Me matarán

939 Palabras
Anastasia Romanov El lugar era un infierno en la tierra. Estábamos hacinadas en una habitación oscura y húmeda, donde el único sonido era el llanto ahogado de las niñas. Algunas no tendrían más de doce años. Miraba sus rostros pálidos, las lágrimas surcando sus mejillas, y sentía una mezcla de miedo y rabia que me quemaba por dentro. La más grande, una chica de cabello oscuro llamada Lucía, se presentó y trató de calmarme. —¿Qué es este lugar? —pregunté, mi voz temblorosa pero firme. —Un sitio donde nos compran y nos venden —respondió, con una frialdad que me heló la sangre—. Algunas fueron vendidas por sus propios padres. Otras... —bajó la mirada— nos tomaron de nuestros pueblos. Sentí una punzada de horror. Aquello no podía estar pasando. No a mí. —Tengo que escapar de aquí —dije, con determinación. Una de las niñas, con los ojos hinchados de llorar, se rió amargamente. —Si intentas escapar, terminarás muerta. —Mi padre tiene dinero. Puede pagar por mí. Él me buscará —insistí, aferrándome a la esperanza de que alguien viniera por mí. Lucía me miró con algo parecido a la compasión y asintió. —Tal vez tenga razón. Si tiene tanto dinero como dices, podrían liberarte. Pero las demás no compartían su optimismo. Sus miradas vacías hablaban de resignación, de años de sufrir sin esperanza. Antes de que pudiera decir más, la puerta se abrió de golpe. Un hombre alto y corpulento apareció, su rostro iluminado por una sonrisa cruel. —Tú, ven conmigo —dijo, señalándome con un dedo grueso y sucio. Lucía intentó detenerlo. —Ella no está lista, déjala... El hombre la apartó de un empujón. Me tomó del brazo y me arrastró fuera, mientras las niñas me miraban con una mezcla de lástima y miedo. El encuentro con Fabián Me llevó a una habitación pequeña pero decorada con muebles lujosos, un contraste perturbador con la miseria que había en el resto del lugar. Allí, sentado en un sillón de cuero, estaba un hombre de piel morena, con un traje impecable y una mirada fría y calculadora. —Así que esta es Anastasia Romanov —dijo, su voz suave pero cargada de malicia—. He oído hablar mucho de ti. —¿Quién eres? —pregunté, intentando mantenerme firme. —Soy Fabián. Me dedico a vender mujeres, pero nunca he tenido una tan bonita como tú. Eres un tesoro, Anastasia. Tus ojos, tu piel... vales una fortuna. Mi estómago se revolvió al escuchar esas palabras. Quise gritar, correr, pero sus ojos me mantenían clavada en el suelo. —Tu padre tiene muchos enemigos, ¿sabes? —continuó, levantándose del sillón para acercarse lentamente—. Algunos pagarían mucho por verte sufrir. Otros, por tenerte. De pronto, su tono cambió. Una sonrisa perversa se dibujó en su rostro mientras extendía una mano hacia mí. —Pero yo podría quedarme contigo. Podrías ser mía. Antes de que pudiera reaccionar, intentó besarme y sus manos tiraron de mi vestido, rasgándolo ligeramente. La indignación y el miedo se transformaron en furia. No iba a dejar que me tocara. —¡Aléjate de mí! —grité, alzando la pierna y dándole una patada con todas mis fuerzas en la entrepierna. Fabián se tambaleó, soltando un gruñido de dolor. Aproveché el momento para retroceder, buscando algo, cualquier cosa, con qué defenderme. Pero antes de que pudiera hacer nada más, el hombre de la puerta entró corriendo, agarrándome con fuerza. —¡Suéltame! —chillé, pataleando. Fabián, recuperándose, se limpió el sudor de la frente y me miró con los ojos entrecerrados. —Tienes espíritu —murmuró, con una sonrisa torcida—. Pero no te preocupes, Anastasia. Te lo romperé. Esas palabras me helaron el alma. Por primera vez, la desesperación comenzó a superar mi rabia. Sin embargo, dentro de mí, una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo. No iba a rendirme. No iba a dejar que me quebraran. Si iba a salir de este lugar, sería con mi dignidad intacta, o no saldría en absoluto. Antes de que pudiera hacer algo más, una voz masculina interrumpió el momento con autoridad. Era grave, imponente, y provenía de la puerta. —Fabián, no la traje aquí para que te divirtieras con ella. Está aquí para morir, no para que te folles a una niña. Fabián se giró hacia él, visiblemente molesto pero sin atreverse a alzar la voz. No podía verlo desde mi lugar, solo miraba la ventana. —Es hermosa, Hierro. Una joya como esta no debería desperdiciarse así. Podríamos ganar una fortuna con ella. —¿Eso es lo que te dije que hicieras? —preguntó con calma, pero su tono dejaba claro que no era una pregunta. Fabián apretó los labios, frustrado, pero finalmente levantó las manos en señal de rendición. —Está bien, está bien. Llévenla con las demás. Pero si cambias de opinión, avísame. Fabián chasqueó la lengua, decepcionado, mientras me empujaban fuera de la habitación. Me llevaron de regreso al cuarto donde estaban las demás niñas. Al cruzar la puerta, todas me miraron con ojos llenos de preguntas y miedo. Lucía fue la primera en acercarse. —¿Estás bien? ¿Qué te hicieron? —susurró. Apenas podía hablar. Mi mente seguía procesando las palabras de aquel hombre: "Está aquí para morir." Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había querido escapar antes, pero ahora sabía que el tiempo se agotaba. Tenía que encontrar una forma de salir, y rápido. Porque si no lo hacía, no solo mi cuerpo, sino también mi vida, se perderían en este infierno.
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