Escape

985 Palabras
Estaba decidida a no dejar que me mataran. No importaba lo aterrador que fuera el lugar ni las amenazas de muerte que pendían sobre mí; no iba a rendirme. Entre las niñas, algunas lloraban y se aferraban a la esperanza de un rescate, mientras otras ya habían perdido cualquier chispa de lucha. Sin embargo, Lucia, la mayor de ellas, compartía mi determinación. —Si vamos a hacerlo, será ahora —me susurró con un brillo desafiante en los ojos, aunque su voz temblaba. Con cuidado, logramos romper una ventana en el extremo menos vigilado de la hacienda. El cristal se hizo añicos con un sonido que parecía ensordecedor en medio del silencio nocturno. Conteniendo la respiración, salimos al exterior y comenzamos a correr. El aire estaba impregnado de humedad y el olor a tierra mojada, mientras nuestras pisadas se hundían en el suelo lodoso del campo. La hacienda parecía un monstruo oscuro que se extendía interminablemente detrás de nosotras. Decidimos evitar la entrada principal y dirigirnos hacia los campos, donde las sombras de la noche podían ocultarnos. El silencio fue roto por un sonido que me heló la sangre: los ladridos feroces de los perros. —No puede ser... —sollozó Lucia, llevándose las manos al rostro—. Esos bichos ya han matado a varias de las chicas que intentaron huir. Su miedo era palpable, y sus palabras no hicieron más que aumentar mi pánico. En un acto desesperado, Lucia se lanzó al barro, cubriéndose con él como si fuera un manto que la protegiera. —Haz lo mismo, rápido —me pidió, su voz entrecortada mientras sus manos temblaban al esparcir más barro sobre su ropa. Yo iba a hacerlo, pero algo me detuvo: unos pasos que resonaron con fuerza entre el eco de los ladridos. Mi corazón dio un vuelco, y la adrenalina me empujó a tomar una decisión apresurada. Con cuidado, me oculté entre las ramas de un árbol cercano, subiendo lo más rápido que mis piernas me lo permitieron. Apenas tuve tiempo de acomodarme cuando ellos llegaron. Fabián lideraba el grupo, acompañado de otro hombre. Y detrás de ellos, como un rey oscuro que dominaba la escena, apareció el señor Hierro, Fabián lo llamaba así. —¡Por favor, no! —gritó Lucia, su voz quebrándose mientras intentaba retroceder en el lodo. —No debiste intentar escapar, niña —sentenció Hierro con voz grave, que parecía hecha de piedra. El miedo de Lucia se transformó en sollozos desesperados.Fabián, que mantenía una sonrisa burlona, se inclinó hacia Hierro. —¿No sería mejor darle una lección primero? Podría aprender a comportarse. —Las lecciones son para quienes merecen aprender. — Yo soy Anastasia Romanov y mi padre te matará hijo de puta— Grita Lucia. El disparo resonó como un trueno en la noche. Lucia cayó al suelo, su cuerpo inerte sobre el lodo que momentos antes había sido su refugio. Contuve el aliento, mis ojos inundados de lágrimas. La rabia y la impotencia luchaban dentro de mí, pero sabía que debía mantenerme en silencio. Hierro giró hacia Fabián, su tono firme y autoritario. —Encuentren a la otra puta. Está cerca y envienle el cuerpo de su hijita a Romanov. El pánico se apoderó de mí mientras veía a los hombres dispersarse, sus linternas barriendo la oscuridad del campo. Los perros continuaban ladrando, sus gruñidos cada vez más próximos. Mi cuerpo temblaba en lo alto del árbol, pero no me permití moverme ni un centímetro. Lucia había dado su vida para darme una oportunidad, y ahora me tocaba a mí luchar por ella. Pero el terror me envolvía como una sombra, y en ese instante, no podía pensar en un camino para escapar. El tiempo se alargaba como una cuerda a punto de romperse. Mis músculos temblaban, agotados por el esfuerzo de mantenerme inmóvil en la rama del árbol. Los ladridos de los perros se desvanecieron poco a poco, y las luces de las linternas comenzaron a alejarse. Sin embargo, mi corazón seguía latiendo con fuerza, como si intentara advertirme que no estaba fuera de peligro. Desde mi escondite, observé cómo Hierro y Fabián se reunían con los otros hombres cerca de una camioneta negra estacionada a un costado de la hacienda. Hablaron en voz baja, pero sus tonos firmes y autoritarios dejaban claro que el fracaso no era una opción. —Búsquenla hasta debajo de las piedras —ordenó Fabián. Uno a uno, los hombres se dispersaron nuevamente, mientras Hierro subía a la camioneta, acompañado únicamente por su conductor. Desde mi posición, noté que el vehículo tenía una lona cubriendo parte de la caja trasera, lo suficiente como para ocultar a alguien. Aproveché el momento. Conteniendo la respiración, con movimientos lentos y calculados, mis pies hundiéndose en el barro al tocar el suelo. Las sombras eran mi único aliado, y me moví entre ellas como un fantasma, acercándome a la camioneta. El motor rugió, y un escalofrío recorrió mi espalda. No había tiempo para dudar. Con un último impulso, me deslicé bajo la lona y me escondí entre unas cajas metálicas que desprendían un olor acre a combustible y aceite. Mi cuerpo se encogió, intentando ocupar el menor espacio posible. El vehículo comenzó a moverse, y mi corazón pareció detenerse. El traqueteo de la camioneta sobre el terreno irregular ocultaba los pequeños sonidos que hacía al acomodarme mejor.Hierro jamás sospecharía que yo estaba allí, tan cerca de él, oculta entre su propia carga. A medida que avanzábamos, mi mente se debatía entre el miedo y la determinación. Si lograba salir de esta, debía encontrar una forma de regresar con mi familia y advertirles del peligro. Pero primero, tenía que sobrevivir. Cerré los ojos, abrazando mis rodillas mientras el sonido del motor se mezclaba con el eco de los disparos que aún resonaban en mi mente. Lucia no se había sacrificado en vano. No dejaría que mi historia terminara aquí.
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