El aire frío de la mañana me despertó de golpe. Parpadeé varias veces, tratando de orientarme. Me dolía todo el cuerpo por haber pasado la noche encogida entre cajas de metal. Levanté un poco la lona, dejando que la luz del sol iluminara mi rostro. La camioneta estaba detenida. Miré alrededor con cautela y aproveché que no había nadie cerca para deslizarme fuera del vehículo. Mis pies tocaron la tierra seca, y el sonido de aves lejanas rompió el silencio. Estaba en una hacienda diferente. Más pequeña, más descuidada. Los establos estaban viejos y las cercas apenas se mantenían de pie. No había señales del tal Hierro ni de nadie más, lo que me hizo pensar que quizás había logrado escapar de esa pesadilla. Sin embargo, mi alivio duró poco. De pronto, un hombre de piel curtida y sombrero de

