
La puerta del gimnasio y la costumbre de todos los clientes era mirar que pastelito esculpido entraba para unirse al club. La cadena de gimnasios Diamonds era reconocida por sus altos precios, equipos de vanguardia y personal altamente entrenado. Estaba diseñado para recibir personas que se tomaban el mundo fitness muy enserio. Y ese martes apareció por la puerta Lidia Moreno rompiendo la costumbre de mirar la puerta para siempre. 160 cm de altura, 129 kilos, 28 años. Muchos al primer vistazo se preguntaron cómo existía tela para hacer una sudadera oversize para un cuerpo así de rollizo. Lidia llevaba el cabello n***o atado en un moño apretado, no había forma de adivinar que desatado le llegaba a la cintura. Tiene unos ojos marrones semejantes a una cucharada de miel, ni tan oscuros ni tan claros. A la luz brillan como canicas de oro. Es necesario decirlo porque nadie lo notará hoy y tal vez nunca, la pequeña papada y unos pocos granos rojizos en su mentón son todo lo que la gente logra apreciar de ella. Se presenta en el mesón para inscribirse quedando bajo la línea de visión del recepcionista, es demasiado baja como para poner sus brazos sobre la mesa y casi no tiene visión de lo que ocurre al otro lado. Consciente de que tal vez el ruido de la música y su estatura les impide notar que está allí, rodea el mesón con algo de vergüenza carraspeando un poco para ser tomada en cuenta. Pero el recepcionista y uno de los entrenadores personales conversan despreocupados sin prestarle atención y al notar su presencia ponen una cara de espanto que le hace pensar a Lidia si murió en el trayecto y lo que están viendo es su c*****r descompuesto. De lo contrario esas miradas no tienen fundamento. El recepcionista intenta recuperar la compostura y le hace las preguntas de rigor a Lidia para inscribirla en el gimnasio, después de todo, no es ilegal una gorda ahí. Solo es que es tan poco frecuente como dos arcoíris simultáneos o que te muerda un puma en medio de la ciudad. Para todos los clientes Lidia se ve como un puma hambriento, fuera de lugar y gordo. Edad, peso, altura, enfermedades, medicamentos y lesiones. Dirección, número de contacto y numero de casillero. Toda esta información estaba presente en una pequeña tarjeta que rellenó a mano el recepcionista. Le dio el tour regular por las instalaciones, le mostró las máquinas y le explicó que había un programa predeterminado para todos los clientes que debía seguir, al completarlo era libre de elegir qué hacer. Se quedó sola frente a la primera máquina pensando en cómo su nerviosismo le ganó y fue incapaz de prestar atención a las instrucciones de uso por parte del recepcionista. Miró en todas direcciones. Notó como algunos clientes se acercaban a personas vestidas con el logo del gimnasio a las que pedían asesoría sin inconvenientes. De los seis empleados, se acercó a tres chicas y dos varones. Todos tuvieron la misma reacción, le miraron de pies a cabeza y se excusaron mencionando que estaban supervisando a alguien más. Lidia intentaba que no fuera tan obvia su decepción e intentó resolverlo conversando con el encargado del turno. Después de pedirle al recepcionista amablemente la presencia del encargado debió esperar al menos veinte minutos que decidiera aparecer. No es que estuviese haciendo algo importante, tan solo quiso prolongar la espera de Lidia suponiendo que se hartaría e iría. Pero no fue así, el encargado suponía que Lidia sería un problema tan grande como su apariencia. —Buenos días, señora, lamento su espera – el encargado enfatizó en lo de señora solo con la intención de mellar la autoestima de Lidia, pero para mellar algo en primer lugar debe existir. —Está bien. Le pedí que viniera porque sus asistentes parecen demasiado ocupados y… —Señora— El encargado la detuvo en seco, pensó que era ese tipo de mujer que llama al encargado para armar un escándalo por algo pequeño, y no permitiría a una gorda tener esa clase de comportamiento en su templo del ejercicio. —Déjeme terminar— continua Lidia con el tono más cortes que su dulce voz alcanzaba— No me mal entienda, no me estoy quejando. Se que trabajar conmigo requerirá más tiempo para ellos que con el resto, seguramente pierdan otros clientes por mi culpa. Así que le propongo que me deje contratar a alguno para que me ayude, pagaré el triple de ser necesario. El encargado miró al recepcionista, ambos veían al otro descolocados. No esperaba que ella considerara una solución tal. —Vendré tres días a la semana, así que quisiera asistencia esos tres días. Estoy segura de que me lesionaré si alguien no guía lo que hago. Me da igual si es una mujer u hombre, solo espero que cuente con una libre para mí cuando venga, esa persona podría acordar el horario y me ajustaré a él si es necesario. El encargado exhaló pesadamente. La oferta era demasiado buena como para negarse. —Señor…ita. Deje que se lo comente a mis empleados esta tarde luego del turno y mañana le tendré una respuesta. —Lo único que pido es que esté dispuesta a verme martes, jueves y viernes. —Lo tendré en cuenta – soltó el encargado tratando de fingir algo de amabilidad. El gimnasio funciona las veinticuatro horas, el primer turno trabaja de siete de la mañana hasta siete de la tarde y el segundo le sigue hasta cubrir el día. En total hay doce ayudantes, seis nocturnos, seis diurnos. A todos los reúne el encargado a las seis y media en su oficina y les plantea el asunto. La mayoría parece expectante al saber que una chica está dispuesta a pagar tanto por un poco de guía. Pero declinan inmediatamente al leer la ficha de Lidia. —De ninguna manera dejaré que me vean frente a una gorda! Imagina si nos toman una foto y la publican, arruinaría la estética de mis redes. Ese fue básicamente la idea que a todos les cruzaba la cabeza. Pero uno de ellos echó a correr su mente de manera distinta: Gael Hernández. Tiene Veintisiete años, mide 180 centímetros. Es amante de los deportes exterior y, por supuesto parece esculpido en arcilla como todos los demás en la habitación. La última vez que utilizó un traje fue en su graduación en la universidad hace dos años. Tiene el cabello castaño oscuro lo suficientemente largo como para enredar tus dedos en él, pero no lo suficiente como para atarlo. Sus ojos azules son la razón principal de que esté ahí, si tiene talento como preparador físico, pero realmente sus habilidades no lo pusieron allí. Para él ha sido muy duro abrirse paso en su área profesional y la deuda universitaria está comenzando a privarlo de una buena alimentación e implementos para sus actividades diarias. Sopesaba las posibilidades serio, preguntó en voz alta sin enterarse —¿Las dos partes extras que pagarán integras o con descuentos sociales? Todos guardaron silencio al notar que Gael estaba tomando en serio la propuesta. Descolocado, el encargado respondió: —El extra va todo a tu bolsillo, ni el gobierno ni la empresa tocarán ese excedente. Oficialmente Lidia tiene entrenador personal.

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