Cristo Hierro
Nací rodeado de lujos que cualquier niño soñaría tener. Mi primera infancia transcurrió en una mansión que parecía un castillo, rodeada de guardaespaldas, sirvientes y un padre que todos temían. Pero la vida, implacable, no tarda en arrancarte las comodidades cuando perteneces a un mundo donde el poder y la violencia son moneda corriente.
Tenía cinco años cuando mi hermano mayor, Óscar, y yo vimos caer al hombre que considerábamos invencible. Nuestro padre fue asesinado brutalmente frente a nosotros, un ajuste de cuentas que nos dejó sin hogar, sin protección y sin futuro. Ese día no sólo perdimos a nuestro padre, sino también nuestra inocencia.
Óscar, con apenas ocho años, asumió el rol de protector. Nos escondimos como ratas, viviendo en las sombras. Él robaba comida mientras yo aprendía a mantenerme en silencio. Hizo cosas terribles, cosas que nunca hablamos, pero que fueron necesarias para mantenernos con vida.
Cuando crecí, los roles comenzaron a invertirse. Mi hermano ya no era el mismo niño resiliente; la rabia y el odio lo consumieron. Yo, en cambio, aprendí a observar, a planear, a actuar con frialdad. Nos hicimos inseparables en el mundo de los bajos fondos, primero como ladrones, luego como sicarios. Cada asesinato, cada traición, nos acercaba un paso más a nuestro objetivo: reconstruir el imperio que nos arrebataron.
Años después, el Cártel de las Sombras resurgió. Lo reclamamos como nuestro, implacables y calculadores. Hoy, somos un nombre temido en toda América Latina. Yo soy el cerebro, el estratega; Óscar, la fuerza imparable. Pero esa dualidad, ese equilibrio entre nosotros, siempre está al borde del colapso.
Ahora estamos en una sala privada de nuestra hacienda, una mezcla de lujo y funcionalidad. Las paredes están decoradas con cuadros de artistas famosos que esconden compartimentos secretos para armas. Óscar, como siempre, está de pie, inquieto, mientras yo me sirvo un whisky con hielo.
—Ha regresado Anastasia Romanov —dice de repente, con una chispa peligrosa en los ojos.
Levanto una ceja, interesado pero cauteloso.
—¿Y qué con eso?
—Es la única debilidad de Romanov. Si la secuestramos y la vendemos, él vendrá por ella. Será nuestra oportunidad de acabar con ese bastardo.
Sus palabras están cargadas de rabia, de esa impulsividad que lo caracteriza. Lo observo en silencio unos segundos antes de responder.
—No estamos listos para una guerra, Óscar. —Mi tono es firme, una advertencia.
—¿Guerra? —se burla, golpeando la mesa con fuerza—. ¿Desde cuándo le temes a Romanov? ¿O acaso te has vuelto débil?
Me acerco a él despacio, manteniendo la calma que tanto le molesta. Mi mirada es fría, calculadora, como una hoja de acero.
—No soy débil, pero tampoco soy un idiota. Romanov aún tiene más poder que nosotros. Si hacemos un movimiento en falso, nos aplastará. Esto no es un juego, Óscar.
El silencio que sigue es tenso. Óscar resopla, frustrado, pero no dice nada más. Sé que piensa que soy demasiado metódico, que mi frialdad es un obstáculo para sus impulsos. Lo dejo con su rabia mientras doy por terminada la conversación.
—Escucha bien, hermano. Me iré unos días a Estados Unidos. Mientras tanto, no cometas ninguna locura. ¿Entendido?
Óscar me lanza una mirada cargada de resentimiento, pero finalmente asiente.
Después de nuestra discusión, me dejo caer en el sillón de cuero n***o de mi despacho. Marco el número de Miranda, una de mis tantas amantes. No es más que una herramienta útil, aunque últimamente empieza a fastidiarme con sus ilusiones románticas.
—Mi amor... —responde al otro lado, con una dulzura que me irrita.
—No seas cursi, Miranda. Sabes que no me gusta eso.
—Lo siento... —murmura, nerviosa.
—Escucha bien —la interrumpo, mi voz más helada que nunca—. No escuches a Óscar. Tus tratos son conmigo y solo conmigo. Si haces algo que arruine mis planes, lo pagarás caro.
—Por supuesto, Cristo. No haré nada que tú no apruebes.
—Bien. Y no olvides que no me interesan los compromisos. Lo nuestro es lo que es: sexo y utilidad. Nada más.
Cuelgo antes de que pueda responder. La debilidad de las emociones ajenas me fastidia. No hay espacio para el amor en mi mundo, y menos ahora, cuando todo pende de un hilo.
Mi mente regresa a Anastasia Romanov. Tal vez Óscar no está del todo equivocado: ella es la llave para abrir la puerta que quiero atravesar. Pero no voy a secuestrarla como él quiere. No. Si Anastasia va a ser una pieza en este juego, será bajo mis reglas, no las de mi hermano.
Miro por la ventana, el reflejo de las luces nocturnas brillando en el cristal. La partida apenas comienza, y en este tablero, siempre gano.